Arriesgar la vida por los demás solo puede obedecer a una profunda vocación de servicio. A un compromiso inquebrantable con la protección de la sociedad. A una ética construida sobre el sacrificio personal, el honor y la lealtad.
Porque para quienes visten el uniforme, servir no es un trabajo: es una forma de vivir. Una manera de entender España, el deber y la responsabilidad. Hombres y mujeres que subordinan su bienestar e incluso su propia vida para proteger la de otros, permaneciendo firmes en la primera línea frente al caos, la violencia y el miedo.
Así eran los dos guardias civiles asesinados en acto de servicio durante la persecución de una narcolancha. Patriotas hasta la médula. Hermanos de sangre verde. Servidores públicos que salieron a cumplir con su deber sabiendo que enfrente había delincuentes cada vez más organizados, más violentos y mejor equipados.
Y aun así fueron.
Porque el espíritu benemérito no entiende de comodidad ni de cobardía. Entiende de entrega. De sacrificio. De dar un paso al frente cuando otros miran hacia otro lado.
Mientras tanto, España se ha convertido desde hace demasiado tiempo en un terreno rentable para el delincuente profesional. La multirreincidencia, la debilidad legislativa, la falta de medios y la ausencia de una verdadera planificación estratégica en seguridad han colocado a nuestros policías y guardias civiles en una situación de clara desventaja.
Más solos. Más expuestos. Más olvidados.
Y duele comprobar cómo, frente al drama y la sangre derramada, demasiados responsables políticos continúan instalados en la frivolidad, la indiferencia y el cálculo partidista, incapaces de plantar cara con valentía a quienes han convertido nuestras costas en rutas de impunidad y narcotráfico.
Para mayor escarnio, ni siquiera está reconocida como profesión de riesgo una labor en la que tantos hombres y mujeres se juegan la vida cada día.
Pero hay algo que jamás podrán arrebatarles: el honor.
El honor de haber servido hasta el último instante.
El honor de haber protegido a los demás incluso a costa de su propia vida.
El honor de pertenecer a una de las instituciones más queridas y respetadas de España.
Hoy lloramos a dos guardias civiles.
Dos compañeros.
Dos valientes.
Dos almas verdes que ya descansan en la gloria eterna.
Que Dios los reciba en su santa gloria y conceda consuelo a sus familias, amigos y compañeros.
Porque quienes mueren sirviendo a España nunca mueren del todo. Permanecen para siempre en la memoria y en el corazón de quienes continúan velando por nosotros.
“Instituto, gloria a ti,
por tu honor quiero vivir.
Viva España, viva el Rey,
viva el orden y la Ley,
viva honrada la Guardia Civil.”
