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La UD sabe dónde está, pero aún no sabe quién es. / QUIQUE CURBELO-EFE

La UD sabe dónde está, pero aún no sabe quién es

Los diez puntos de las cinco primeras jornadas acreditan la solvencia del equipo de Rubén de la Barrera, pero ante un Burgos marcado por una historia de desapariciones y renacimientos surge una pregunta que en Gran Canaria nunca ha sido menor: qué quiere

La clasificación sirve para saber dónde está un equipo, pero rara vez explica quién es. Después de cinco jornadas, la UD Las Palmas ocupa la quinta posición de Segunda División con diez puntos de quince posibles. Ha ganado tres partidos, empatado uno y perdido otro. Siete goles a favor y seis en contra. Los números dibujan el comienzo solvente de un aspirante al ascenso. Hasta ahí, pocas objeciones.

El problema es que en Las Palmas los números nunca han sido suficientes para explicar el fútbol.

La parroquia amarilla pertenece a esa clase de aficiones que no solo pregunta cuánto quedó el partido, sino cómo se llegó hasta ese resultado. Es una herencia, quizá también una condena, de aquellos tiempos en los que la Unión Deportiva construyó buena parte de su prestigio alrededor de una manera de entender el juego. Por aquí han pasado entrenadores que ganaban y no convencían, futbolistas eficaces que nunca terminaron de enamorar y equipos cuya posición en la tabla decía bastante menos de ellos que la pelota.

¿Rock and roll?

Rubén de la Barrera conocía esa exigencia cuando llegó. Es más: contribuyó a elevarla. Su desembarco estuvo acompañado de una promesa de fútbol reconocible, valiente, atrevido. Rock and roll. Cinco jornadas después, la música todavía está buscando su sonido.

No debería interpretarse como un reproche. Construir un equipo requiere tiempo y la Segunda División acostumbra a castigar a quienes confunden la impaciencia con la ambición. La UD ha ganado al Albacete, en Ceuta y el pasado sábado en Cádiz; empató frente al CD Leganés y perdió ante el Girona FC. Diez puntos constituyen un argumento bastante más sólido que cualquier sensación. Pero también es cierto que todavía cuesta reconocer durante noventa minutos esa personalidad que debería distinguir a este equipo cuando la clasificación deje de servir como explicación.

Loiodice protege el balón ante un jugador del Albacete. / @UDLP_Oficial

Frustración de Loiodice

Esta semana Enzo Loiodice puso palabras a esa contradicción. Admitió que resulta "un poco frustrante" ganar y escuchar pitos, aunque también reconoció el derecho de la afición a exigir más. Tiene razón el futbolista y probablemente también quienes pitan. Una victoria no debería convertirse en motivo de descontento, pero tampoco obliga a renunciar al espíritu crítico. El propio francés, que acaba de renovar hasta 2028, dijo algo bastante más importante en la misma comparecencia: después de seis años en Gran Canaria ha "aprendido a querer a un club". La frase contiene más fútbol del que parece.

Porque de eso va precisamente esta historia.

Este domingo llega al Estadio de Gran Canaria el Burgos CF. Y pocas ciudades españolas pueden explicar mejor que Burgos hasta qué punto la identidad de un club puede convertirse en un asunto complicado.

Desapariciones y refundaciones

El Burgos que llegó a jugar seis temporadas en Primera División desapareció en 1983, devorado por las deudas. Su filial, el Atlético Burgalés, tomó entonces otro camino y terminó convirtiéndose en el Real Burgos. Empezó desde Tercera, escaló categorías y alcanzó Primera División en 1990. Durante unos años, el fútbol burgalés se reconoció en otro nombre y en otro escudo. El viejo Burgos CF había muerto, pero la ciudad seguía necesitando un equipo en el que mirarse.

