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Imagen de Nadhira Mohamed./ CEDIDA

Nadhira Mohamed, actriz y activista: “Cada saharaui es embajador de la causa, aunque no quiera”

Nacida en los campamentos de Tinduf e hija de un cofundador del Frente Polisario, la protagonista de ‘Sombra nómada’ recorre su infancia, la identidad saharaui y un vínculo con Canarias que empezó mucho antes que ella

Nadhira Mohamed lleva un jersey de cuello alto y, sobre él, una cadena dorada de la que cuelga el contorno de África. Es lo primero que se ve de ella cuando coge la llamada y es casi un resumen de lo que viene después.

La actriz había salido de Zaragoza a las siete de la mañana, después de presentar su película, y acababa de llegar a su casa de Madrid con la voz tomada y la sensación de no haber parado en dos semanas. “Esta vida no es para mí. Yo quiero ocho horas laborales y volver a mi casa tranquila”, bromea. Luego procede a quedarse cerca de una hora al teléfono en conversación con Atlántico Hoy.

Nadhira nació en 1989 en los campamentos de refugiados de Tinduf, en el suroeste de Argelia, y es hija de Luchaa Mohamed-Lamin, uno de los fundadores del Frente Polisario. Hoy protagoniza Sombra nómada, el debut de la directora Eimi Imanishi, que el museo TEA Tenerife Espacio de las Artes proyecta desde el viernes hasta este domingo.

“Me hubiese hecho muchísima más ilusión estar y presentarla con gente que conozco de las islas, que me vio llegar a Las Palmas y ha visto en lo que me he convertido”, afirma la interprete y es que su historia, que dio comienzo en el desierto, también pasa por Canarias.

“Cuando me preguntan qué soy después de 20 años en España, siempre digo lo mismo: permítanme que, aparte de saharaui, me sienta un poco canaria”.

Una infancia en los campamentos

Cuando se le pregunta por Tinduf, no aparecen primero la arena ni la escasez, sino la risa. “Tengo muy buenos recuerdos. Cuando veo a los niños de 2026 echo mucho de menos mi infancia, porque no tiene nada que ver con la manera de criar aquí en Europa”, dice. 

En los campamentos, la infancia se vivía en la calle, del colegio a casa y de casa otra vez fuera, aunque el termómetro marcara 45 o 50 grados. Las niñas cantaban y organizaban competiciones entre barrios, y los niños jugaban al fútbol con el único balón disponible.

La electricidad escaseaba y apenas había televisiones, así que el barrio entero se reunía en las dos o tres casas que tenían una para ver la serie del único canal argelino. Al día siguiente, la ficción salía a la calle: los niños partían una garrafa por la mitad, se la ponían en la cabeza como si fuera un casco y reproducían las batallas de los soldados que habían visto la noche anterior.

La vida en comunidad

La vida en común no era una elección, sino una forma de estar en el mundo. Las mujeres se avisaban de jaima en jaima cuando llegaban los camiones de ayuda humanitaria para repartir la harina. 

“Nosotros no tenemos la palabra privacidad. Si tú tienes una cosa, eso no es solamente tuyo, es tuyo y de tus primos”. Quien se negaba a compartir recibía un reproche que todavía la hace reír: “Mírale, ya está teniendo actitudes de europeo”. 

La actriz lo resume con una imagen: si a un niño le caía medio cartón de zumo que había sobrado de la visita de, por ejemplo, unos cooperantes, recorría el barrio buscando a sus amigos para repartir "cada buche". “Siempre que hablo con los niños que nos criamos en los campamentos, no cambiamos nuestra infancia por nada”.

Imagen de Nadhira Mohamed./ CEDIDA

Embajadores de la causa

De esa comunidad nace todo lo demás. “Yo no me imagino teniendo una vida aquí en Europa, con mi horario laboral, y que el Sáhara no forme parte de mi vida. Siendo saharaui, no puedo”. Habla de la militancia como de algo que atraviesa a cualquier saharaui, lo quiera o no. “Aunque digas que estás harto, que el mundo se ha olvidado, cuatro días después estás sentado en tu trabajo hablando de tu país. Es inevitable”.

