Día 3 del Granca Live Fest: cuando el algoritmo también aprendió a cantar. En la imagen, Alejandro Sanz y Dani Martín. / AH
Día 3 del Granca Live Fest: cuando el algoritmo también aprendió a cantar. En la imagen, Alejandro Sanz y Dani Martín. / AH

Día 3 del Granca Live Fest: cuando el algoritmo también aprendió a cantar

La tercera jornada del festival convirtió el Estadio de Gran Canaria en un espejo de una época que consume música, recuerdos y tendencias con la misma velocidad con la que las olvida

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Martín Alonso

Hubo un tiempo en el que la música servía para distinguirnos. Hoy, demasiadas veces, sirve para identificarnos con el rebaño. Nunca habíamos tenido tanto acceso a tantas canciones, artistas, conciertos, documentales, entrevistas, libros y plataformas para descubrir nuevos sonidos. Nunca había sido tan sencillo escapar de la radiofórmula. Y, sin embargo, rara vez una generación había sonado tan parecida a sí misma.

Es una paradoja extraordinaria. Disponemos de más herramientas que cualquier otra generación de seres humanos para construir un pensamiento crítico, desarrollar una personalidad propia y ejercer la libertad de elegir. Pero cada vez cuesta más encontrar personas que realmente quieran hacerlo. Preferimos que el algoritmo decida por nosotros. Que Spotify nos recomiende la siguiente canción. Que TikTok nos diga qué escuchar. Que Instagram nos enseñe dónde cenar, cómo vestir, qué serie ver, qué gimnasio frecuentar, qué libro fingir haber leído y hasta qué festival merece una fotografía.

Porque hace tiempo que una parte importante de la cultura dejó de consumirse por curiosidad para hacerlo por validación social.

Para toda la familia

La tercera jornada del Granca Live Fest fue, probablemente sin pretenderlo, una magnífica radiografía de ese tiempo que vivimos. No porque hubiese nada reprochable sobre el escenario. Al contrario. El cartel estaba diseñado con precisión quirúrgica para que varias generaciones encontraran exactamente aquello que habían ido a buscar.

El Estadio de Gran Canaria, a reventar con varias generaciones disfrutando de Dani Martín, Alejandro Sanz y Aitana. / AH
El Estadio de Gran Canaria, a reventar con varias generaciones disfrutando de Dani Martín, Alejandro Sanz y Aitana. / AH

Alejandro Sanz despertó la memoria sentimental de quienes crecieron con sus canciones convertidas en banda sonora de amores, rupturas y reconciliaciones. Dani Martín volvió a demostrar que sigue manejando como pocos el lenguaje emocional de una generación que aprendió a cantar con El Canto del Loco. Aitana confirmó que continúa siendo una de las grandes referencias del pop español contemporáneo para un público mucho más joven.

Los tres hicieron exactamente aquello que debían hacer. Y lo hicieron bien.

No improvisaron revoluciones. No desafiaron a su público. No intentaron romper el molde. Interpretaron los éxitos que todos esperaban escuchar, administraron los tempos del espectáculo con oficio —sólo el montaje del show de Aitana se fue de madre y eso provocó que su concierto comenzara con casi una hora de retraso— y entregaron un producto perfectamente reconocible. Profesional, eficaz y perfectamente engrasado.

No era una noche para sorprender. Era una noche para confirmar expectativas.

Gran acontecimiento del verano

El público respondió exactamente igual. Cantó. Saltó. Grabó. Compartió. Todo funcionó. La organización llenó el Estadio de Gran Canaria. Los asistentes se marcharon satisfechos. Los patrocinadores obtuvieron visibilidad. Los artistas reforzaron su marca. El festival volvió a demostrar que es el gran acontecimiento musical del verano en Canarias.

Y, precisamente por eso, merece la pena detenerse un momento y observar lo que ocurrió alrededor de la música.

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Alejandro Sanz en acción. / AH

Porque mientras Alejandro Sanz interpretaba algunos de los himnos más importantes del pop español de las últimas tres décadas, decenas de móviles permanecían más pendientes de grabar que de escuchar. Mientras Dani Martín conectaba emocionalmente con miles de personas, otros tantos buscaban únicamente el mejor encuadre para demostrar que estaban allí. Y cuando Aitana invitó a Quevedo para interpretar Gran Vía, el estadio explotó.

Estar...para las redes

No solo por la canción. Sobre todo por la necesidad colectiva de vivir el instante que iba a dominar las redes sociales durante las siguientes horas. El momento dejó de pertenecer al escenario para convertirse inmediatamente en contenido. Ese parece ser el verdadero espectáculo de nuestro tiempo.

No basta con asistir. Hay que demostrar que se ha asistido. No basta con disfrutar. Hay que exhibir el disfrute. No basta con emocionarse. Hay que convertir la emoción en una historia de Instagram antes de que desaparezca veinticuatro horas después. El FOMO, que dicen ahora —la necesidad de no perderse las supuestas experiencias que otros exhiben en sus redes—.

 Coachella ha mucho daño. No por la música. Por la estética. Por convertir muchos festivales en enormes platós donde algunos asistentes parecen mucho más preocupados por ser vistos que por mirar. La música quedó relegada, en demasiados casos, a simple decorado.

Y esa lógica hace tiempo que cruzó el Atlántico.

La gran derrota 

Vivimos rodeados de una oferta cultural prácticamente infinita, pero consumimos cada vez de una forma más uniforme. Escuchamos los mismos discos. Seguimos las mismas recomendaciones. Vemos las mismas series. Repetimos los mismos restaurantes. Compramos las mismas zapatillas. Vestimos igual. Hablamos igual. Incluso terminamos indignándonos por las mismas cosas que alguien decidió previamente que debían indignarnos.

No es una conspiración. Es un negocio. Uno muy rentable. Cuatro ejecutivos detectan tendencias. Diez productores fabrican canciones destinadas a sonar en todas partes. Las plataformas las impulsan. Los algoritmos las multiplican. Las radios las repiten. Las redes las viralizan. Los influencers las validan.

Aitana saluda a sus fans, que tuvieron que esperar más de una hora para disfrutar del concierto. / AH
Aitana saluda a sus fans, que tuvieron que esperar más de una hora para disfrutar del concierto. / AH

El mecanismo es más viejo que la gripe. Solo ha cambiado la tecnología. Y, sin embargo, tampoco conviene caer en la superioridad moral. Sería profundamente injusto responsabilizar a Alejandro Sanz, Dani Martín o Aitana de un fenómeno que los trasciende. Ellos no inventaron el sistema. Simplemente saben jugar dentro de él. Como antes lo hicieron otros. Como probablemente lo seguirán haciendo quienes vengan detrás.

La cuestión no es qué música escuchamos. La cuestión es por qué la escuchamos. Si porque realmente nos emociona. O porque sentimos que deberíamos escucharla para no quedarnos fuera de la conversación. Quizá esa sea la gran derrota cultural de nuestro tiempo. Nunca fue tan fácil ser diferente. Y nunca pareció dar tanto miedo intentarlo.