En Lamin, una localidad de Gambia situada a pocos minutos de Banjul, nadie habla de grandes planes estratégicos ni de titulares rimbombantes. Allí lo que cuenta es algo mucho más simple: arrimar el hombro. Arrimarlo para que un niño tenga uniforme, para que pueda pagar sus libros, para que el colegio disponga de un comedor digno o para que haya un balón con el que jugar después de clase. Arrimarlo desde Canarias, con viajes, con donaciones, con camisetas en la maleta y con 60 euros que, en muchos casos, deciden si un curso escolar puede empezar o no.
Ese gesto repetido durante más de una década es el que sostiene el trabajo de ASEDA, la Asociación para la Escolaridad y el Deporte en África, una ONG creada en torno a 2012 que centra su actividad en el entorno del Babylon School -también conocido como Northern School- en Lamin. No nació como una gran organización. Nació como una reacción personal ante una realidad concreta.
“Mi cuñado, Javier Blanco, es el que montó la asociación”, explica Juan Antonio Sancho Sandoval, maestro de formación y uno de los miembros más activos de la entidad, presidida ahora por Manuel Marrero del Castillo. “Tenía una agencia de viajes, fue por turismo… acompañando a un grupo. Se quedó enamorado de aquello”. En uno de esos viajes organizados a Gambia, el contacto con la vida cotidiana del entorno del colegio fue suficiente para que la experiencia dejara de ser turística y se convirtiera en compromiso.
La solidaridad de cuatro amigos
Los primeros pasos fueron directos y sencillos. “Simplemente él y cuatro amigos poniendo el dinero”, resume Sancho. No había estructura formal ni estatutos, solo la decisión de ayudar. Con el tiempo, aquella iniciativa fue tomando cuerpo hasta constituirse oficialmente como ONG, con junta directiva y organización estable. Pero el espíritu no cambió: actuar en un lugar concreto, sin dispersarse, y mantener la continuidad. “Nosotros trabajamos allí. No en toda África. En Lamin”, subraya.
El Babylon School ya existía cuando ASEDA empezó a colaborar. Parte de sus instalaciones habían sido impulsadas por otros apoyos internacionales, pero las necesidades eran evidentes. La intervención canaria no consistió en levantar un complejo desde cero, sino en ampliar y mejorar lo que ya había. “No grandes cosas, como hicieron los holandeses allí presentes. Con lo que se ha podido”, matiza Sancho, consciente de las dimensiones reales del proyecto.
Instalaciones y material escolar
Con donaciones y aportaciones se construyeron un comedor y una cocina, se mejoraron baños y se levantaron aulas para los más pequeños. “Se hicieron tres unidades de infantil, más otras dos aulas. Una será aula de informática y otra para actividades de madres”. Las instalaciones de infantil se encuentran a unos diez minutos andando del colegio principal, dentro del mismo entorno de Lamin. El crecimiento ha sido progresivo, vinculado siempre a la capacidad económica disponible.
El centro ronda actualmente los 2.000 alumnos según las cifras que manejan desde la asociación, lo que da una idea del impacto potencial de cualquier mejora estructural. Pero más allá de edificios, el elemento clave está en algo aparentemente modesto: el material escolar.
El sistema de padrinos es uno de los pilares del proyecto. Cada aportación anual de 60 euros cubre libros, material y uniforme de un menor. “Más o menos es así: o tienes para pagar 60 euros… o no puedes estudiar”, explica Sancho sin dramatismos, pero con claridad. No se trata de un complemento, sino de una condición básica de acceso.

Fondos en aumento pero siempre insuficientes
Los padrinos suelen ser personas físicas: voluntarios que han viajado y mantienen el vínculo, familiares o socios que conocen el proyecto. “Mi hija, mi hijo, mi mujer…”, enumera como ejemplo. A esa base social se suman subvenciones públicas. El Cabildo de Gran Canaria aporta en torno a 20.000 euros anuales para cooperación vinculada a educación y deporte, y en los últimos años se han incorporado proyectos específicos que han incrementado la capacidad económica.
“Este año hemos movido ciento y pico mil euros”, señala Sancho al referirse al volumen global alcanzado con nuevas iniciativas, especialmente en el ámbito sanitario. Esa diversificación no estaba en el origen, pero la realidad sobre el terreno la fue imponiendo.
