El mundo vuelve a mirar al mar. No por romanticismo ni por nostalgia de las viejas rutas imperiales, sino porque los estrechos marítimos han regresado al centro de la política internacional. Lo que durante décadas pareció una infraestructura invisible de la globalización —un sistema casi automático de barcos, contenedores y petróleo circulando entre continentes— empieza a revelar su fragilidad.
Los expertos ya hablan de un “retorno a la geografía”. El concepto aparece en análisis recientes del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) y resume un cambio profundo: los pasos marítimos internacionales han dejado de ser simples corredores comerciales para convertirse en herramientas de presión política, económica y militar.
Geografía y poder
El caso más evidente es el del estrecho de Malaca, entre Malasia, Singapur e Indonesia, por donde circula alrededor del 22% del comercio marítimo mundial. También el de Ormuz, en el golfo Pérsico; Bab el-Mandeb, entre el mar Rojo y el Índico; o el estrecho de Taiwán, convertido en uno de los principales puntos de tensión entre China y Estados Unidos.
La advertencia ya no procede únicamente de estrategas militares. El propio Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) alertó a finales de 2025 sobre el aumento de amenazas sobre los grandes “cuellos de botella” del comercio global. Los ataques hutíes en el mar Rojo demostraron hasta qué punto incluso actores no estatales pueden alterar el funcionamiento de la economía internacional.
Rutas vulnerables
El efecto fue inmediato: numerosas navieras comenzaron a evitar el Canal de Suez y desviaron sus rutas alrededor del Cabo de Buena Esperanza. El trayecto es más largo, más caro y más lento. Y cada día extra en el mar repercute en seguros, combustible, logística, cadenas de suministro y precios finales.
Ahí es donde Canarias empieza a aparecer en el mapa. Otra vez.
Porque en ese nuevo tablero mundial, las Islas dejan de ser únicamente una periferia ultraperiférica de Europa para recuperar algo parecido a su viejo papel atlántico: un enclave de escala, suministro y estabilidad en medio de rutas cada vez más tensionadas.
Canarias estratégica
Los puertos de Puerto de Las Palmas y Puerto de Santa Cruz de Tenerife ya percibieron parte de ese fenómeno durante la crisis del mar Rojo. El aumento de barcos desviados hacia el Atlántico incrementó operaciones de repostaje, reparaciones, avituallamiento y asistencia logística. El archipiélago volvió a funcionar como una estación intermedia entre continentes.
Y eso puede ir a más.
El problema para Canarias es que esta oportunidad nace precisamente de un escenario global más inestable. El mismo fenómeno que puede aumentar la actividad portuaria también amenaza con elevar costes en un territorio extremadamente dependiente del exterior.
Costes insulares
La economía canaria importa buena parte de lo que consume: alimentos, tecnología, maquinaria, combustible, productos industriales o componentes logísticos. Un aumento del precio del transporte marítimo acaba repercutiendo en prácticamente toda la cadena económica del Archipiélago.
El modelo global de justo a tiempo, basado en inventarios mínimos y cadenas de suministro ultraconectadas, multiplica además la vulnerabilidad. Basta una interrupción parcial en un gran estrecho para generar retrasos, tensiones de precios y problemas de abastecimiento a miles de kilómetros de distancia.
Canarias conoce bien esa dependencia estructural. Su condición insular convierte el transporte marítimo en una cuestión económica, pero también estratégica.
Nueva tensión
Y el contexto internacional no apunta precisamente hacia una relajación.
China incrementa su presión sobre Taiwán. Irán mantiene la tensión en torno a Ormuz. El mar Rojo sigue siendo una zona de alta volatilidad. Mientras tanto, los expertos advierten de que ya no hace falta una gran flota militar para alterar una ruta marítima internacional: drones, misiles, ataques asimétricos o pequeñas embarcaciones rápidas pueden provocar efectos globales.
El debate, por tanto, trasciende la seguridad marítima clásica. Lo que está en juego es el funcionamiento de la economía mundial.
Atlántico medio
En ese contexto, Canarias adquiere un valor adicional para Europa: estabilidad geográfica en el Atlántico medio, proximidad a África occidental y capacidad logística en un momento en el que las rutas tradicionales empiezan a percibirse como vulnerables.
El archipiélago se convierte así en una especie de bisagra entre continentes. No porque el comercio mundial vaya a trasladarse al Atlántico de manera automática, sino porque la diversificación de rutas y escalas gana importancia en un mundo más incierto.
Paradójicamente, cuanto más frágil parece la globalización, más relevante vuelve a ser Canarias.
Viejo océano
El viejo mapa marítimo del planeta está cambiando. Y en ese nuevo tablero, las Islas vuelven a ocupar una posición que durante años pareció secundaria: la de territorio situado exactamente en medio de las grandes rutas del poder.