“Nadie se sentó nunca con nosotros a contarnos lo que pasó en el Sáhara. Es algo que hemos visto generación tras generación, una forma de relacionarnos”, afirma sobre la creación de esa identidad colectiva. Por eso cree que “ni en 50, ni en 100, ni en 200 años de ocupación” se va a borrar.

"Cada saharaui es embajador de la causa saharaui, aunque no quiera”. Basta con que alguien le pregunte de dónde es. “Te dicen: ‘Ah, el desierto’. Y acabas contándole el conflicto y los campamentos aunque no quieras politizar nada”, añade.

“Nosotros no vivimos la guerra, vivimos sus consecuencias en un campamento de refugiados. Vimos a nuestros padres ausentes: el que no era militar estaba fuera buscándose el pan, el que no se dedicaba a la política era profesor. Todo el mundo se dedicaba a la causa. ¿Qué somos nosotros, desde esta comodidad y este privilegio, para decir que qué pereza?”, asegura.

El vínculo con su padre

Su padre fue uno de esos "ausentes". Luchaa Mohamed-Lamin fue delegado del Frente Polisario en Canarias entre 2001 y 2006 y murió en Las Palmas de Gran Canaria en 2013. Su hija lo describe como “un señor muy, muy callado”, sobre todo si se trataba de la lucha. “Yo no supe la historia de mi padre hasta que murió”.

Esa historia la fue reconstruyendo a trozos. El primer descubirmiento fue una foto encontrada entre sus cosas: un joven de menos de 20 años en medio del desierto, sin que nadie supiera adónde iba. Después llegaron los recuerdos ajenos de antiguos compañeros canarios y el libro de uno de los profesores, Carmelo, sobre sus alumnos saharauis del Instituto de la Paz. 

En sus páginas, su padre aparecía como un chico “muy inteligente, muy callado, muy observador” que desaparecía cada cierto tiempo. Más tarde se supo que muchos de aquellos estudiantes se habían unido al Frente Polisario. “Me da esperanza que, ya que mi padre no lo pudo contar, haya alguien que no es saharaui que tenga ese recuerdo de él. Es superbonito”.

En casa, sin embargo, Luchaa procuró mantenerlas lejos de ese desgaste. “La política agota, la revolución agota. Nos decía que teníamos que estudiar, formarnos, dedicarnos a otra cosa, pero sin olvidar de dónde venimos”. Para él, en cambio, no había más vida que esa: leía las últimas sentencias, seguía cada cambio de postura de los países sobre el Sáhara. “Desde los 14 o 15 años mamó esa revolución, y así fue hasta que murió”.

Imagen de Nadhira Mohamed (derecha) junto a su padre Luchaa Mohamed-Lamin (izquierda) en los campamentos de Tinduf./ CEDIDA

Conexión especial con Canarias

El vínculo de la familia con Canarias empezó mucho antes de que ella pisara las islas. Cuando el Sáhara era provincia española, el viaje de fin de curso de los estudiantes saharauis en el Aaiún era a Telde. “Hoy se va a Andorra. Ellos iban a Telde. Me lo imagino en los 60 o 70 y digo: ¿qué había allí?”.

Décadas después, cuando el Frente Polisario destinó a su padre a Canarias, la familia se mudó a Las Palmas de Gran Canaria. Nadhira terminó el curso en Argelia y se reunió con ellos después. Allí hizo muchos amigos y todavía hoy se encuentra con gente que conoció a su padre. “ Me emociono, porque sé el amor que le tenían y el amor con el que él se relacionaba con los canarios. Se sentía como en casa”.

Al ser preguntada por la unión entre el pueblo canario y el saharaui, Nadhira cuenta la historia de un canario que tenía taxis en El Aaiún. Cuando tuvo que marcharse de un día para otro, los quemó antes de que acabaran en manos marroquíes: “Si no se lo quedaba un saharaui, no se lo iba a quedar nadie”. Esas relaciones entre canarios y saharauis eran de vecindad, de trueque y de confianza. “Solo hay que hablar con los canarios que vivieron en El Aaiún. El recuerdo es mutuo”.

El primer concierto y el mar

Su infancia fuera del desierto tuvo otros nombres. Con cinco años, un programa para niños enfermos la llevó un año a un pueblo de Granada, a Padul, para que fuera atendida. Allí, con las adolescentes de la casa de acogida, descubrió a Alejandro Sanz y fue a su primer concierto siendo “un pollito de cinco o seis años”.

