Iván Marrero en el Mexico City Open 2026, uno de los mejores Challenger del mundo, el pasado mes de abril./ CEDIDA
Iván Marrero en el Mexico City Open 2026, uno de los mejores Challenger del mundo, el pasado mes de abril./ CEDIDA

Iván Marrero y el oficio de jugar al tenis

El grancanario compite en el circuito profesional desde la autogestión, el esfuerzo económico y la constancia diaria: torneos, viajes y cuentas ajustadas lejos de los focos

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Julio Cruz

El tenis profesional suele contarse desde arriba. Desde las pistas centrales, los grandes torneos y las cifras que acompañan a los jugadores que han conseguido consolidarse en la élite. Sin embargo, esa es solo una parte del sistema. Debajo existe una estructura mucho más amplia, menos visible y considerablemente más exigente en muchos aspectos, donde compiten cientos de jugadores que intentan abrirse paso en condiciones muy diferentes. Es en ese espacio donde se entiende de verdad este deporte y es ahí donde se sitúa la trayectoria de Iván Marrero, un jugador que ha construido su carrera desde la base, sin atajos, en un contexto donde el talento no basta y donde la economía condiciona cada decisión.

Marrero creció en Vecindario, en el sur de Gran Canaria, lejos de los centros tradicionales de alto rendimiento y sin un entorno especialmente vinculado al tenis profesional. Su historia, en ese sentido, no responde al patrón habitual de los jugadores que alcanzan el circuito, ya que su inicio en este deporte se produce relativamente tarde. “Yo siempre digo que empecé a jugar a los 14 años”, explica, una edad en la que muchos de sus competidores ya acumulaban años de entrenamiento y competición. Su punto de partida era, además, muy básico. “Cuando empecé con 14 yo no sabía cómo coger la raqueta”, recuerda, lo que da una idea bastante precisa de la distancia que tenía que recorrer para poder competir en igualdad de condiciones.

A partir de ese momento, su evolución no fue tanto una cuestión de talento precoz como de insistencia. Cuatro horas diarias de entrenamiento, cinco días a la semana, combinadas con sus estudios y con desplazamientos constantes entre el sur y la capital de la isla. “Fue una época muy sacrificada, pero la viví con mucha ilusión”, señala, describiendo un proceso en el que el componente vocacional era clave, pero donde el desgaste físico y mental formaban parte del día a día. Esa etapa, que en otros casos suele estar respaldada por estructuras más sólidas, en su caso se desarrolló en un entorno mucho más inestable.

Iván Marrero en el Mexico City Open 2026./ CEDIDA
Iván Marrero en el Mexico City Open 2026./ CEDIDA

Inestabilidad

La falta de una estructura clara se tradujo, entre otras cosas, en continuos cambios de entrenador. “De los 14 a los 23 tuve siete entrenadores”, explica, una circunstancia que refleja tanto la búsqueda de un modelo de trabajo adecuado como las limitaciones económicas para sostener un proyecto a largo plazo. Esa inestabilidad técnica se veía agravada por una falta de confianza externa que, en muchos casos, condiciona el recorrido de los jugadores. “Mis entrenadores me decían que estaba loco, que no iba a conseguir nada”, recuerda. No lo plantea como una queja, sino como parte de un contexto en el que avanzar dependía, en gran medida, de su capacidad para mantenerse firme en su decisión de seguir.

En ese proceso, Marrero reconoce que no todo fue una cuestión de determinación individual. “Sería muy hipócrita decir que yo confié tanto en mí que no hice caso a la opinión ajena”, admite, subrayando la importancia que tuvo el apoyo familiar pero también de un profesional que le ayudó a desarrollar herramientas psicológicas para sostener su carrera. Ese matiz es relevante porque sitúa su trayectoria en un plano más realista, alejado de los relatos simplificados, y permite entender que el desarrollo de un jugador en este nivel implica mucho más que la parte técnica.

Exigencia económica

Más allá de lo deportivo, la variable que termina condicionando de forma más clara su recorrido es la económica. El tenis es un deporte que exige una inversión elevada desde edades tempranas y que, en la mayoría de los casos, no garantiza retorno a corto plazo. Marrero lo vivió desde el inicio. “Mis padres pidieron un crédito”, explica, una decisión que ilustra hasta qué punto el acceso al circuito depende de la capacidad de financiación. Ese dinero permitía cubrir una parte del proceso, pero no aseguraba la continuidad. “Para los números que se manejan en el tenis, ese crédito no daba para mucho tiempo”, añade, dejando claro que el margen era limitado.

Esa realidad obliga a tomar decisiones constantes. Elegir torneos en función del coste, ajustar desplazamientos, reducir gastos al máximo y, en muchos casos, renunciar a oportunidades por motivos puramente económicos. A pesar de ello, Marrero consiguió avanzar hasta dar un salto importante en su carrera al trasladarse a Sevilla con 17 años para terminar entrenando allí con la Federación Española de Tenis. Allí, en un entorno más estructurado, logró resultados que confirmaban su progresión, como el campeonato de España universitario. Sin embargo, ni siquiera en ese contexto la estabilidad estaba garantizada.

A los 23 años, su trayectoria se interrumpe. “Por un cúmulo de situaciones personales y familiares, decidí dejarlo”, explica. No se trató de un parón estratégico, sino de una ruptura. “Pensaba que no iba a volver”, reconoce, en un momento en el que el tenis dejaba de ser una opción viable. Durante ese tiempo, se centró en terminar su carrera de Economía y en mantener una relación más puntual con el deporte, dando clases y compitiendo de forma esporádica.

