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Opinión

Éramos bastísimas

3 minutos

Aida González Rossi

A veces, cuando estoy muy agobiada, pienso en la adolescencia, y me recuerdo corriendo por la bajada de mi calle y riéndome en el baño asqueroso del merendero de mi pueblo y mirando el atardecer desde una piedra de la montaña, ese gusto raro de que te duela un poco sentarte en una superficie que no está hecha para que te sientes, y vuelvo a sentir los bombazos de todos esos sentimientos nuevos o no tan nuevos pero sí más sólidos que nunca y sí mirarle las manos a una amiga y hacer fuerzas para que su imagen no se me perdiera jamás y sí pasar los dedos por el gotelé de mi cuarto y notarlo, por alguna razón, en la rodilla izquierda y sí reírme hasta que mi visión cambiaba y las pieles de las otras mostraban una historia que yo no podía contarme sola y que me obligaba, por ello, a preguntar hasta que me daba migraña; a veces, cuando estoy muy agobiada, pienso en las cosas que sentí durante la adolescencia: gracias a ellas, descubrí que yo existía. Aún estoy intentando aprender a contarlas. Y eso, ¿por qué?, me hace volver a entender que la vida es hermosa, chispas y cosquillas debajo de la lengua, sentimientos no tan nuevos pero sí sólidos porque los viví en la adolescencia y entonces, por fuerza, tienen que existir.

Pero este razonamiento tiene una grieta: las fotos del Tuenti. Retratos míos con unas trabas de orejas de gato de peluche colgando de los pelos, fideos de ramen saliéndoseme de la boca. Mi fleco teñido de rojo, con los días cada vez más de un rubio como de un campo de matas de hinojo chingadas de sol. El cuello apretadísimo por el collar de Alice Cullen que me compré a los 13: en 2017, Tuenti, el espacio en el que todo eso estaba alojado, permitió que las personas que habíamos tenido una cuenta nos descargáramos el contenido de nuestros perfiles. Yo estaba con una amiga cuando nos bajamos los álbumes de fotos; mordiéndonos las uñas de la emoción, empezamos a estudiar nuestras rayas del ojo tan corridas que parecíamos osos panda. Y nos dio vergüenza. Y nos partimos el culo pero sentimos un horror, un mareo, unas ganas de salir corriendo de ahí y guardarnos la cabeza entre las rodillas y llorar hasta el día siguiente: cuando vivimos todos los recuerdos que nos ayudaban a dormir, esas cosas tan significativas que deseábamos repetirlas una y otra vez hasta no poder más de tanto gusto, éramos bastísimas.

Fingimos, aun sabiendo que la otra sentía justo lo mismo, que ya habíamos superado esa época, que reconocernos así no nos daba ganas de arrojarnos: ser consciente de que fuiste basta en el pasado implica creer que no eres basta en el presente, ¿no? Se supone. ¿Pero qué hacíamos con eso, teníamos que empezar a recordarnos de forma distinta, a entender que no podíamos tomarnos en serio nada de lo que, antes de ese año, habíamos vivido?

Después vi una foto que nos sacamos ese día, la carpeta aún abierta en el ordenador de mi amiga, y dije ay, mis pelos, ay, mi piel, ay, la ropa esa que no sé ni lo que parecía, ¿cómo me atreví? Todas las etapas de mi vida lidiando con haber sido una basta en la etapa anterior. A veces, sin embargo, cuando estoy muy agobiada, sigo pensando en la adolescencia, los vellos de las patas creciéndome como las palabras de alguien a quien no le importa no saber lo que está diciendo, en la universidad, un suéter azul eléctrico que me hacía estar contenta y que después boté a la basura con una rabia horrorosa, y me doy cuenta de que ahí, en acoger el hecho de haber sido bastísima, está contenida una de las cosas en las que más creo.

¿Solo podemos representarnos cuando estamos terminadas? ¿Lo único que debemos enseñar es lo limpio? ¿Es lógico avergonzarnos de cuando sentíamos cosas que aún nos hacen hiperventilar, aceptar ver lo profundo en las caspas que nos llovían del pelo no es, también, prepararnos para hacer cosas ahora? Para tener la osadía de no estar seguras. De coger nuestros procesos y enseñarlos, toma, yo no sé si esto es así pero es lo que pienso ahora. De dudar en público, de no buscar solo lo pulido sino más bien lo verdadero, de afrontar el apuro de que nos miren, venga, háganlo, de darles peso a nuestras ideas sin entrar en las lógicas de la solemnidad y sin creer que, para ser ciertas, tenemos que parecernos a lo que es cierto para las otras: yo sé que ahora mismo soy bastísima. Y también sé que eso me hace ser mejor.

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