Con el programa “Vacaciones en paz” llegaron después Asturias, con su padre de acogida, Nicandro, y la Comunidad Valenciana, donde ganó una hermana, Ana. Nadhira sigue manteniendo el contacto con las tres familias. 

Fue en Asturias, a los siete años, donde vio el mar por primera vez. Recuerda bajar del coche, ver toda aquella agua al final de la cuesta y mirar a Nicandro. “Le pregunté cuánta gente había venido para traer toda esa agua aquí”. 

Actriz por casualidad

"De niña soñaba con ser bailarina y profesora de hip-hop. En mi vida pensé en el cine”, recuerda Nadhira, pero todo cambió en 2010, en Valencia. Tras el desmantelamiento del campamento de Gdeim Izik, cerca de El Aaiún, una protesta por la falta de trabajo y oportunidades de los saharauis que, según cuenta, dejó días antes la muerte de un chico de 14 años en un control, los jóvenes saharauis salieron a la calle. 

Ante el silencio del Gobierno español, una treintena de activistas pro-saharauis, entre ellos Nadhira, terminaron ocupando la sede del PSOE. La ahora actriz salió en televisión como portavoz de la juventud saharaui y fue, en ese preciso instante, cuando el director Pedro Pérez Rosado la descubrió.

“Le dije que no, que yo no era actriz, que tenía miedo”. Su cuñada la animó, y el guion de Wilaya, rodada en los campamentos, terminó de convencerla. La interpretación en este largometraje le valió el premio a mejor actriz en el Festival de Abu Dabi en 2011 y una candidatura al Goya a mejor actriz revelación en 2013.

Fotograma de la película 'Sombra Nómada'./ Incognita Films

Papel con detalles personales

Volver costó más. Eimi Imanishi, cineasta japonesa-estadounidense que conoció la causa saharaui a través de su pareja, pasó años escribiendo la historia antes de mandarle un mensaje en 2023. “No me apetecía volver a exponerme”. Leyó el guion y cambió de opinión: “Le dije que sabía que tenía que seguir con el casting, pero que yo quería hacerlo”.

Durante la preparación, la directora le dejó llevar su propia vida al personaje de Mariam, desde la forma de hablar hasta la relación con un hermano y un tío que la apoyan en silencio. “He tenido aliados hombres en mi entorno saharaui, de una manera muy discreta, porque si no la sociedad los señala. Para mí fue muy fácil, porque es algo que he vivido”.

Nadhira destaca una escena: Mariam, recién deportada, sentada entre su familia sin un solo regalo, mientras un primo que llega de España reparte los suyos y presume de ello. “Son detalles que solo entiende una persona migrante, con esa carga de lo que se espera de ti cuando te vas”. 

Un camino a la empatía

Nadhira cree que el cine no siempre ha tratado bien a su pueblo y agradece a quienes, como la familia Bardem, han dado visibilidad a la causa. La actriz asegura que boicotea de forma consciente algunas producciones, como Sirāt o La Odisea, que, según denuncia, se rodó en Dajla con financiación marroquí. “Por delante están la ética y unos principios que no puedes pisotear porque te llame una película”.

Duda que el cine funcione como herramienta política, “porque la gente está asqueada de la política”, y lo ve más bien como un camino hacia la empatía. “Yo militaba: ocupamos sedes, hicimos locuras, me llevé denuncias y multas, y no llegamos. Con el cine remueves conciencias”. Sobre todo entre quienes repiten que los migrantes vuelvan a su país: Sombra nómada, dice, enseña “la crudeza de lo que significa ser deportada”.

Mensaje a la juventud canaria

Antes de culminar la entrevista, Nadhira deja un mensaje para la juventud canaria. “No es tonta. Tú eliges tener un discurso de odio o tener empatía”. A quienes rechazan a las personas migrantes les recuerda que “lo que hoy vivo yo lo puedes vivir tú dentro de diez o quince años, porque lo vivió tu abuelo hace 50”, y pide “memoria histórica y más empatía”.

A los demás les da las gracias “en el alma”: “A los que nunca me insultaron en el instituto, a los que nunca me señalaron y a los que siempre supieron que yo era saharaui y no marroquí”.

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