¿Qué pasa cuando la música clásica se sale de todos los códigos que la encorsetan? Pues que todo el mundo la disfruta, desde los más pequeños hasta los más mayores, indiferentemente de su realidad. La música suena y nadie permanece inmóvil o indiferente. El público, músicos y bailarines se convierten en una comunidad que disfruta de las artes. No hay silencio absoluto ni rigidez en las butacas. Aquí la música clásica respira de otra manera.
Ese es el espíritu de Te toca. Moving Concerts, un proyecto que este domingo culminará su primera etapa en el Auditorio Alfredo Kraus de Las Palmas de Gran Canaria con un concierto participativo que propone algo tan simple como revolucionario: que la música sinfónica sea un espacio donde todos puedan estar y coexistir.
A quién se dirige la música
La iniciativa nace de una reflexión sobre quiénes ocupan —y quiénes no— las butacas de los conciertos. “En el mundo de la música clásica llevamos más de 200 años sin acertar a dirigirnos a una parte muy importante de la sociedad que no vemos en los conciertos”, explica Clara Marrero, autora y coordinadora del proyecto. “Puede ser por miedo, porque no saben cómo comportarse o porque existe alguna discapacidad y creen que van a molestar”.
Durante años ha trabajado en Alemania desarrollando proyectos de accesibilidad cultural. Allí creó Concierto para Todos, dirigido a personas con discapacidad auditiva e intelectual. Tras ampliar el concepto y fundar oficialmente la iniciativa Moving Concerts el pasado verano, decidió traerla a Canarias, donde el Auditorio Alfredo Kraus le ha ofrecido el espacio.
Un espacio para coexistir
La filosofía del proyecto no se centra en la inclusión entendida como integrar a unos en el espacio de otros, sino en la convivencia. “Este proyecto no es inclusivo. Nadie incluye a nadie. Aquí coexistimos todos”, señala Marrero.
Eso significa que en el mismo espacio pueden encontrarse una abuela con su nieto, una persona con autismo, alguien con demencia o una familia que nunca antes ha pisado una sala sinfónica. Todos comparten el mismo escenario emocional, según apunta la autora de la iniciativa.
Talleres participativos
Ese espacio se ha ido construyendo desde enero a través de doce talleres participativos que han permitido al público explorar la música mediante el movimiento. En ellos, la Camerata Magec y distintos bailarines han trabajado con los asistentes bajo la guía del mediador artístico y bailarín Andrew Greenwood.
Y la respuesta ha superado las expectativas. Muchas personas se han animado a participar, lo que “demuestra que existe una necesidad social que no habíamos visto”. Además, ha permitido vivir experiencias emotivas que se salen de lo habitual en las salas del auditorio: “En uno de los talleres participó una joven ciega, que se trajo una una güira y seguía el ritmo mientras todos bailaban. Fue un momento muy emocionante”.
Como un flautista de Hamelin
En todo este conjunto, si la música es el motor del proyecto, el movimiento es su lenguaje. Y ahí aparece la figura de Greenwood, bailarín y mediador artístico, encargado de tender puentes entre el público y los músicos. “Soy el pegamento que une todos estos elementos”, indica con una sonrisa, señalando que no dirige al público como un coreógrafo tradicional; más bien traduce la música en gestos, invitando a cada persona a encontrar su propia forma de moverse dentro de ella.
Su trabajo nació hace trece años, cuando un amigo cercano fue diagnosticado con párkinson. Su amigo le pidió ayuda para tratar de moverse mejor. En ese proceso, Greenwood decidió tratarlo como a un bailarín, no como a un paciente. “Todo el mundo lo llamaba ‘el señor Parkinson’, pero yo lo llamaba bailarín. Eso cambió su vida y también la mía”.
Así mismo es como llama al público durante la función: “dancers” (bailarines). Y, a pesar de no hablar el mismo idioma, conectan a través del lenguaje universal. Para el artista, el proyecto canario va más allá de un programa de inclusión. “Esto es realmente arte encontrándose con la sociedad. Y tengo un profundo respeto por cómo Gran Canaria se lo está tomando”.
El papel de los músicos
Toda esta ecuación ha supuesto también un proceso creativo para los músicos, quienes, a pesar de formar parte de esos códigos de las salas, en esta ocasión se salen de ellos para descubrir otros caminos de tocar y relacionarse con el público que viene a ver sus conciertos.
“Normalmente estamos detrás del atril, pero aquí rompemos la cuarta pared constantemente”, explica el flautista Cristián Suárez Guerra, miembro de la Orquesta Comunitaria de Gran Canaria y de Camerata Magec. “Improvisamos, interactuamos con el público y asumimos otros roles. No solo somos músicos: también somos comunicadores de emociones. Es un proceso muy humano y enriquecedor”.
Bailarines por la sala
A la experiencia se han sumado también bailarines de la escuela Dansarte. Elisabeth López describe la experiencia como una aventura imprevisible. “Nunca sabemos exactamente qué va a pasar”, cuenta. “Andrew se inspira en el momento y nosotros lo seguimos. Somos como ramificaciones de él”.
La presencia de bailarines, músicos y público en un mismo espacio crea una atmósfera donde la participación surge de forma natural.
El gran concierto del domingo
Todo ese proceso desembocará este domingo en el concierto final en la sala sinfónica del Auditorio Alfredo Kraus. Sobre el escenario estará la Orquesta Comunitaria de Gran Canaria, dirigida por David Crespo y con el pianista Isaac Martínez Medero como solista. El programa incluirá el Concierto nº2 para piano y orquesta de Rachmaninov y el estreno de Héroes, del compositor Óscar García.
La diferencia con un concierto tradicional será el papel del público. No habrá una manera correcta de estar ahí. Un niño podrá correr. Alguien podrá bailar. Otra persona podrá simplemente cerrar los ojos y dejarse llevar por la música. “Cuando Andrew conecta a la gente con lo que está pasando”, dice Marrero, “nadie se preocupa de lo que hace el otro. Todos estamos dentro de la música”.
Fecha para la próxima temporada
Para Tilman Kuttenkeuler, director de la Fundación Auditorio y Teatro de Las Palmas de Gran Canaria, el proyecto responde a una necesidad clara. “Hay mucha gente que cree que no sabe ir a un concierto de música clásica”, explica. “Que no conoce los códigos o que no entiende la música. Pero es una equivocación. Solo hay dos tipos de música: la buena y la mala”.
Para Kuttenkeuler, iniciativas como Moving Concerts ayudan a eliminar ese “autofreno” que muchas personas sienten hacia la música clásica. “El auditorio tiene que estar abierto a toda la sociedad”, señala. “Somos una sociedad diversa y la cultura tiene que reflejarlo”.
Por eso el proyecto tendrá continuidad la próxima temporada. Porque, como ha demostrado esta primera experiencia, basta con abrir un poco el espacio para que ocurran cosas inesperadas. A veces, incluso, que una sala sinfónica se llene de gente que se mueve al mismo ritmo. Y que, por un momento, la música deje de ser solo algo que se escucha para convertirse en algo que se comparte.
