Antes de que existieran centros ciudadanos, programas públicos o asociaciones formalizadas, los barrios de La Laguna ya funcionaban gracias a una red invisible: mujeres que organizaban, cuidaban, enseñaban y mantenían viva la comunidad sin esperar reconocimiento.
El libro Mujeres que inspiran. La Laguna, editado por el Ayuntamiento lagunero, recupera la memoria de catorce vecinas cuyos testimonios dibujan la historia social del municipio desde abajo, mostrando cómo la identidad de pueblos y barrios se construyó a partir del compromiso cotidiano y del trabajo comunitario silencioso.
Las entrevistas reflejan una realidad común: desde zonas costeras hasta núcleos rurales, estas mujeres sostuvieron la vida vecinal como agricultoras, organizadoras de fiestas, trabajadoras, cuidadoras o activistas sociales, desempeñando tareas muchas veces invisibles pero esenciales para el desarrollo colectivo.
La historia cotidiana de La Laguna
El proyecto plantea la memoria como una herramienta de reconocimiento social, recuperando historias que muestran cómo la igualdad y la vida comunitaria se construyen desde lo local, a través de relaciones diarias y del esfuerzo colectivo en barrios y pueblos.
Las entrevistas configuran así un relato compartido de La Laguna popular: una ciudad levantada también desde cocinas, plazas, asociaciones y fiestas, donde el liderazgo vecinal femenino sostuvo durante décadas la convivencia y la identidad social del municipio.
Mujeres que hicieron barrio
Cada protagonista representa un territorio distinto y una forma concreta de participación comunitaria.
Milagros Melián Alonso (Mila), en La Punta del Hidalgo, participó activamente en asociaciones vecinales y en la organización de fiestas populares, colaboró en la creación del centro ciudadano y trabajó por mantener tradiciones como el Tajaraste del Niño y las celebraciones locales. "La Punta entera era nuestro patio. Con eso éramos felices".
En San Diego, Carmen Teresa Expósito González (Tere) impulsó la actividad vecinal a través de colectivos ciudadanos y de mayores y participó en la movilización que permitió reabrir la ermita del barrio, recuperando un espacio central para la comunidad. "Siempre he trabajado por mi barrio y por su gente".
Desde Tejina, Clara Delfina González Díaz (Fina, "la de La Castellana") fue una de las impulsoras de la Asociación de Amas de Casa del pueblo, promovió talleres y acciones solidarias y participó en la creación del Centro de Educación de Adultos, que permitió a vecinos aprender a leer y escribir. "Fue una lucha colectiva".
Rosalía Quintero Fariña, vinculada a Guamasa, trabajó desde niña en el cuidado doméstico y más tarde participó en la vida festiva y comunitaria del barrio, colaborando en tradiciones y celebraciones populares pese a no haber tenido acceso a la escuela. "No sé leer ni escribir".
En Valle Guerra, Concepción Mendoza González (Concha) enseñó a leer y escribir a niños del pueblo en su propia casa cuando no existían recursos educativos suficientes, organizó apoyo escolar vecinal y preservó la memoria local mediante escritos y recopilación de historias. "Siempre he sido muy inquieta. Tengo ganas de hacer cosas".
Ernestina Ramos Bacallado (Tina) superó la pérdida total de su hogar formando una nueva vida profesional como peluquera, abrió su propio negocio en La Laguna y colaboró activamente en la recuperación de tradiciones de Geneto, donando fotografías y objetos históricos al barrio. "Un pueblo sin tradiciones es un pueblo sin memoria".
La educación y la cultura también destacan en la trayectoria de Francisca Moreno Fuentes (Paquita), que completó estudios de bachillerato en una época poco habitual para mujeres y mantuvo una intensa actividad intelectual y social ligada a la vida cultural lagunera. "La Laguna dejó de ser una ciudad para convertirse en mi casa".
En Bajamar, María de la Cruz Cáceres Martín (Cuchi) participó en la organización de fiestas del Gran Poder, en alfombras del Corpus y en actividades vecinales y culturales que consolidaron la identidad comunitaria del núcleo costero. "Bajamar es nuestro mundo. Este lugar forma parte de mí".
En San Matías, María del Carmen Bello Machado (Mary) formó parte de la creación de asociaciones vecinales que reclamaron servicios básicos y promovieron actividades culturales y sociales en un barrio levantado por sus propios vecinos. "Aquí todo se consiguió luchando entre vecinos”.
María García Fuentes (Mary) impulsó actividades infantiles y espacios de convivencia en El Cardonal, contribuyendo a la integración social de un barrio en expansión mediante iniciativas comunitarias dirigidas a la infancia y las familias. “Lo importante era que los niños tuvieran un lugar donde crecer juntos".
María Mercedes Rojas Martín vive "al ladito de la iglesia" en Las Mercedes, y colaboró en iniciativas sociales y vecinales orientadas a fortalecer la participación comunitaria y el apoyo mutuo entre residentes. "Siempre he intentado ayudar en lo que hiciera falta".
Aunque original de Santa Cruz, Miguelina Palacios Díaz (Meli) participó en actividades colectivas y acciones comunitarias en el que es su barrio desde 1965, Finca España, que reforzaron la cohesión social del entorno vecinal y la organización ciudadana. "El barrio se levanta entre todos".
Sotera Ramos Ramos, vinculada a Las Carboneras y al entorno rural de Anaga, contribuyó a mantener vivas las tradiciones agrícolas y festivas transmitidas entre generaciones dentro de la comunidad rural. "Lo que aprendimos de nuestros mayores no se puede perder".
Ana Delia Ruiz González trabajó desde muy joven y más tarde participó en la consolidación social del barrio de El Rocío, defendiendo siempre el valor de la educación tras haber podido completar sus estudios primarios en un contexto de gran precariedad. "La educación abría puertas, incluso en tiempos difíciles".
