Rayco Pulido regresa con Saquen sus muertos, una novela gráfica que adapta Verano de Juan “el Chino” (1971), la última obra de Claudio de la Torre. En este nuevo trabajo, el autor canario traslada al lenguaje del cómic un relato ambientado en una epidemia de cólera en una isla atlántica a mediados del siglo XIX, pero cuya carga simbólica y crítica dialoga con el presente de forma inevitable.
Premio Nacional del Cómic por Lamia, Pulido construye aquí una obra sobria, luminosa y áspera, donde la enfermedad, la exclusión, el miedo y la desigualdad se convierten en el telón de fondo de una historia que también deja espacio para el viaje, el amor y una cierta esperanza.
En esta entrevista, el autor reflexiona sobre la adaptación, la vigencia del texto original y el lugar del cómic en la reinterpretación de la literatura.
El origen de la adaptación
[Pregunta] ‘Saquen sus muertos’ adapta una obra de Claudio de la Torre. ¿Qué te llevó a elegir este texto y qué sentiste que podía aportar desde el lenguaje del cómic?
[Respuesta] Escogí este libro por varios motivos. El primero es el contenido: es una obra sobre la condición humana, tiende a la misantropía, pero Juan, el protagonista, tiene un punto romántico en el sentido revolucionario, y eso aporta algo de esperanza. La novela se desarrolla en un escenario apocalíptico, una epidemia de cólera en una isla atlántica a mitad del siglo XIX. Tiene elementos urbanos, pero también de novela rural; hay un viaje y un romance entre tanta muerte. Pero quizás el factor clave para decantarme por este texto fue la crítica social. Es una novela aparentemente ligera, pero con una carga de profundidad considerable.
En cuanto a la forma, se trata del último libro del escritor, lo redacta con la urgencia de alguien enfermo que sabe que será su último texto y condensa el oficio adquirido: el lenguaje es directo y la escritura visual, el texto es magro, nada sobra, la historia se desarrolla a partir de la acción y el diálogo y se puede ver claramente el peso que la escritura cinematográfica tuvo en sus últimas obras, esta novela es casi un tratamiento de guion, lo que facilita mucho la adaptación. El libro arranca con la frase "¡SAQUEN SUS MUERTOS!" y no da tregua, desarrolla todo lo expuesto en apenas cien páginas y la extensión es otro factor relevante porque mis proyectos suelen irse a dos a tres años de media. Esos son los motivos principales que me llevaron a adaptarla pero como objetivo secundario aparece reivindicar la figura de Claudio de la Torre, escritor injustamente en el olvido y, desde mi punto de vista, maltratado por las instituciones canarias.
El retrato de una sociedad
La historia retrata una sociedad marcada por el miedo, la enfermedad y la exclusión, y aunque está ambientada en otra época, ¿hasta qué punto crees que se asemeja a la realidad actual?
El escenario de Verano de Juan “el Chino” se inspira en un hecho real ocurrido en Gran Canaria entre junio y septiembre de 1851, pero Claudio habla de “una isla atlántica” porque no quería que encasillaran el libro como localista, algo que hoy, precisamente, es un valor: la voz periférica. Dicho esto, en aquella epidemia falleció el 20% de la población de la capital, lo que supone un 10% de la población de la isla. Son cifras que poco tienen que ver con la mortandad del Covid-19.
El enfoque de Claudio es realista, tirando a lo misantrópico, y la reciente pandemia demostró que la reacción ante la crisis siempre es la misma: del aplauso al sanitario al acoso para que abandone la comunidad de vecinos, pasando por las peleas en supermercados por el papel higiénico. Íbamos a salir mejores. En 1851 no había vacuna, solo remedios para no deshidratarse y dar una oportunidad a los cuerpos más fuertes. Ante la desesperación proliferan beatos, iluminados, brujas y curanderos, el equivalente a antivacunas o a quienes bebían lejía o gel hidroalcohólico. Otro contraste está en el desarrollo social: en la historia estalla la mortandad urbana y en la ciudad solo se quedan los que no tienen adónde ir; sálvese quien pueda. Los ricos se retiran a sus fincas en el interior y se desentienden del resto. Eso hubiera sido nuestro confinamiento si el Estado no hubiera intervenido para garantizar, por ejemplo, los ERTE.
Justo coincidió, además, con que trabajaste en ella durante la pandemia.
La idea de adaptar este libro es pre-pandemia, los primeros apuntes son de 2019, pero el trabajo serio empezó años más tarde, con la confirmación de una ayuda por parte del Ayuntamiento de Las Palmas para financiar parte de la obra, esa confirmación quedó en nada, afortunadamente lo que no vieron las entidades en Canarias lo vio el Ministerio de Cultura, esta obra contó con una ayuda a la creación de cómic que otorga la División General del Libro, del Cómic y de la Lectura.

De la literatura al cómic
Al adaptar la obra original, ¿quisiste contar alguna cosa de otra manera?
Es una adaptación bastante fiel: el mismo contenido con otra forma. Esta es una pregunta difícil, porque son dos medios distintos y daría para un ensayo. Adaptar al lenguaje del cómic es, sobre todo, convertir literatura en imagen, en narración visual, y cada decisión supone una interpretación. Al final, una buena adaptación debería ser un artefacto cultural distinto e independiente, no un resumen ilustrado del texto.
Tengo cierta experiencia adaptando. En 2013 me acerqué al universo de Galdós con Nela, adaptación de Marianela, y aquí he replicado algunas de las cosas que aprendí, empezando por conservar la estructura y darle mucha importancia a la elipsis. También rebajé el tono emocional, porque creo que la imagen produce un efecto distinto al de las palabras. Mis adaptaciones son más frías y más secas que el original.
