Andrea Abreu escribe desde el escritorio, pero con el punto de partida en la huerta, en la tierra que huele a petricor cuando llueve. Desde ese lugar donde las historias germinan como la hierba, sin pedir permiso, hasta que se vuelven una auténtica matraquilla mental y hay que sacarlas.
Seis años después de Panza de burro, la escritora de Icod de los Vinos regresa con Pajaritos preñados, una novela que late al compás del norte de Tenerife, con la misma oralidad desbordante y una mirada que no esquiva las cicatrices del territorio.
La historia que creció como crece la hierba
Así, sin más. Tal y como crece la hierba en los barrancos del norte isleño, sin pedir permiso, sin hacer ruido, pero con una fuerza imparable, así brotó en el pensamiento de la escritora su nueva novela, gestándose durante todo ese tiempo hasta ser parida el pasado 2 de septiembre, cuando llegó a las librerías.
“Necesitaba sacar de mi cabeza esta historia que se formó libre, como la hierba que crecía en mi entorno”, comenta Abreu a Atlántico Hoy para explicar el principio de esta nueva historia que la ha absorbido por completo, dejándola exhausta y “vaciada”.
Pies en tierra
“Es una obra que no ha nacido de un plan, sino de una necesidad. Es uno de mis pajaritos preñados que no paraban de revolotear”, matiza, añadiendo que, a medida que pasaba el tiempo, se iba haciendo cada vez más grande y sumando “muchos más personajes, propuestas alternas, flashbacks introducidos directamente y técnicas literarias que no había usado antes”.
Y así, explica, dejó volar con vida propia esta nueva obra literaria después de atreverse a dar vida a algo que “inicialmente daba miedo”, algo que logró poniendo los pies en tierra y dejando fluir su imaginación.
Un título que la toca de cerca
“Pajaritos preñados es una expresión que se decía mucho antes y se ha dicho toda la vida en mi casa”, cuenta Andrea. La frase se la escuchaba a su abuelo Pepe, “una persona como muy soñadora, que siempre estaba en el aire”, trabajador chatarrero y con un carácter de “a veces indignado”, recuerda la nieta.
“Tienes la cabeza llena de pajaritos preñados”, era una frase recurrente y, de niña, cuenta, imaginaba que ella también tenía esos pájaros imposibles, pero lo guardaba en secreto y no se atrevía a decir nada para evitar ser señalada por estar “en el aire”.
El título, entonces, no es un capricho. Es herencia, es resistencia, es esa imagen de lo imposible que se convierte en símbolo de imaginación frente a una realidad que no siempre encaja con la razón.
Cathaysa y El Tiznado
En el centro de la novela están Cathaysa, una adolescente de 16 años que “se deja arrastrar por la vida y que está buscando su lugar en el mundo”, y El Tiznado, su padre, “un alma soñadora que va por el mundo buscando una vida mejor”. A través de ellos, Andrea reflexiona sobre “las razones de dependencia de las mujeres hacia los hombres y también cómo la ausencia de los hombres afecta a las mujeres en su formación y a la hora de relacionarse”.
Adentrándonos en la obra, recorriendo los caminos que diseña la autora, descubrimos a un padre con “afecto intermitente” y a una hija que hereda esa intermitencia. Dos carcaterísticas que pueden esconder algo de Abreu en ellas, pero que, según aclara ,“pienso que hay más de mí en El Tiznado que en Cathaysa”, confiesa.
Un universo propio
Tras Panza de burro la autora nos engolosina con Pajaritos preñados (Anagrama), ambos pertenecientes al mismo universo creado por ella, “pero independientes el uno del otro”, aunque nos recreen en el paisaje y en el paisanaje de los pueblos del norte de Tenerife, en un “barrio abstracto que realmente podría ser cualquiera”, subraya, añadiendo que este lugar sería la “antipostal” de Canarias, la que muestra “lo que queda cuando los lugares y la población cambian y nos dejan un poco perdidos”.
El libro no es un manual de recreo, sino una obra que da “cachetadas sin manos” desde la propia portada, obra de la fotógrafa tinerfeña Liliana Rasmartin, cuya fotografía -en la que se ve un hombre sobre un burro en una calle de La Matanza- pertenece a un proyecto reivindicativo que retrata el norte como reducto de resistencia frente a la gentrificación.
