Imagen de La Oreja de Van Gogh en Gran Canaria /  AH
Imagen de La Oreja de Van Gogh en Gran Canaria / AH

La Oreja de Van Gogh en Gran Canaria y el abrazo a la Amaia Montero que fue, la que es y la que las redes pretenden que sea

Tras las duras críticas a su anterior concierto, la cantante recibió el abrazo de sus compañeros y el cariño de varias generaciones en una noche que demostró que la realidad , a pesar de los "haters", no cabe en quince segundos

luna moya

Actualizada:

La Oreja de Van Gogh se formó en 1996 en San Sebastián. Yo ni siquiera había nacido. Cuando Amaia Montero dejó el grupo, en 2007, tenía ocho años y, a esa edad, ya berreaba las canciones más tristes de la banda en el coche como si me hubieran roto el corazón unas veinte veces por semana. Todo ello con mi madre al volante y mi hermana haciendo de corista.

Por aquel entonces no había ido a un concierto en mi vida, pero tenía clarísimo que Rosas, 20 de enero o Muñeca de trapo se cantaban a pleno pulmón, como si aquel niño que me gustaba del colegio no hubiera rodeado la respuesta esperada cuando le pasé una notita que decía: "¿Quieres ser mi novio?"

Y así, con el corazón roto por desgracias que a veces ni siquiera habíamos vivido, me imagino que se ha sentido en algún momento buena parte del público que esta noche ha acudido al Anexo del Estadio de Gran Canaria para corear los clásicos de La Oreja de Van Gogh, con una manita en el pecho y el corazón medio acongojado.

Y encima del escenario, Amaia Montero. Que mira que ha aguantado chaparrones. Cuando se fue, cuando volvió y, especialmente, cuando las redes sociales decidieron convertir su regreso en un juicio público. Que si "ya no es la misma", que si "el vestuario", que si "las notas", que si "ha subido de peso"... Como si durante estos casi veinte años la cantante hubiera tenido la obligación de dormir embalsamada, ajena al paso del tiempo, para no incomodar a vete a saber quién.

Quisiera recordar que, desde que Amaia dejó el grupo, en España hemos sobrevivido a una crisis económica, ganado dos mundiales de fútbol, cambiado de rey y atravesado una pandemia. En Canarias, hasta hemos visto entrar en erupción un volcán. ¿Cómo demonios va a ser Amaia Montero la misma de hace veinte años?

Un poquito de por favor.

La reina del pop

Pero volvamos a Gran Canaria. Porque lo que se vivió este viernes merece contarse con bastante más detalle que los quince segundos (injustos) que suelen circular por las redes sociales.

Entre el público abundaban quienes rondaban los cincuenta, una generación que vivió el nacimiento de la banda, compró sus discos y convirtió sus letras en la banda sonora de sus propias historias. Pero también estábamos quienes éramos demasiado pequeños para ver a Amaia sobre un escenario antes de que abandonara el grupo. Los que descubrimos aquellas canciones en el coche de nuestros padres y tuvimos que esperar casi veinte años para poder escucharlas en directo con su voz original.

Y ahí está quizá una de las mayores virtudes de La Oreja de Van Gogh: para unos fue la música de su juventud, para otros la música de su infancia. 

Rosas, 20 de enero, Muñeca de trapo y, por supuesto, Pop, convirtieron el recinto en un coro multitudinario. Especialmente esta última, que hizo saltar a un público que no necesitaba demasiadas excusas para venirse arriba. Porque se puede tener cincuenta años, una hipoteca y dolores de espalda, pero cuando suena aquello de que eres la reina del pop, hay obligaciones que pueden esperar.

Hasta hubo tiempo para que el público y la banda se marcaran un "pío, pío" en plena celebración. Amaia se sumó a ese guiño tan grancanario entre los gritos de unos asistentes que, por momentos, parecían incapaces de contener la emoción.

Y entre canción y canción se escuchaba otra melodía que no aparece en ningún disco. El público coreando "Amaia, Amaia". Una y otra vez. No era solo una forma de reclamar su atención, sino también de hacerle saber que, pese a todo lo que se ha dicho de ella durante las últimas semanas, allí había miles de personas felices de volver a verla, lejos de elegir bando, porque sí, una puede ser team Amaia y team Leire sin menospreciar a ninguna de las dos vocalistas. 

