Con 21 años, Jorge San Gil Hernández había conseguido levantar en La Palma un proyecto ganadero. A pesar de no tener tradición directa en su familia, se formó y buscó la manera de poder tener sus cabras y producir queso fresco ahumado. El sueño de una vida a la que ha tenido que decir adiós por culpa de la burocracia.
Tras años intentando abrirse paso entre normativas, permisos, consultas técnicas y solicitudes de ayudas, el joven ha tenido que vender sus animales y parar la actividad. Una historia que se repite en el campo canario. “Relevo generacional hay, lo que faltan son oportunidades”, denuncia el ganadero.
El comienzo de todo
Desde pequeño fue acercándose al mundo del campo con un pequeño huerto junto a su padre en un terreno de la familia hasta que en 2021 compró sus primeras tres cabras. A partir de ahí, todas sus ganas y esfuerzos se concentraron en un posible futuro proyecto ganadero.
San Gil cuidaba de sus animales mientras estudiaba Bachillerato y, después, un ciclo de ganadería y asistencia en sanidad animal en Pamplona. Cuando regresó a La Palma, consiguió 40 chivas más que crió a biberón y trató de profesionalizar su actividad; pero fue entonces cuando empezó el auténtico calvario administrativo.
El muro de la burocracia
Desde 2022 venía consultando con ayuntamientos, Cabildo y técnicos para ver de qué manera podía montar una explotación propia. La respuesta, sin embargo, fue siempre parecida: requisitos difíciles de cumplir, limitaciones de suelo y trámites que se eternizan, por lo que tres años después seguía sin licencia para construir su granja.
“Tengo un terreno que era de mi abuela de unos 17.000 metros cuadrados — casi dos hectáreas, lo que equivale a cerca de dos campos de fútbol —, pero me piden como mínimo 30.000 para tener 14 cabras. No es viable porque con eso no se puede vivir”, cuenta.
Una granja alquilada
Esta situación le llevó a alquilar una granja antigua, que es donde durante un año ha podido elaborar su queso junto a sus cabras. No obstante, tampoco era una solución estable. Las instalaciones no estaban en buenas condiciones y, además, no podía hacer mejoras porque el contrato no se lo permitía e invertir tanto dinero en una infraestructura ajena no tenía sentido.
La situación terminó por hacerse insostenible ante todo el desgaste diario de tratar de sacar adelante una explotación sin las condiciones adecuadas. La única alternativa que le plantearon desde la administración era esperar al menos dos años más para empezar a mover papeles de cara a una futura licencia.
El problema de las subvenciones
Se vio obligado, entonces, a vender sus animales, parar la actividad y tener que devolver las subvenciones que no podía justificar al no cumplir con el plan empresarial presentado. Y es que las ayudas públicas no supusieron una solución a toda esta situación.
El joven solicitó la subvención de incorporación en febrero de 2025, pero no se resolvió hasta noviembre y solo cobró una parte de la primera anualidad en enero, casi un año después. Para entonces, buena parte del esfuerzo económico inicial ya lo había asumido por su cuenta.
“Cuando hace falta dinero es al principio, no al final. Tienes que sobrevivir sin ellas…Hay hasta gente con deudas por lo mucho que tardan en llegar las subvenciones”, apunta.
"Relevo hay"
Su caso no es, además, una excepción. San Gil conoce más jóvenes en La Palma y en Tenerife que están teniendo problemas burocráticos para sacar adelante sus explotaciones agrícolas y ganaderas al no conseguir las licencias necesarias.
“Relevo hay, eso que quede claro, pero faltan oportunidades”, sentencia el joven, apuntando que no basta con animarles a emprender o recordar la importancia del sector primario si luego el proceso para levantar una pequeña explotación ganadera se convierte en una carrera de fondo entre normativas, informes y retrasos. En su opinión, la única vía factible ahora mismo es tener la suerte de heredar una explotación.
El cuello de botella administrativo
Theo Hernando, secretario general de Asaga, considera que la burocracia no solo está frenando el relevo generacional, sino directamente la inversión y el emprendimiento en el sector agrario y ganadero.
A su juicio, el principal cuello de botella está en la administración más cercana, los ayuntamientos, donde muchas veces faltan medios técnicos y la disparidad de criterios entre municipios bloquean licencias, reformas y nuevas explotaciones durante meses o incluso años.
Sin directrices actualizadas
Hernando sostiene, además, que muchas de las normativas actuales no están adaptadas a la realidad de Canarias. De ahí que desde Asaga se reclame que se actualicen y publiquen cuanto antes las Directrices de Ordenación del Suelo Agrario (DOSA).
Un aspecto que podría contribuir también a evitar “la lucha” que supone intentar incorporarse al campo en cuanto a gestiones, ya que, según Hernando, no existe una ventanilla única y los jóvenes se ven obligados a ir “de despacho en despacho, de oficina en oficina, de registro en registro”, afrontando además el coste de proyectos técnicos, informes y documentación antes siquiera de saber si podrán desarrollar la actividad.
La historia de muchos jóvenes
En cuanto a las subvenciones, aunque el secretario general de Asaga reconoce que algunas ayudas ganaderas se han agilizado en los últimos tiempos, insiste en que el avance sigue siendo insuficiente para responder a la urgencia del problema.
De hecho, sostiene que casos como el de Jorge San Gil son solo la parte visible de una realidad mucho más extensa: jóvenes con vocación que acaban desistiendo antes de cumplir siquiera un año en el sector.
No querer rendirse
A pesar de este parón, San Gil no se rinde con la idea de continuar con su sueño. “Cuando me empeño en una cosa, lucho hasta que la consigo. Soy pejiguera que da gusto”, bromea, aún sabiendo todos los obstáculos que le quedan por delante ahora que busca un terreno donde poder construir su granja, una inversión que puede ascender a medio millón de euros con toda la equipación necesaria.
