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Mandy Placeres, durante la reciente celebración en Canarias del European Outdoor FIlm Tour

El camino antes que la cima: el alpinismo de Mandy Placeres

Primer español en coronar el Spantik y con 46 cimas a sus espaldas, el grancanario, botánico y paisajista de profesión, entiende la montaña como una forma de vida y afronta ahora el desafío de ascender el Everest sin oxígeno

Julio Cruz

Hay trayectorias que no se explican bien desde el palmarés, ni desde las cifras, ni siquiera desde las cimas alcanzadas. Hay deportistas cuya historia solo cobra sentido cuando se escucha con tiempo, sin prisa, y cuando se acepta que el verdadero centro no está en el resultado, sino en la forma.

La de Armando Placeres Suárez, conocido por Mandy, pertenece a esa categoría cada vez más rara de vidas que no se han construido para ser contadas, pero que merecen serlo precisamente por eso.

Nacido en Gran Canaria en 1972 y residente desde hace años en Fuerteventura —en el municipio de Antigua, aunque pronto trasladará su residencia a la isla redonda—, Mandy no encaja en el molde clásico del alpinista mediático ni en el del aventurero profesional. No vive de la montaña, no ha construido una marca personal alrededor de sus expediciones y nunca ha sentido la necesidad de convertir cada paso en un logro público.

Su relación con el alpinismo es anterior a cualquier etiqueta y posterior a cualquier reconocimiento. Es una relación íntima, casi privada, que nace de una llamada temprana de la naturaleza y se mantiene, décadas después, por una convicción profunda: “La montaña no se conquista. No es una lucha contra ella, sino más bien una conversación”.

Imagen viral del alpinista grancanario tras culminar su subida al Golden Peak en Pakistán

Un amor iniciado en las medianías de Gran Canaria

Su historia comienza lejos de los grandes macizos y de las palabras solemnes. Empieza en montañas modestas, en caminatas con amigos por los alrededores de San Mateo, en La Lechucilla, en fines de semana que no tenían nada de épica y sí mucho de juego.

Mientras otros niños soñaban con llegar rápido al fin de semana para escapar del colegio, él lo hacía para perderse en el monte. “Yo deseaba que llegara el viernes para irme a la montaña”, recuerda. A los once años subió al Teide. No como una hazaña, sino como quien sigue una intuición natural, sin saber todavía a dónde lo llevará.

Aquella conexión inicial no se diluyó cuando llegó la edad adulta ni cuando su vida tomó otros rumbos. Al contrario. Mandy salió pronto de Canarias y vivió en ciudades como Londres o Praga. Estudió, trabajó, viajó. Se formó en botánica y paisajismo —lleva décadas gestionando la empresa que creó, Fuertebotánica—, disciplinas que no compitieron con su amor por la montaña, sino que lo reforzaron.

“Mi vocación siempre fue la botánica. La montaña era y es mi forma de vida, pero no mi medio de vida”, explica. Entender el territorio desde la observación y el conocimiento acabó influyendo también en su manera de caminar en altura.

Centroeuropa: salto de nivel

Fue en Austria donde su relación con el alpinismo dio un salto cualitativo. Allí entró en contacto con montañeros veteranos que se convirtieron en sus maestros. Con ellos aprendió técnica, lectura del terreno, gestión del riesgo y algo que considera esencial: respeto.

El grancanario lo resume con convicción: “Para ser buen alpinista no hace falta subir ochomiles. Hace falta estar en contacto con la naturaleza”. La frase condensa una manera de entender el deporte que huye del escaparate.

Mandy no concibe el alpinismo como una carrera hacia la cima, sino como un diálogo constante entre el cuerpo, la mente y el entorno. “No voy buscando cimas. El desafío es conmigo mismo”, repite casi como un mantra. En la montaña, explica, la adrenalina puede engañar, y por eso escuchar al cuerpo y al entorno es tan importante como dominar una cuerda fija o saber leer una cornisa.

Mandy Placeres, en una de sus expediciones.

Los picos más relevantes

Esa forma de entender las cosas no le ha impedido construir una trayectoria amplia, forjada a lo largo de los años y en distintos continentes. Ha ascendido montañas en los Pirineos, los Alpes, Alaska, África o América; ha estado en el campo base del Everest y ha hecho cima en el Lobuche.