“Es como la antipostal turística, una oda al recuerdo de lo que fue”, dice, reconociendo que la lectura va a resultar incómoda para algunos perfiles, precisamente por el carácter reivindicativo de lo añorado. “Los que hemos nacido o nos hemos criado en estos lugares, vamos viendo cómo va cambiando todo…, ¡y nos quedamos un poco perdidas!”.
La oralidad como acto político
Andrea Abreu no solo hace uso del canarismo como método de escritura, sino que también los hace latir en cada página. “Si miramos conscientemente al lenguaje, comprobamos que hemos asistido a la desaparición de nuestro léxico porque lo ocultamos en nuestro día a día. Hemos aplanado nuestra forma de hablar, perdiendo muchas riquezas”, dice. Y añade: “Necesitaba aportar mi granito de arena a la hora de construir una historia que estuviera plagada de nuestra habla”.
La autora defiendela esencia del isleño en todas sus formas. Relata que creció en un entorno rural donde “la gente tenía muy arraigadas las palabras”. Tardó en darse cuenta de la riqueza que suponía, pero lo vio al aproximarse a Latinoamérica, donde “muchos países atesoraban su léxico con mucho cariño”, lo que la hizo reflexionar.. “Me da pena que dejemos atrás esta riqueza por vergüenza histórica”, sentencia.
Acento o supervivencia
A casi nadie se le esconde que muchos habitantes de Canarias han sentido sobre sí el dedo que les señala precisamente por su acento. Algo así ha vivido también nuestra entrevistada, quien describe que los cambios en el habla no siempre responden a complejos sino a la supervivencia cuando de relacionarse se trata.
“Cuando vas relacionándote con otros entornos se te va coartando desde fuera. Si ves, de repente, que al decir determinada palabra la gente reacciona con desprecio o burla, poco a poco, sin darte cuenta, se va reduciendo tu lenguaje como método de supervivencia, pero también vas empobreciendo tu oralidad”, expone.
La realidad y la crítica
Entre las páginas de Pajaritos preñados hay añoranza, pero también dureza. Y existe, sobre todo, una realidad repleta de gentrificación, abandono, el boom de la construcción hotelera y el exceso del turismo. Sus personajes “transitan lugares y momentos históricos que han sido clave para el modelo económico que vivimos hoy en día”, cuenta.
Un modelo que “ha ido haciendo desaparecer mucha riqueza cultural y económica para las clases no pudientes”, pero que no tiene visos de mejorar porque todavía hay mucho público “a favor del modelo económico que tenemos”, según expresa.
Aromas, música y emociones
Pajaritos preñados nació para volar con vida propia, como un ser con alma y connotaciones humanas. Su autora comenta que suena a verbena, a bailes de pueblo, a la voz de Vicente Fernández. Para ella, su novela transmite “amargura y felicidad al mismo tiempo”. “Es como cuando escucho la letra de una ranchera, esa melodía tan especial y, al mismo tiempo ese desgarro por una historia de celos o cuando sales a bailar una canción que está repleta de tristeza”.
Otro sentido es el del olfato. El olor de barbería clásica revolotea entre frases y párrafos en los que el protagonista masculino se desenvuelve. “El Tiznado huele a Varón Dandy”, expeta la autora y ríe a carcajadas. .
Palabras favoritas y otros pájaros
Andrea no tiene un canarismo preferido, pero de primeras le viene “esperolado”, una expresión que se sigue usando mucho en Venezuela y viene a definir una cualidad de algo con mucha vida y marcado por los años. “Por ejemplo, se dice que un caldero esperolado es un caldero viejo”.
También le gusta hablar de gavetas o de ferrujiento, pero, sin duda, la expresión que la devuelve a su infancia y al interior de su obra es “el patito colorado”, el nombre con el que se denominaba al petirrojo. “Muchísima gente ha dejado de nombrarlo así, muchísima gente lo nombra en el español estándar, me encantaría que se volviera a llamar así: patito colorado”.
Alegría, constancia y barbecho
Al terminar las 500 páginas de su obra literaria, Andrea Abreu sintió “esa mezcla entre alivio y alegría” y, aunque cansada, confiesa sentirse satisfecha. “Muy satisfecha”, subraya.
La constancia de la autora durante estos seis años y la forma en la que arrancó la novela, nos hace preguntarnos si la hierba de la que hablaba al principio ha vuelto a crecer. Pero de momento, esa huerta en la que descansa “hay que dejarla un rato en barbecho”, asegura.
Sabe que más adelante surgirán nuevas ideas, nuevos proyectos, pero ahora quiere descansar y recrearse con el vuelo libre de sus Pajaritos preñados.
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