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Opinión

Ironman Lanzarote 2023

2 minutos

Un triatleta atraviesa un viñedo en los paisajes volcánicos, en la localidad de Masdache, durante el segmento de ciclismo del Ironman de Lanzarote 2023. / ADRIEL PERDOMO-EFE

Como cada año, en el mes de mayo, Lanzarote acogió su prueba deportiva por excelencia. Se cumplen 31 ediciones del mítico triatlón, el Ironman más duro del mundo.

Los días previos, la isla queda envuelta en una impaciente expectación, se respira cierta intranquilidad, el nerviosismo sale a relucir tímidamente y la adrenalina lucha por abrirse paso; y no es para menos, Lanzarote nunca defrauda.

En la turística localidad de Puerto del Carmen estalla el jolgorio, un show mayúsculo, donde una riada de atletas enmascarados y embutidos en llamativas equipaciones deportivas inundan el célebre lugar. Los paisanos conejeros ofrecen su mejor versión y se vuelcan con la excitante fiesta; en contraprestación, los triatletas y turistas sucumben ante tanta hospitalidad y caen rendidos a los pies de la singular isla.

El 20 de mayo, a las 7 horas, Puerto del Carmen no escatimó en sensaciones y emociones. En la playa se agolparon miles de personas expectantes, conmovidas, ejerciendo como testigos directos pasionales de semejante puesta en escena. La natación, en ese mar abierto, azul y transparente, adornó aún más el paradisíaco espectáculo.

Su desgastador segmento ciclista es capaz de ridiculizar la más rigurosa planificación de vatios y te adentra lentamente en una espiral de sufrimientos, turbando la quietud de la cabeza más asentada. Su embrujado y feroz viento consigue mellar al más implacable y resistente competidor. Incluso para los raudos y experimentados ciclistas, la forja de cinco puntas del diablo de Timanfaya aguardaba sigilosa entre extensiones de lava, acechando cualquier amago de flaqueza y trasladándonos a un mundo de ficción y fantasía.

Admirable y abrumadora entrega de los isleños autóctonos, que vitorearon e inundaron de ánimos a todos y cada uno de los participantes. 180 sufridos kilómetros amenizados con aliento, aplausos, mimo y cariño. Impagable.

El panorama desde el Mirador del Río consigue paralizar y sobrecoger a la vista más exigente. La naturaleza se impone, las pupilas se dilatan sin previo aviso y nos sentimos realmente insignificantes; La Graciosa, apodada la octava isla y el resto del archipiélago Chinijo componen un deleite paisajístico insuperable de colores, contrastes y luz.

Por último, pero no menos importante, la maratón, que culmina y sentencia la dureza del Ironman más antiguo de Europa.

Una infinita avenida de playa hasta Arrecife, acompañada de un sol altanero, invencible y justiciero, pone la guinda a un desgaste inhumano y épico.

El recorrido se transforma en una explosión de júbilo, con guateques improvisados y celebraciones en restaurantes con terraza, que alegran y entretienen con música, carracas y hasta castañuelas.

Que quede este texto como un testimonio de gratitud ilimitada, a la organización, competidores, acompañantes, residentes, visitantes e instituciones públicas y privadas, por hacer posible un día tan especial.

Gracias Lanzarote. Isla mágica.