Una de las obras más famosas de César Manrique se encuentra a casi 500 metros sobre el Atlántico y ofrece una de las vistas más reconocibles de Canarias. Sin embargo, antes de convertirse en mirador turístico, este punto privilegiado del norte de Lanzarote tenía una función completamente diferente: era un enclave militar estratégico.
El actual Mirador del Río, situado en lo alto del Risco de Famara y frente a La Graciosa, ocupa un terreno que perteneció al Ministerio de Defensa, según recoge la propia Fundación César Manrique.
Allí existió una antigua posición de artillería conocida como Baterías del Río, levantada por su privilegiada capacidad para controlar visualmente el estrecho que separa Lanzarote de La Graciosa.
Décadas después, Manrique convirtió aquel espacio defensivo en algo prácticamente opuesto: un edificio destinado a contemplar el paisaje y diseñado para que, visto desde fuera, casi desapareciera dentro de la propia montaña.
Una batería militar
La elección militar del enclave no fue casual.
El Risco de Famara alcanza en este punto aproximadamente 479 metros sobre el nivel del mar, proporcionando una panorámica excepcional sobre El Río, La Graciosa y el Archipiélago Chinijo.
Precisamente esa visibilidad llevó a utilizar el lugar con fines defensivos.
La documentación divulgativa del Gobierno de Canarias señala que la antigua posición de artillería estaba destinada a proteger la zona durante el conflicto entre España y Estados Unidos por la soberanía de Cuba a finales del siglo XIX.
El enclave quedó así ligado durante décadas al ámbito militar.
La Fundación César Manrique confirma que el terreno pertenecía todavía al Ministerio de Defensa antes de desarrollarse el proyecto que terminaría convirtiéndolo en uno de los grandes Centros de Arte, Cultura y Turismo de Lanzarote.
Llega César Manrique
El cambio comenzó dentro del proyecto impulsado por el Cabildo de Lanzarote desde principios de los años sesenta para aprovechar determinados enclaves naturales de la isla y crear una oferta turística diferente.
El objetivo no era simplemente construir equipamientos en lugares privilegiados, sino hacerlo intentando preservar y realzar el propio paisaje.
El Mirador del Río se convirtió en uno de los ejemplos más claros de esa filosofía.
La obra comenzó en 1971 y fue inaugurada en 1973, con César Manrique como principal creador y la colaboración del arquitecto Eduardo Cáceres y del artista Jesús Soto.
Dentro de la montaña
La solución elegida resulta especialmente llamativa porque Manrique no levantó un gran edificio sobre el risco.
Hizo prácticamente lo contrario.
El Mirador fue excavado directamente en el terreno y, una vez ejecutada la construcción, quedó cubierto con piedra volcánica para integrarlo visualmente en el entorno.
El resultado es una estructura cuyo volumen apenas puede distinguirse desde el exterior.
La propia fachada pétrea sigue las formas de la montaña y recuerda visualmente a los tradicionales bancales agrícolas de Lanzarote, según explica la Fundación César Manrique.
Lo que antiguamente había sido elegido como punto militar precisamente por dominar visualmente todo el territorio terminó convertido en una arquitectura diseñada para no dominar el paisaje.
El efecto sorpresa
La discreción exterior contrasta radicalmente con lo que ocurre una vez dentro.
Tras atravesar el acceso, el visitante llega a una sala principal en la que dos enormes ventanales abovedados se abren de golpe hacia el horizonte.
Los Centros de Arte, Cultura y Turismo los describen como dos grandes ojos orientados hacia El Río y La Graciosa.
Desde allí puede contemplarse también Montaña Clara, Alegranza y otros islotes del Archipiélago Chinijo.
La distribución interior fue pensada para aumentar precisamente ese efecto sorpresa: el visitante atraviesa primero un recorrido relativamente cerrado hasta que el paisaje aparece de manera abrupta al alcanzar la sala principal.
Aire y agua
Manrique incorporó también diferentes elementos artísticos al conjunto.
En la entrada se encuentra una escultura que combina las figuras de un ave y un pez, símbolos del aire y el agua, los dos elementos que dominan visualmente este punto del norte de Lanzarote.
En el interior aparecen esculturas, referencias a la cerámica aborigen y una escalera helicoidal que comunica diferentes niveles.
El recorrido termina en una terraza superior desde la que el visitante puede observar el paisaje sin los grandes ventanales como intermediarios.
Casi 500 metros
La ubicación continúa siendo una de las características más extremas del Mirador.
Situado sobre el Risco de Famara, a aproximadamente 479 metros de altitud, el espacio queda completamente expuesto al viento y a los cambios meteorológicos.
Los propios Centros Turísticos recomiendan incluso llevar ropa de abrigo entre octubre y mayo debido a las fuertes rachas de viento y a la reducción de la sensación térmica que puede producirse en lo alto del risco.
Actualmente permanece abierto los 365 días del año, de 10:00 a 17:00 horas, con un precio general de entrada de nueve euros.
Pero su elemento más singular continúa siendo difícil de apreciar desde la carretera.
Donde en el siglo XIX hubo una posición concebida para vigilar el océano, César Manrique creó casi un siglo después una construcción excavada en la tierra, cubierta de roca volcánica y diseñada para hacerse prácticamente invisible frente a uno de los paisajes más espectaculares de Lanzarote.
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