Hay trayectorias políticas que se explican en los despachos, en los pasillos de partido o en la acumulación de cargos. Y hay otras —menos evidentes, más silenciosas— que empiezan en lugares inesperados. La de Oswaldo Betancort (Teguise, 1975) arranca en un palomar.
No es una metáfora. Antes de ser presidente del Cabildo de Lanzarote y La Graciosa, antes incluso de afiliarse a Coalición Canaria, Betancort era —y sigue siendo— un apasionado de la colombofilia. Ese universo, aparentemente ajeno al poder institucional, fue el que le abrió la puerta a la política canaria. Y lo hizo a través de una figura clave en la historia reciente del Archipiélago: Lorenzo Olarte.
Palomas en San Mateo
La escena tiene algo de iniciación. Un joven estudiante de Derecho en la Universidad de Las Palmas de Gran Canariadecide acercarse, casi sin aviso, al domicilio del expresidente, entre Santa Brígida y San Mateo. La excusa era sencilla: hablar de palomas. Lo que encontró fue algo mucho más profundo.
Aquella visita se convirtió en rutina. Cada sábado, Betancort cogía la guagua —la mítica Utinsa— y repetía el trayecto hasta la casa de los Olarte. Allí, entre jaulas, vuelos y conversaciones aparentemente triviales, se fue colando la política. No como teoría abstracta, sino como experiencia vivida. Porque en aquel salón no solo se hablaba de colombofilia: se hablaba del nacimiento de un proyecto.
Nacimiento de Coalición
Olarte no era entonces una figura retirada. Había sido presidente de Canarias, ejercía como consejero de Turismo del Gobierno regional y formaba parte del núcleo que estaba dando forma a Coalición Canaria junto a nombres como Manuel Hermoso, Román Rodríguez o José Carlos Mauricio. Betancort, sin saberlo del todo, estaba asistiendo a una especie de seminario informal sobre poder, territorio e identidad.

Fue, en cierto modo, un aprendizaje orgánico del nacionalismo canario. No desde la consigna, sino desde la conversación. No desde el programa, sino desde la experiencia de quienes lo estaban construyendo. Y esa forma de entender la política —más cercana, más vinculada al territorio— marcaría su trayectoria posterior.
Empresa privada
Sin embargo, el salto no fue inmediato. A diferencia de otros perfiles que encuentran en la política una salida natural tras su formación universitaria, Betancort regresó a Lanzarote y optó por otro camino. El mundo inmobiliario fue su primer escenario profesional. Un espacio que, en una isla tensionada por el crecimiento y el modelo turístico, no es ajeno a las dinámicas de poder y decisión.
Pero hay otra capa menos visible que también ayuda a entender su perfil. El origen familiar. Su padre, Rafael, regentaba una empresa de pinturas. Un negocio modesto, de esfuerzo cotidiano, en el que Oswaldo aprendió pronto lo que significa madrugar y cargar peso —literal y figurado—. No es un detalle menor. En más de una ocasión tuvo que implicarse directamente en la gestión del negocio familiar, especialmente cuando su padre atravesó problemas de salud.

Esa combinación —empresa familiar, trabajo manual, responsabilidad temprana— aparece con frecuencia en su discurso político. Como una forma de legitimación, pero también como una clave de lectura: Betancort no se presenta como un político de laboratorio, sino como alguien que ha vivido —al menos en parte— la economía real.
Afiliación a CC
No fue hasta 2005 cuando dio el paso formal. Su afiliación a Coalición Canaria no se entiende sin la figura de Olarte.Fue él quien le animó a implicarse, a trasladar esa conversación de los sábados al terreno institucional. El objetivo era concreto: mejorar Teguise.
Y lo hizo. En 2011, apenas seis años después de su afiliación, se convirtió en alcalde del municipio. Un ascenso rápido, pero no improvisado. Revalidó el cargo en 2015 y 2019, consolidando un liderazgo local que le serviría de plataforma para el siguiente salto: el Cabildo de Lanzarote, cuya presidencia asumió en 2023.
Alcalde de Teguise
Su etapa como alcalde es clave para entender su perfil político. Teguise no es solo un municipio; es uno de los epicentros turísticos de la isla, con enclaves como Costa Teguise que condensan muchas de las tensiones del modelo económico lanzaroteño. Gobernarlo implica gestionar intereses diversos, desde el turismo hasta el territorio, pasando por la identidad local.

Betancort construyó ahí una imagen de gestor cercano, de presencia constante, de contacto directo con la ciudadanía. Un estilo que bebe, en parte, de aquel aprendizaje inicial: la política como conversación.
Pero hay algo que nunca desapareció del todo: las palomas.
Paloma 787
La colombofilia sigue siendo una de sus grandes pasiones. En ese ámbito llegó a tener cierto reconocimiento, especialmente con una paloma de la categoría conocida como 787, con la que obtuvo buenos resultados. La historia tiene, sin embargo, un giro melancólico: en una ruta entre Tenerife y Lanzarote, el animal desapareció. Para alguien que entiende la colombofilia no solo como afición, sino como vínculo emocional, la pérdida fue significativa.
Ese mundo también le ha permitido tejer relaciones personales fuera del circuito estrictamente político. Su amistad con José Pérez Tabares es uno de esos vínculos que se construyen desde la afición compartida, lejos del foco institucional.
Pionero en el surf
Más allá de la política y las palomas, Betancort es un perfil con múltiples capas. Tiene cuatro hermanos —Janet, Alejandro, Samuel y Rafael— y una hija, Martina. En su juventud practicó baloncesto y fue de los primeros en subirse a una tabla de surf en su entorno. Hoy, el deporte sigue presente, aunque en otra forma: madrugar para salir a correr se ha convertido en una rutina.

Y, como ocurre en muchas biografías que se han ido construyendo desde lo cotidiano, hay también un espacio para lo intangible, para aquello que no siempre se verbaliza pero forma parte del carácter. Una cierta conexión con lo ritual, con lo simbólico, con formas de entender la realidad que van más allá de lo estrictamente racional, como si estuviera protegido por Changó. Un plano discreto, nunca expuesto, pero presente en quienes le conocen de cerca.
Idea de Lanzarote
Como presidente del Cabildo de Lanzarote, Betancort se enfrenta ahora a un escenario distinto. Ya no se trata solo de gestionar un municipio, sino de articular una visión insular. Turismo, sostenibilidad, vivienda, presión demográfica: los retos son estructurales y requieren algo más que proximidad.
Su discurso sigue anclado en el territorio, en la idea de una Lanzarote que debe equilibrar desarrollo y conservación. Una tensión permanente en una isla que ha hecho de su singularidad paisajística uno de sus principales activos.
En ese sentido, su trayectoria ofrece una cierta coherencia. Desde aquel joven que cruzaba la isla de Gran Canaria para hablar de palomas hasta el dirigente que hoy toma decisiones sobre el modelo de una isla entera, hay un hilo conductor: la construcción de una mirada política desde lo cercano.
Nacionalismo histórico
Quizá por eso su figura genera lecturas diversas. Para algunos, representa la continuidad de una forma de hacer política vinculada al nacionalismo histórico. Para otros, encarna una nueva generación que ha sabido adaptarse a los cambios sin romper del todo con el pasado.

Lo que parece indiscutible es que su historia no se entiende sin ese origen casi improbable. Un palomar, una conversación, un mentor. A partir de ahí, todo lo demás —la afiliación, la alcaldía, el Cabildo— se puede leer como consecuencia.
Porque en Canarias, como en tantas otras geografías, la política no siempre empieza donde parece. A veces empieza, simplemente, mirando al cielo.


