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Opinión

La Gomera, parte de la 'Canarias vaciada'

Las islas periféricas dentro de las islas periféricas sufren un doble maltrato, el que sufre Canarias como región ultraperiférica en Europa y el de la propia región, cada vez más centrada en crear super estructuras poblacionales en Tenerife y Gran Canaria

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Unos niños juegan en la plaza de la iglesia de La Asunción, en San Sebastián de La Gomera. / ATLÁNTICO HOY

En estos días el foco de las noticias en nuestras islas está en el apagón que ha sufrido La Gomera, que la ha vuelto a poner en el mapa. Las islas periféricas dentro de las islas periféricas sufren un doble maltrato. El maltrato que sufre Canarias como región ultraperiférica en Europa y a su vez el maltrato de la región, cada vez más centrada en crear super estructuras poblacionales en Tenerife y Gran Canaria que fagocitan todos los recursos de las islas.

Los gobernantes parece que solo se acuerden de estas islas cuando son elecciones porque su representación decide gobiernos y la oposición se fija en ellas cuando pasan tragedias como en La Palma o hechos muy incómodos como ha sucedido en La Gomera en estos días.

El problema de fondo en estas islas es mucho mayor. Uno de ellos es el fenómeno de la despoblación rural. Este ha sido un desafío persistente en muchas regiones del mundo, y las islas periféricas no son una excepción. En el caso de las islas Canarias, La Gomera, El Hierro y La Palma han sido testigos de una preocupante tendencia de pérdida de población en las últimas décadas.

La despoblación en las islas periféricas se ha atribuido a una combinación de factores complejos. Uno de los principales motivos es la falta de oportunidades laborales y el limitado acceso a servicios básicos como la educación y la atención médica. La economía en estas islas suele depender en gran medida del turismo y la agricultura, sectores que suelen ser vulnerables a las crisis económicas.

Además, la juventud de estas comunidades se ha visto tentada a emigrar a las áreas urbanas en busca de una mejor calidad de vida y mayores perspectivas laborales. El éxodo de jóvenes ha resultado en un envejecimiento de la población, lo que a su vez afecta negativamente la dinámica social y económica de estas islas. Es razonable que un joven habitante de una de estas islas se sienta más atraído por una isla capitalina. Al fin y al cabo, tiene un abanico mayor de empleos, estudios y ocio a su alcance.

No es menos cierto que muchos de estos jóvenes acaban frustrados con la competencia que se encuentran en Tenerife o Gran Canaria, con la deshumanización en comparación con el entorno más cercano en el que crecieron, con el precio (y escasez) de la vivienda, etc.

Este es un problema global que en Canarias tiene un componente geográfico diferente al que vemos en otras zonas del planeta, pero es el mismo. Cada vez hay más concentración de población en los grandes núcleos urbanos que genera un aumento de precios, escasez de vivienda y derivan en desafección y desanimo de mucha parte de la población.

Pérdida de identidad y patrimonio

La despoblación no solo impacta en el número de habitantes sino también en la cultura y el patrimonio de estas regiones. La migración de los jóvenes deja atrás tradiciones centenarias, artesanías únicas y un conocimiento arraigado en la tierra y el entorno natural.

La pérdida de identidad cultural es una consecuencia lamentable de este proceso, y conlleva el riesgo de que el acervo cultural de estas comunidades desaparezca irremediablemente.

¿Qué hacemos?

Frente a este desafío, es crucial que se implementen medidas adecuadas para abordar la despoblación de manera integral. En primer lugar, es esencial fomentar la diversificación económica en estas islas, incentivando la creación de empleo en sectores emergentes y sostenibles, como la energía renovable, la tecnología, atraer nómadas digitales que quieran conectar con la naturaleza y el entorno rural, etc.

Además, se debe mejorar la infraestructura y los servicios públicos para hacer que vivir en estas zonas sea más atractivo. La conectividad, la educación de calidad y la atención médica adecuada son fundamentales para atraer y retener población en estas áreas rurales.

Asimismo, es imperativo preservar y promover la riqueza cultural y natural de estas islas. Se deben implementar políticas de apoyo a las tradiciones locales, el arte y la artesanía, así como proteger y conservar los espacios naturales y el patrimonio histórico para que sean apreciados tanto por los residentes como por los visitantes.

Pero probablemente no sirva quedarse ahí porque esas estrategias en mayor o menor medida ya se han adoptado y no están funcionando.

Deberíamos dar un paso más adelante, que los gobiernos tengan que plantearse ofrecer dinero público a jóvenes para que habiten estas zonas, construir un parque de viviendas público amplio, a las que puedan acceder jóvenes estudiantes con estudios recién finalizados y sin oportunidades laborales adecuadas por falta de experiencia, familias con alguna dificultad financiera (relacionada con la ley de segunda oportunidad), etc. Darles a todos ellos posibilidad de trabajar y teletrabajar es la mejor manera de rejuvenecer una población envejecida y de generar un impulso económico que oferte los servicios necesarios que demanden estos nuevos habitantes.

Por lo tanto, esta solución combinaría la acción conjunta de intervencionismo por parte del estado y el capitalismo que se deriva de la oferta y la demanda que genere un desarrollo de estas islas y que a su vez suponga un lugar cada vez más apetecible donde desarrollar un proyecto vital para jóvenes y familias canarias y de fuera.