Joaquín Martínez

Opinión

Sobre los costes de la transición ecológica

Emprendedor y empresario

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Desde hace años venimos escuchando el término “transición ecológica”, como algo necesario para afrontar los efectos del ser humano en el cambio climático. Un término con una connotación positiva, ya que implica menos emisiones de CO2 a la atmósfera lo que redunda en efectos positivos para el medioambiente o el clima.

Sin embargo, nadie nos había contado hasta hace bien poco que, como casi todo en esta vida, esta transición traía aparejadas externalidades, efectos secundarios o daños colaterales implícitos. Ya se sabe que nada es blanco o negro. Y es que la vida no es como en las películas, en el mundo real no hay buenos y malos absolutos.

Esto trae implícito también algunas paradojas. Una de ellas, es la de los vehículos eléctricos: por un lado, es obvio que las emisiones directas derivadas de los mismos son cercanas a cero, y que la contaminación que generan es mucho menor que la de un coche de combustión. Pero, por otro lado, no debemos perder de vista la cantidad de energía eléctrica que consumiría una mayoría de parque automovilístico eléctrico, que supondría un aumento muy significativo para la red. Pero es que, a su vez, hay estudios que aseguran que construir un coche eléctrico contamina un 70% más que uno de gasolina.

Ahorro energético

Por un lado, desde Europa hemos acelerado para que las emisiones desde la UE se hayan reducido a menos del 7% de las que se emiten a nivel mundial. Esto, si fuera otro tipo de reto, sería una gran noticia, pero en este caso lo que se logra a nivel local no tiene repercusión si no se logra a nivel mundial, ya que el problema en cuestión es a nivel global. Es decir, de nada sirve que lo que antes se producía aquí bajo las estrictas normas comunitarias y que generaban empleo en el viejo continente se desplace a terceros países y sean estos los que emitan los gases.

Estas medidas que fomentan el ahorro energético por parte de países o comunidades autónomas (como los famosos 27° del aire acondicionado), se han visto aceleradas en los últimos tiempos a causa del conflicto de Ucrania, la reducción de suministro de gas al viejo continente y la situación acontecida este verano con las olas de calor e incendios por toda Europa.

Mientras tanto, se avecina un invierno duro en el norte de Europa, donde sobrevuelan muchas incógnitas tales como: ¿tendrán calefacción las 24 horas del día en lugares en los que se convive durante meses con temperaturas negativas? ¿Habrá cortes de suministro eléctrico? Y si los hay, ¿cómo afectará esto a la ciudadanía? ¿Se recortarán derechos básicos o se establecerán toques de queda para evitar delincuencia? En este punto, tenemos frescos en la memoria los estados de alerta y alarma recientes.

Y es que la electricidad es uno de los puntos básicos en los que pivota nuestra civilización y sin ella pueden tambalearse sus cimientos. En relación a esto, les recomiendo una antigua película de 1996 que trata el tema en forma de thriller llamada El efecto dominó (The trigger effect).

Es un hecho que vivimos tiempos convulsos difícilmente equiparables en la historia, con precios disparados en alimentación, el crecimiento económico decayendo, colas en las gasolineras (y no para comprar lotería de navidad), incertidumbre sobre la posibilidad de poder calentarnos en nuestras casas o de que la industria pueda seguir produciendo este invierno.

Nosotros en Tenerife hemos tenido entrenamiento previo con los famosos “ceros energéticos” y no ha pasado nunca a mayores, así que confiemos que todo quede en un susto, pero nunca está de más estar prevenido.