El trabajo tras la estética
Tu estilo visual en esta obra resulta especialmente sobrio y atmosférico. ¿Cómo trabajaste la estética para reforzar el tono casi apocalíptico del relato?
Cada proyecto tiene un enfoque distinto. Si Lamia tendía a la geometrización de las formas y a la verticalidad en la composición, en Saquen sus muertos busco la horizontalidad, con el mar siempre presente como línea. El diseño de los personajes es más naturalista porque necesitaba que encajaran con el entorno rural y con los escenarios naturales: rocas, cuevas, terrenos baldíos, dunas, vegetación de medianías, polvo, moscas.
Al contrario de lo que parece, representar el vacío es lo más complejo. Yo opté por lo orgánico, todo lo que puedo serlo desde mi estilo de dibujo. En cuanto al estilo, tiendo a la línea clara, añadiendo algo de textura a tramas geométricas. En ese sentido, quizá hay más de mis libros anteriores, Sordo y Nela, porque en ambos se representa la naturaleza.
Otro elemento clave es la luz, que lo inunda todo. En este cómic prima el blanco, y no es sencillo componer con ese color porque los bocadillos adquieren mucho peso; más aún en este caso, porque he rotulado con la misma plumilla que usé para dibujar, una letra más contundente que en mis tebeos anteriores. Aproveché las escenas nocturnas y los interiores para acentuar el contraste. Quizá donde más se percibe es en los capítulos siete y ocho, que cuentan un viaje. Cuando miraba el plano con todas las páginas en miniatura, cada escena quedaba bien definida. Creo que el libro está bastante equilibrado. También añadí escenas de cosecha propia para acentuar la hambruna, como la del niño y su madre cazando ratas y palomas.
Después de Lamia
Tras el reconocimiento obtenido con Lamia, ¿en qué sientes que ha evolucionado como autor con este nuevo trabajo?
Si hablamos de evolución creativa, creo que no hay mucha diferencia, o al menos yo no la percibo. Las condiciones de trabajo fueron distintas —parte de Lamia la hice en Francia, con una residencia artística—, pero el método es el mismo. Tampoco he tenido aún el tiempo suficiente para tomar distancia del nuevo libro; es pronto para tener una visión objetiva del conjunto.
Por otro lado, ser Premio Nacional ayuda con las ventas y abre algunas puertas, pero también genera más expectativas, y eso se traduce en presión extra. A eso se suma la responsabilidad de adaptar a otro autor y cuidar su material.

Volver a los autores canarios
¿Qué lugar crees que ocupa a día de hoy la novela gráfica en la reinterpretación de la literatura clásica?
Los clásicos literarios son una fuente inagotable. Algunas novelas han dado para varias adaptaciones en cómic y en cine. Las hay que exprimen los recursos del medio y las hay que se limitan al resumen ilustrado, como hacía Bruguera con sus Joyas juveniles, que iniciaron a tantos lectores. Una razón por la que existen tantas adaptaciones, más allá de la calidad del material, es que esas obras están libres de derechos. Tema económico aparte, la libertad creativa respecto al texto original es total.
Sin embargo, hay poca adaptación de obra contemporánea, y la que hay suele partir de las editoriales, que son quienes montan los equipos. No suelen ser proyectos personales. Saquen sus muertos sí lo es: adapta un libro contemporáneo, Verano de Juan “el Chino” (1971), y existe porque la heredera de los derechos, Claudia Hernández de la Torre, creyó en el proyecto y dio luz verde. Pero no es lo habitual. Sigue existiendo bastante prejuicio en torno al cómic, el eterno debate entre alta y baja cultura. Sirva como ejemplo el escepticismo que percibí en el entorno galdosiano canario cuando presentaba Nela.
Y, después de adaptar a Benito Pérez Galdós con Nela y ahora a Claudio de la Torre, ¿te gustaría seguir adaptando literatura canaria?
Adaptar autores canarios no es un plan premeditado. He adaptado dos libros que considero dos joyas de la literatura nacional, y me he acercado a ellos por su calidad. Allá por 2014 o 2015 sí diseñé un plan bastante ambicioso: adaptar la trilogía de Madrid de Galdós —Doctor Centeno, Tormento y La de Bringas—, libros que continúan la historia de Marianela, pero no interesó al Cabildo de Gran Canaria. Hoy doy gracias por ello, porque me hubiera llevado diez años y Lamia no existiría. Pero también es otro ejemplo de lo poco que interesan mis proyectos aquí. Afortunadamente, el “soldado raso”, bibliotecarios y docentes, sí ha visto el potencial de este material para los planes de fomento de la lectura y los clubes de lectura.
La huella en el lector
¿Qué te gustaría que se llevara el lector cuando termine Saquen sus muertos?
Lo mismo que me llevé yo al leer el original: la necesidad de leerlo otra vez. El mejor halago es una lectura fluida, que se entienda todo y que los capítulos desplieguen el ritmo asignado; eso significará que mi trabajo como narrador está bien hecho.
Luego hay más información visual que textual, y no todo el mundo sabe leer eso; hay niveles, en función de lo familiarizado que estés con el lenguaje del cómic. Siempre intento que mis libros funcionen en dos planos: comprensión y entretenimiento para el público general, y matices relacionados con el lenguaje propio del medio para un lector más especializado. En la primera lectura tendemos a centrarnos en el texto y la historia, es como un piloto automático. Creo que un buen tebeo requiere al menos un par de lecturas para llegar a otros matices y entender el trabajo en su conjunto. Para mí, el éxito está en la relectura y en la recomendación del lector.