El abrazo necesario

Si hubo un momento capaz de resumir todo lo que estaba ocurriendo sobre el escenario, no fue precisamente durante uno de los grandes éxitos de la banda.

Fue un simple abrazo.

En mitad del concierto, los compañeros de Amaia Montero protagonizaron uno de los gestos más emotivos de la noche. Por sorpresa, le retiraron el micrófono y se acercaron a ella para fundirse en un abrazo grupal que terminó diciendo bastante más que cualquier discurso preparado.

La escena llegó después de que el grupo reconociera que lo había pasado mal desde su anterior concierto. Y no era una referencia cualquiera. La última actuación había tenido lugar el 10 de octubre en Zaragoza, donde se grabaron algunos de los vídeos que después se viralizaron y desencadenaron una nueva oleada de críticas contra la cantante, tanto por su interpretación vocal como por su aspecto físico. Los valientes haters que se esconden tras una pantalla, desde la comodidad de un sofá y probablemente con una vida tan infeliz como la que quieren sembrar en la artista. 

Amaia reconoció que necesitaba aquel abrazo. Y la banda dejó un mensaje de unidad con una promesa que emocionó todavía más al público, "estar juntos para siempre".

Y esa complicidad se hizo especialmente visible durante Tan guapa, una canción que Xabi San Martín compuso pensando en Amaia, según ha contado la propia artista, aunque se publicó en 2016, cuando ella ya no formaba parte de la banda.

Dicen que dicen

Resulta curioso cómo una noche que fue una auténtica celebración puede parecer algo completamente distinto cuando se mira a través de una pantalla.

Porque una cosa es ver un vídeo de quince segundos en TikTok y otra muy distinta es pasar dos horas delante de un escenario, rodeado de gente que canta, salta, se emociona y celebra el regreso de una de las voces que marcaron su vida.

Los vídeos que circulan por las redes, esos en los que se analiza cada nota, cada gesto y cada movimiento de Amaia Montero como si estuviera opositando a ser ella misma, apenas representan una mínima parte de la experiencia de un concierto. Y, desde luego, no cuentan toda la historia. Ni siquiera la de este viernes en el Anexo del Estadio de Gran Canaria, donde estuvo absolutamente perfecta.

La realidad que se vivió en Gran Canaria fue bastante diferente de la que algunos parecen empeñados en construir. Amaia estuvo a la altura de una noche que terminó siendo inolvidable. No fue una versión congelada de la cantante de hace veinte años, ni falta que hacía. Fue la Amaia de ahora, con sus cincuenta años, su voz, su historia y una colección de canciones que siguen siendo capaces de emocionar a generaciones enteras.

Es evidente que el tiempo ha pasado. ¿Cómo no iba a hacerlo? Pero reducir una actuación entera a una nota o a unos segundos seleccionados para alimentar una polémica es tan absurdo como pretender contar una película enseñando únicamente las tomas falsas y me gustaría invitar a cualquiera a que lo compruebe por sí mismo. 

Veinte años después

Amaia es en esencia, la misma Amaia, Lo prometo yo, pero también aquella niña de ocho años que este viernes volvió a berrear las canciones de La Oreja de Van Gogh como cuando iba en el coche con su madre.

Solo que esta vez no había volante de por medio, sino un escenario delante y una madre a mi lado que también cantaba a pleno pulmón.

Porque mientras yo dramatizaba desamores que ni siquiera había vivido, ella escuchaba aquellas mismas canciones con sus propias historias, sus propias heridas y sus propias batallas. Dos generaciones, las mismas canciones y dos maneras muy distintas de sentirlas.

Veinte años después, las dos volvimos a cantarlas juntas. Y quizá eso sea lo más bonito de todo: que yo crecí, mi madre también, Amaia también, pero aquellas canciones siguen encontrando la manera de emocionarnos a las tres.

La niña que era, la mujer que soy y la cantante que fue y que sigue siendo. Ninguna es la misma que hace veinte años.

Y menos mal. 

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