Quevedo, durante la promoción de ‘El Baifo’. / ÁNGEL MEDINA-EFE
Quevedo, durante la promoción de ‘El Baifo’. / ÁNGEL MEDINA-EFE

Quevedo no es Canarias (ni falta que le hace)

El lanzamiento de ‘El Baifo’ reabre un debate exagerado entre identidad, éxito y responsabilidad que dice más del entorno que del propio artista

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Martín Alonso

Hay una pregunta que sobrevuela el lanzamiento de El Baifo que nadie formula del todo bien, pero que todos parecen empeñados en responder: ¿qué le debe Quevedo a Canarias?

No es una cuestión menor. Tampoco es nueva. Pero en esta ocasión, con el segundo gran proyecto del artista grancanario, ha adquirido una dimensión que desborda lo estrictamente musical. Porque lo que se ha construido alrededor de El Baifo no es solo un disco: es un campo de batalla simbólico en el que unos han querido ver una reafirmación de la identidad canaria contemporánea y otros, en cambio, una oportunidad perdida para abordar los problemas estructurales del Archipiélago.

Ambos enfoques, sin embargo, parten de una premisa discutible: que Quevedo tenía la obligación de ser algo más que un músico.

Entre bandera y reproche

Desde semanas antes de su publicación, El Baifo ha estado rodeado de un clima de expectativa que ha ido más allá del interés habitual por un lanzamiento musical. Parte de la prensa —algunos ayun no le han soltado el brazo— y, sobre todo, un sector importante de sus seguidores han elevado la figura de Quevedo a la categoría de símbolo generacional y territorial, una suerte de portavoz informal de la canariedad en la industria global.

Quevedo durante la entrevista con EFE. / Ángel Medina G / EFE
Quevedo durante una entrevista con EFE. / Ángel Medina G / EFE

El argumento no es difícil de entender. En un contexto donde Canarias busca constantemente referentes propios en ámbitos de proyección internacional, el éxito de un artista joven, nacido y criado en Las Palmas de Gran Canaria, adquiere una dimensión que trasciende lo artístico. Quevedo no solo vende discos o acumula reproducciones: representa una posibilidad de visibilidad.

Reproches

Pero esa misma lógica es la que, en sentido inverso, ha alimentado la crítica. Porque si se le reconoce como altavoz, también se le exige contenido. Y ahí es donde aparecen los reproches: la ausencia de referencias explícitas a cuestiones como el acceso a la vivienda, la presión del modelo turístico sobre los recursos o el impacto de las listas de espera en sanidad y dependencia.

Es una crítica legítima en términos generales, pero discutible cuando se concreta en este caso. Porque presupone que todo artista con visibilidad tiene la obligación de abordar los problemas de su entorno. Y esa es una carga que no todos están dispuestos —ni tienen por qué estarlo— a asumir.

Realidad incómoda: disco sin épica

Frente a esa construcción narrativa —tanto en positivo como en negativo— hay una realidad mucho más sencilla, casi banal: El Baifo es, esencialmente, el disco de un chico de 24 años que ha alcanzado el éxito y lo está disfrutando.

Un joven que estudió en el Claret, que creció en un entorno urbano reconocible para miles de canarios y que, de repente, se ha encontrado con una vida resuelta a una edad en la que la mayoría apenas empieza a construir la suya. Esa experiencia vital, con sus códigos, sus excesos y su falta de gravedad, es la que atraviesa el álbum.

¿Los problemas de Canarias?

No hay en ello una voluntad de representar a nadie —por mucho que diversos políticos hayan intentado subirse a la ola que lleva el nombre de Quevedo (algunos, incluso, grabando vídeos en sede parlamentaria en horario laboral en los que se les ve haciendo el tonto mientras suena Al Golpito de fondo)— ni de diagnosticar nada.

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Quevedo, tras la publicación de 'El Baifo'. / ÁNGEL MEDINA G.-EFE

Hay, simplemente, una narrativa personal marcada por el presente inmediato: los amigos, el dinero, el reconocimiento, las relaciones con las mujeres, el ocio. Elementos que forman parte de la tradición del género urbano y que aquí se reproducen sin complejos.

Pretender que en ese contexto aparezca una reflexión estructurada sobre los grandes problemas de Canarias es, en cierto modo, forzar un marco que no le corresponde

Confundir visibilidad con responsabilidad

Lo que revela el debate en torno a El Baifo es una tendencia recurrente: la de proyectar sobre figuras públicas expectativas que responden más a las carencias del entorno que a las intenciones del propio protagonista.

Canarias necesita relatos, referentes, voces que articulen su realidad. Pero esa necesidad no puede convertirse en una exigencia automática para cualquier persona que alcance notoriedad. Porque entonces se corre el riesgo de distorsionar tanto la obra como la figura del artista.

Quevedo. / ÁNGEL MEDINA G.-EFE
Quevedo. / ÁNGEL MEDINA G.-EFE

Quevedo no es un analista político, ni un activista social, ni un portavoz institucional. Es un músico que ha conectado con una audiencia masiva en un momento determinado. Y eso, por sí solo, ya es significativo.

Ni símbolo ni problema: un síntoma

Quizá la forma más útil de entender El Baifo no sea como una declaración ni como una omisión, sino como un síntoma. Un reflejo de una generación que consume y produce cultura en un contexto globalizado, donde las referencias locales conviven —y a menudo se diluyen— con códigos universales.

En ese sentido, el disco no habla tanto de lo que Canarias es o debería ser, sino de cómo sus jóvenes se insertan en un ecosistema cultural que ya no responde a fronteras tradicionales.

Y ahí es donde el análisis gana profundidad: no en lo que Quevedo dice o deja de decir, sino en lo que su éxito evidencia sobre el momento que vive el Archipiélago.

Porque, al final, la pregunta no es qué le debe Quevedo a Canarias. La pregunta es por qué seguimos necesitando que alguien nos represente.