Vinny Samways se torció el tobillo cuando el partido apenas había empezado. Era febrero de 2002, jugaban la UD Las Palmas y el Real Valladolid en el Estadio Insular y el inglés, uno de aquellos futbolistas que parecían considerar una ofensa abandonar un campo antes de tiempo, se fue dolorido hacia la banda. Lo atendieron. Probó el pie. No estaba bien.
Recuerdo especialmente lo que hizo después. Samways volvió al campo y comenzó a golpear contra el suelo el pie que acababa de torcerse. Pisaba fuerte, una y otra vez, como si pudiera colocar el tobillo en su sitio a base de carácter. Como si el dolor, igual que las tardes de fútbol en las calles de Cheshunt, fuese un asunto menor. Como si bastara con insistir. No bastó.
A los 13 minutos, Fernando Vázquez tuvo que sustituirlo. Entró Carmelo. El Valladolid se adelantó después del descanso por medio de Fernando Sales y Orlando Suárez puso el 1-1 definitivo. De aquel partido han pasado casi 25 años y recuerdo mucho mejor a Samways golpeándose el pie junto a la banda que cualquiera de los dos goles. Quizá porque aquella escena explicaba perfectamente quién era Vinny.
El inglés
Samways tenía una relación particular con el esfuerzo. Era duro, competitivo, orgulloso. Un futbolista que había llegado desde la Premier League y terminó encontrando en Gran Canaria algo parecido a su lugar en el mundo. Podía jugar mejor o peor, pero resultaba difícil imaginarlo escondiéndose.
Por eso aquella tarde hizo lo que hizo. Le dolía el tobillo y su primera respuesta fue exigirle todavía más al tobillo.
No fue aquella lesión la que mandó a la UD a Segunda División. Samways regresó posteriormente al equipo y siguió jugando durante una temporada que terminaría de la peor manera posible. Las Palmas llegó a aquel encuentro contra el Valladolid con margen para pensar que podía salvarse y terminó cayendo después de un final de campeonato desastroso. Su última victoria llegó ante el Villarreal, todavía en marzo. Después no volvió a ganar.
Aquella UD descendió porque acumuló demasiados errores, demasiados puntos perdidos y demasiadas oportunidades desperdiciadas. Sería absurdo cargar sobre un tobillo el peso de un descenso. Pero llevo varios días acordándome de aquella escena.
Insistir
La UD Las Palmas vuelve a enfrentarse al Valladolid y esta vez las dudas son otras. El equipo de Rubén de la Barrera ha empezado a encontrarse con dificultades y alrededor de su propuesta comienza a aparecer una pregunta inevitable. No es si debe renunciar a ella. Es si debe tocarla.
De la Barrera ha construido su carrera alrededor de una manera muy determinada de entender el fútbol. Quiere un equipo protagonista, reconocible, capaz de mandar con la pelota y de interpretar los partidos desde una estructura trabajada. Esa convicción explica en buena medida por qué está sentado en el banquillo de la UD. Sería extraño pedirle ahora que dejara de ser él.

Pero una idea futbolística no es una religión. Los entrenadores también están para detectar cuándo algo que funciona sobre una pizarra necesita una corrección cuando llega al césped. Cambiar una pieza, proteger una zona, modificar una altura o aceptar durante determinados minutos que el partido pide algo diferente no significa traicionar una idea. A veces significa protegerla.
El límite
Esa es probablemente una de las fronteras más difíciles de reconocer en el fútbol: la que separa la convicción de la obstinación.
Cuando las cosas funcionan, insistir se llama personalidad. Cuando empiezan a fallar, resulta mucho más complicado determinar cuánto tiempo debe mantenerse una apuesta antes de introducir cambios. Y tampoco existe una respuesta universal. Un entrenador que modifica todo después de cada derrota acaba sin tener nada. Otro que nunca modifica nada corre un riesgo diferente. La UD necesita encontrar ese punto.
No creo que el problema actual se resuelva tirando por la borda el trabajo realizado desde el verano. Tampoco parece razonable interpretar cualquier duda como una impugnación completa del proyecto. Pero este equipo empieza a necesitar respuestas. Algunas posiciones ofrecen dudas, determinadas situaciones de los partidos se repiten y los rivales también estudian. Lo que funcionaba ayer no tiene por qué funcionar mañana exactamente de la misma manera. Ahí está el trabajo del entrenador.
Valladolid
Veinticuatro años después vuelve el Valladolid y yo vuelvo, inevitablemente, a aquella banda del Estadio Insular. Veo a Samways dolorido. Lo veo levantarse. Lo veo probar el tobillo y golpear el pie contra el suelo. Una vez. Otra. Otra más. Probablemente estaba convencido de que conseguiría regresar al campo porque durante buena parte de su carrera había solucionado casi todo de aquella manera: apretando los dientes y siguiendo adelante. Aquella vez el cuerpo le dijo que no.
No existe ningún paralelismo entre una lesión de tobillo ocurrida en 2002 y el fútbol de la UD de 2026. Ni falta que hace. El fútbol está lleno de imágenes antiguas que, con los años, terminan explicando cosas distintas de aquellas para las que nacieron. La de Samways me sirve esta semana.
Porque perseverar es una virtud. Tener una idea también. Defenderla cuando aparecen las primeras dificultades seguramente sea imprescindible para construir algo que dure. Pero conviene recordar dónde está el límite. A veces, para poder seguir caminando, hay que dejar de golpear el tobillo.
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