Compromiso educativo
El nombre de la asociación ya lo deja claro: escolaridad y deporte. El deporte no es un añadido estético, forma parte del proyecto desde su concepción. Y en ese punto, la trayectoria personal de Juan Antonio Sancho resulta significativa. Maestro de formación, especialista en Educación Física y Educación Especial, y orientador durante más de 25 años en Canarias, su vínculo con el deporte es natural. “Me gusta la educación y me gusta el deporte”, afirma con sencillez.
Cada vez que viaja a Gambia, su equipaje incluye algo más que ropa. “Pelotas de tenis, raquetas, balones de voleibol, balones de baloncesto, camisetas… todo lo que cae en mis manos”. Parte del material procede de colaboraciones con clubes y centros educativos canarios. “El Metropole ha aportado 200, 300 o 400 camisetas”. Otras veces el impulso es estrictamente personal. “A veces llevo diez pares de zapatos… a título personal”.
No hay grandes infraestructuras deportivas ni planes de alto rendimiento. Lo que hay son recursos básicos para que los niños puedan jugar, organizar partidos y hacer actividad física en el entorno escolar. “Lo llevo principalmente para el colegio”, puntualiza. En contextos con carencias materiales evidentes, un balón puede convertirse en una herramienta educativa tan relevante como un libro.
Atención sanitaria básica pero necesaria
La realidad de Lamin también llevó a ampliar la mirada hacia la salud. En el entorno del colegio funciona un pequeño dispensario con una enfermera contratada. “Pequeñas cosas: accidentes, golpes…”, describe Sancho. La atención es básica, pero necesaria. Cuando la situación lo requiere, los alumnos son derivados a hospitales cercanos.
En los últimos años se han impulsado proyectos sanitarios más amplios, incluyendo iniciativas relacionadas con la orientación a mujeres embarazadas. “Ahora se ha diversificado nuestra actuación”, explica. “Hay proyectos médicos… el Gobierno autónomo ha concedido una partida”. Esa ampliación ha supuesto también un salto organizativo: tras años de funcionamiento puramente voluntario, ASEDA ha incorporado a una persona para llevar la contabilidad y la tramitación administrativa. “Es la primera vez que se contrata a alguien”, reconoce.
Vocación
Aun así, el núcleo sigue siendo el compromiso personal. Sancho tiene previsto regresar a Gambia en breve acompañado por universitarios. Más que un viaje simbólico, lo define como una tarea concreta: “Voy un poco en plan supervisión de lo que tenemos allí”. La asociación cuenta con un coordinador local en el propio Babylon School, porque, como él mismo explica, “tú no puedes montar una ONG sin tener contacto allí”.
La historia profesional de Sancho ayuda a entender esa implicación. Tras años como maestro y especialista, se convirtió en orientador en el sistema educativo canario. “España necesitaba esa figura”, recuerda al hablar de la etapa posterior a la LOGSE. Muchos de esos años los pasó en Las Remudas, trabajando en atención a la diversidad y acompañando a alumnado y familias.
Esa vocación educativa es la que ahora traslada al proyecto en Gambia y también a Canarias, donde ASEDA realiza acciones de sensibilización en centros educativos. “Esa es una de las misiones que yo tengo: dar a conocer el proyecto”. Arrimar el hombro no solo es enviar dinero o material, también es explicar, concienciar y conectar realidades.
Javier Blanco, el ideólogo y fundador, ya no ocupa formalmente la presidencia, aunque sigue implicado. “Sigue colaborando y continuamente estamos en comunicación”, afirma Sancho. La estructura se renueva, pero el vínculo permanece.
ASEDA no pretende transformar todo un país ni presentarse como solución global. Su escala es concreta y localizada. Lamin. Un colegio. Un comedor. Tres aulas de infantil. Balones en la maleta. Padrinos que aportan 60 euros. Una enfermera para los golpes y los pequeños accidentes.
En ese cruce entre educación y deporte, la ONG canaria mantiene una convicción sencilla y práctica: estudiar abre puertas y jugar construye comunidad. Y para que eso ocurra, a veces basta con algo tan poco épico y tan decisivo como arrimar el hombro.
Cualquier persona que quiera ayudar puede hacerlo poniéndose en contacto con ASEDA a través de asedagambia.com, del teléfono +34 655924747 o haciendo una donación mediante Bizum al 04569 o en la cuenta ES06 2100 1669 4102 0031 3712.