Hay artistas que construyen una carrera. Lauryn Hill construyó un mito. No son exactamente lo mismo.
Una carrera exige constancia, una discografía extensa, giras interminables, una presencia permanente en la conversación musical. Un mito, en cambio, puede levantarse sobre una sola obra irrepetible. Basta con aparecer de vez en cuando para recordar por qué nadie ha ocupado ese lugar. Lauryn Hill volvió a hacerlo este jueves en el Granca Live Fest.
Como el cometa Halley, cuya magia reside precisamente en que casi nunca se deja ver —orbita alrededor del Sol cada 76 años en promedio—, la artista estadounidense reapareció en Las Palmas de Gran Canaria para recordar que sigue siendo una de las voces más influyentes de la música contemporánea. Y también que esa condición tiene una consecuencia inevitable: cuando desaparece, el mundo sigue esperando un segundo capítulo que nunca llega.
Porque Lauryn Hill sigue viviendo, casi treinta años después, de un único álbum de estudio. Y eso, lejos de empequeñecerla, agranda todavía más su leyenda.
Obra maestra
Publicado en agosto de 1998, The Miseducation of Lauryn Hill no fue únicamente un éxito comercial. Vendió más de veinte millones de copias en todo el mundo, obtuvo cinco premios Grammy —incluido el de Álbum del Año, una conquista inédita entonces para una artista del hip hop— y terminó convertido en una de las obras más influyentes de la historia del soul, el R&B, el rap y el neo soul. Sigue siendo, además, el único disco de estudio firmado en solitario por Lauryn Hill.
Quizá por eso continúa sonando tan extraordinariamente actual. No porque sus arreglos hayan envejecido bien —que también—, sino porque las preguntas que plantea siguen abiertas. ¿Cómo mantener la propia identidad cuando todo el mundo pretende definir quién debes ser? ¿Cómo amar sin dejar de respetarte? ¿Cómo ser mujer, madre y artista sin pedir perdón por ninguna de esas tres cosas? Todo eso estaba escondido entre aquellas canciones.
Hip hop espiritual
Lost Ones era mucho más que un ajuste de cuentas sentimental. Era la ruptura con una etapa de su vida, también con Wyclef Jean, compañero en The Fugees y expareja. Ex-Factor transformaba el desamor en una confesión casi dolorosa. Doo Wop (That Thing) advertía tanto a hombres como a mujeres sobre el peligro de perderse intentando agradar a los demás. Everything Is Everything convertía la esperanza en resistencia cotidiana.
Y después estaba To Zion, probablemente la canción que mejor explica quién decidió ser Lauryn Hill cuando todo el mundo esperaba otra cosa de ella. Mientras la industria le sugería que la maternidad podía frenar una carrera destinada al estrellato, ella respondió dedicando una canción a su primer hijo, Zion, nacido durante la gestación del disco y fruto de su relación con Rohan Marley. Nunca escondió que elegir aquella vida significaba renunciar a otras muchas.
Quizá también a ese segundo álbum que millones de seguidores continúan esperando casi tres décadas después. Después llegó el silencio. Ese contexto explica también el concierto ofrecido en Gran Canaria. Porque resulta difícil sostener cerca de 120 minutos recurriendo, esencialmente, al repertorio de un único disco.
Estirpe Marley; fiesta rastafari
Justo después de poner al respetable un par de centímetros por encima del suelo al reinterpretar To Zion —todos sus himnos fueron reconocibles; ninguno de sus himnos sonó igual que en el disco, lo que pone de manifiesto su dimensión— presentó precisamente a su hijo Zion para que subiera al escenario y dejara claro que Bob Marley —abuelo del muchacho— no murió, sólo se multiplicó.
En los últimos años, Hill ha optado por convertir parte de sus actuaciones en un escaparate para algunos de sus vástagos, especialmente Zion e YG. También ocurrió en el Estadio de Gran Canaria. Durante un tramo considerable del espectáculo, el protagonismo recayó sobre ellos, que convirtieron el recital en una fiesta rastafari en honor a sus ancestros, una decisión comprensible desde el punto de vista personal, pero difícil de asumir para un público que había acudido a reencontrarse con Lauryn Hill y no con la siguiente generación de la familia Marley.
Fue el principal peaje de la noche —sobre todo para los vecinos de Siete Palmas, que tuvieron que sufrir la pose de Viva Suecia (¿o era Viva Islas Feroe?) ya entrada la madrugada; no hay dinero que compense eso—.
Reina
Porque cuando ella recuperó el centro del escenario, desaparecieron todas las dudas. Su voz mantiene la autoridad de quien nunca necesitó demostrar nada. Su manera de rapear continúa siendo agresiva cuando la canción lo exige y profundamente elegante cuando el soul toma el mando. Conserva esa mezcla imposible de fuerza y espiritualidad que convirtió The Miseducation of Lauryn Hill en un disco irrepetible.
Entonces volvió a parecer la reina que nunca dejó de ser. Y llegó el desenlace que todos esperaban.
Los últimos minutos rescataron los himnos de The Fugees, Killing Me Softly, Ready or Not y Fu-Gee-La, transformaron definitivamente el ambiente del recinto. El público dejó de contemplar el concierto para empezar a celebrarlo. Ya no importaba cuánto tiempo había pasado desde 1998. Aquellas canciones seguían teniendo la misma capacidad para reunir generaciones distintas bajo un mismo estribillo.
Legado
Quizá esa sea la gran paradoja de Lauryn Hill. Ha grabado mucho menos que casi todas las artistas de su generación. Sin embargo, pocas conservan un legado comparable. No necesita una discografía interminable para justificar su sitio en la historia. Le bastó un álbum para cambiar la música negra contemporánea y demostrar que el hip hop también podía ser íntimo, vulnerable, espiritual y profundamente femenino.
Por eso, cuando Lauryn Hill aparece, el mundo sigue deteniéndose un instante. Y cuando desaparece de nuevo, vuelve a suceder exactamente lo mismo que después del paso del cometa Halley. Sabes que quizá tardará años en regresar. Pero también sabes que, si no estás preparado, Ready or Not, te vas a perder algo único.
PD: Muerte al indie español.