El regreso se produce de manera inesperada, a partir de una oportunidad profesional como técnico en Baréin que le permite volver a situarse cerca del circuito. Allí, sin una preparación específica y prácticamente fuera de ritmo competitivo, juega un torneo Challenger gracias a una invitación. Ese partido, más allá del resultado, cambia su percepción. “Me lo pasé bien. Vi que podía competir, que podía poner en aprietos a un jugador de buen nivel sin estar entrenando”, explica, señalando el momento en el que decide retomar su carrera. “Ahí sentí que no podía terminar así”, dice rotundo.

Autogestión y reducción de costes

Desde entonces, su relación con el tenis ha cambiado. Ya no se trata solo de competir, sino de sostener una actividad profesional en un entorno que exige una gestión constante de recursos. En esta etapa, trabaja bajo la dirección de su actual entrenador, Mioko Puye, con quien busca dar estabilidad a su desarrollo deportivo dentro de un circuito que apenas concede margen. Marrero no cuenta con una estructura amplia ni con un respaldo económico que le permita delegar aspectos logísticos. El propio Iván es, en gran medida, su propio equipo. Se encuerda las raquetas para reducir costes, lava su ropa durante los torneos para evitar gastos adicionales y planifica cada desplazamiento con precisión para minimizar el impacto económico. Son detalles que, desde fuera, pueden parecer secundarios, pero que en este nivel marcan la diferencia entre poder competir o no.

Esa autogestión define el perfil del jugador que se mueve en el circuito ITF y Challenger, donde los ingresos dependen casi exclusivamente de los resultados y donde un mal torneo puede significar una pérdida económica. En ese contexto, el tenis se convierte en una actividad que exige tanto rendimiento deportivo como capacidad de gestión. Marrero, a sus 27 años, lo resume desde su situación actual. “Estoy sobre el 300 del mundo en dobles y no estoy contento. Siento que puedo estar en el top 100”, afirma, dejando claro que su objetivo pasa por dar un salto que no solo tiene implicaciones deportivas, sino también económicas.

En individual, 495 del planeta, su perspectiva es similar. “Puedo estar a un par de meses o un año de jugar un Grand Slam si hago bien las cosas”, explica, aunque reconoce que el aspecto mental sigue siendo determinante: “Falta que me lo crea un poco más”. En dobles, el desafío añade una variable adicional, pues es necesario encontrar una pareja estable con la que compartir proyecto. “Es como una relación”, señala, haciendo referencia a la complejidad de construir una dinámica que funcione dentro y fuera de la pista.

Ganancias

Según los datos oficiales que hace públicos la ATP (Association of Tennis Professionals) -la organización que regula el tenis profesional masculino a nivel mundial- en lo que va de temporada, Marrero ha ingresado 9.612 dólares en premios (3.862 en dobles y 5.750 en individual), una cifra que, lejos de reflejar estabilidad, evidencia la fragilidad económica de quienes compiten en el circuito sin red. En toda su carrera, dentro del circuito ha alcanzado 71.876 dólares. El verano es también una cuestión de supervivencia: torneos fuera del circuito donde el objetivo no es solo competir, sino ingresar lo suficiente para poder seguir jugando durante el curso.

La trayectoria de Marrero se inscribe, además, en un contexto específico como es el del tenis canario. En la actualidad, el único jugador con presencia consolidada en el circuito ATP es David Vega Hernández, especialista en dobles que alcanzó el puesto 28 del ranking mundial y que ha conseguido títulos en el circuito. Su caso representa una excepción dentro de un panorama en el que la mayoría de los jugadores se mueven en niveles inferiores del circuito. Antes que él, el tenis canario también encontró una referencia de máximo nivel en David Marrero, que llegó a ser número 5 del mundo en dobles y conquistó las ATP Finals, firmando una de las trayectorias más destacadas del tenis español en esta disciplina.

Tenistas canarias relevantes

Históricamente, Canarias ha producido jugadores de alto nivel, especialmente en el ámbito femenino. Carla Suárez Navarro llegó a situarse en el número 6 del mundo y mantuvo una presencia continuada en la élite durante años, mientras que Magüi Serna alcanzó el puesto 19 y Marta Marrero el 47 antes de orientar su carrera hacia el pádel profesional. Estos ejemplos demuestran que el talento existe, pero también evidencian que el salto y la permanencia en la élite dependen de una combinación de factores en la que la estructura y los recursos juegan un papel determinante.

Aun así, Marrero introduce un matiz que rompe con ciertos tópicos sobre el aislamiento competitivo. “No creo que sea más difícil llegar a la ATP por ser de Canarias”, explica, relativizando el condicionante geográfico y poniendo el foco en otros aspectos más determinantes como la estructura, la planificación y los recursos disponibles a lo largo del proceso.

“Escuela de vida”

En este contexto, la figura de Iván Marrero no se entiende como una excepción, sino como una representación bastante fiel de la base del sistema. Un jugador que compite cada semana, que ajusta su economía para poder seguir en el circuito y que mantiene una ambición clara a pesar de las dificultades. “El tenis ha sido una escuela de vida”, resume, una afirmación que, en su caso, no responde a un lugar común, sino a una experiencia concreta.

Su historia no está marcada por grandes títulos ni por apariciones en escenarios principales, sino por la capacidad de sostener un proyecto en condiciones complejas. En un deporte donde la atención suele centrarse en los que llegan, Marrero forma parte de los que siguen. Y en ese recorrido, menos visible pero igual de exigente, se encuentra una de las claves para entender cómo funciona realmente el tenis profesional.