Son hitos conocidos, pero en su relato aparecen casi como estaciones naturales de un camino largo, no como trofeos.

Entre esos episodios destaca uno que lo situó en el mapa del alpinismo español: la primera ascensión española al Spantik, también conocido como Golden Peak, una montaña de 7.027 metros en la cordillera del Karakórum, en Pakistán.

Aquella expedición fue cualquier cosa menos lineal. Ventanas meteorológicas muy ajustadas, compañeros con problemas físicos, decisiones difíciles y la necesidad real de plantearse el abandono. “La subida fue espectacular; la bajada fue un infierno”, resume sin dramatismo.

Cambios bruscos de temperatura, nieve blanda y un desgaste físico y mental extremo convirtieron el regreso en una prueba de resistencia. “Tuvimos un percance en la nieve y quizá sea la única vez que he pensado en la posibilidad real de no salir de allí”, rememora con una calma que sobrecoge.

Mandy ha convivido con el riesgo y con la certeza de que la montaña no siempre concede margen de error. En su discurso no hay épica ni romanticismo del peligro. “Los logros no son importantes. Lo importante es la experiencia que vas acumulando”, insiste.

Las personas por delante de todo

Esa ética se extiende también a su relación con los lugares y las personas que encuentra en el camino. En varias expediciones, especialmente en Pakistán y en el Himalaya, ha realizado labores humanitarias de manera discreta.

En Pakistán se alejó de la zona donde estaba alojado y se encontró con asentamientos precarios, chabolas levantadas con plásticos, enfermedades y hambre. “No podía quedarme en un estado contemplativo”, explica. Vendió su equipo para comprar alimentos y medicamentos.

Vivió situaciones de tensión extrema: fue encañonado y presenció escenas durísimas, como los cuerpos inertes de algunos niños. “Eso te cambia para siempre”, afirma.

No lo cuenta desde la épica ni desde el victimismo, sino como una consecuencia lógica de estar allí. “Cuando hablas de hambre, no sabes lo que es hasta que lo ves”. Desde entonces, en cada viaje intenta cargar un pequeño bolso extra con comida o medicinas. Para él, ayudar no es heroísmo, es coherencia.

Placeres, hablando con niños en Pakistán.

Balance entre acceso, regulación y respeto

Desde su experiencia observa con preocupación algunos derroteros del alpinismo actual, especialmente en el Himalaya: masificación, ascensiones sin preparación y banalización del riesgo. “La técnica no es opcional”, advierte.

En Canarias, la situación es distinta. La falta de alta montaña obliga a salir fuera para formarse. “Hay talento, pero falta estructura”. Reclama mayor apoyo institucional y una regulación equilibrada que proteja los espacios sensibles.

En ese contexto se enmarca su participación en el European Outdoor Film Tour, considerado el festival de cine de deportes de montaña más importante de Europa, que ha recalado en Canarias con Mandy como uno de sus protagonistas.

El punto más alto de la Tierra, un paso más

El presente de Armando Placeres Suárez mira ahora hacia un reto de primer nivel: el intento de ascenso al Everest sin oxígeno suplementario, previsto para este mes de abril. Un desafío mayúsculo que lo situaría entre un grupo muy reducido de alpinistas.

Mandy lo explica sin grandilocuencia: “Es un reto importante, sí, pero no deja de ser un paso más en el camino”.

A sus más de cincuenta años sigue definiéndose como un aficionado, no por falsa modestia, sino porque su vida no gira únicamente en torno al alpinismo. Tiene un trabajo, una hija y una forma de estar en el mundo sin compartimentos estancos.

Tengo una vida, y la montaña forma parte de ella, no al revés”, dice antes de asegurar que sus expediciones no terminan en la cima, sino cuando regresa a casa y vuelve a abrazar a su hija.

Escucharlo es entender que hay otras maneras de medir el éxito. Que no todo se reduce a la cima, a la foto o al titular. Que, muchas veces, lo verdaderamente importante ocurre en el camino. Mandy no necesita conquistar nada para sentirse completo. Le basta con seguir caminando en la naturaleza.