La historia todavía guardaba otro giro. En agosto de 1985 nació un nuevo Burgos Club de Fútbol, con los mismos colores y el mismo escudo del desaparecido. No era jurídicamente aquel club. Años después, una sentencia de la Audiencia Provincial dejó establecido que la entidad disuelta en 1983 y la constituida en 1985 eran sociedades diferentes. El actual Burgos CF es heredero sentimental de aquella historia, pero no su continuación jurídica.

Burgos CF, Real Burgos y nuevamente Burgos CF. Tres caminos para responder durante décadas a una pregunta aparentemente sencilla: quién representa futbolísticamente a una ciudad. En Gran Canaria deberíamos comprenderlo mejor que nadie.

Ruinas y engendros

La UD Las Palmas también ha mirado alguna vez hacia el precipicio. En 1992 necesitó cubrir 600 millones de pesetas, con ayuda del Cabildo, para culminar su transformación en Sociedad Anónima Deportiva (SAD) y evitar la desaparición. Más de una década después volvió a encontrarse al borde del abismo. Tras el descenso de 2004, la intervención judicial y el proceso concursal, la posibilidad de que la Unión Deportiva desapareciera dejó durante algún tiempo de pertenecer al terreno de las exageraciones.

Por eso la identidad ocupa un lugar especial en la historia amarilla. La UD nació en 1949 precisamente para unir al fútbol de Gran Canaria y acabó convirtiéndose en algo que resulta difícil explicar únicamente mediante balances, resultados o categorías. Hubo momentos en los que perderla, para dejar paso a algún engendro que ocupara su lugar, habría significado bastante más que perder un equipo de fútbol.

Quizá por eso también se le exige tanto. No basta con que la camiseta sea amarilla. La gente quiere reconocerse en quienes la llevan.

Identidad sin proclamar

Y en esa búsqueda aparece una de las historias más interesantes de estas primeras semanas. Iñaki González comenzó la temporada lejos de los focos y se ha ido haciendo un sitio en el centro del campo hasta recibir públicamente los elogios de De la Barrera. El entrenador destacó después del triunfo en Cádiz su deseo, su capacidad física y, sobre todo, la comprensión que está incorporando a su juego.

Mientras el entrenador todavía busca la combinación definitiva para la medular entre Kirian Rodríguez, Sergio Ruiz y Loiodice, el joven centrocampista ha empezado a ofrecer algo especialmente valioso en una categoría llena de incertidumbres: seguridad.

Tal vez las identidades también se construyan así. Sin necesidad de proclamarlas.

Enrique Clemente durante un momento de un partido de la UD Las Palmas y el Burgos CF. / UD LAS PALMAS

Algo reconocible 

El fútbol moderno tiene cierta obsesión por explicar lo que pretende ser antes de conseguir serlo. Se anuncian modelos, estilos, proyectos y filosofías. Después rueda la pelota y pone cada palabra a prueba. El rock and roll tampoco consiste en subir el volumen. Necesita ritmo, personalidad y, sobre todo, que uno reconozca la canción después de escuchar apenas unos compases. La UD de De la Barrera todavía está componiendo la suya.

No es un problema después de cinco jornadas. Sería absurdo exigir en septiembre una obra terminada a un equipo nuevo, con entrenador nuevo y numerosos cambios. Más aún cuando ha conseguido diez de los quince puntos disputados. Lo verdaderamente importante será descubrir si detrás de esos resultados empieza a aparecer algo reconocible que pueda sostener al equipo cuando lleguen las derrotas. Porque llegarán. Segunda División siempre acaba encontrando la manera de recordárselo a todos.

Desafío para De la Barrera

El Burgos CF aterriza este domingo en Gran Canaria con ocho puntos y una historia que demuestra que un club puede desaparecer, cambiar de nombre, regresar con otro escudo y pasar décadas intentando reconstruir el hilo que lo une con su pasado.

La UD Las Palmas tiene resuelta esa cuestión fuera del campo. Sabe quién es, de dónde viene y qué representa para su gente.

A Rubén de la Barrera le queda una tarea bastante más sencilla y, al mismo tiempo, endiabladamente difícil: conseguir que también sepamos quién es la UD cuando empieza a rodar la pelota.

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