Irse para quedarse

"El sentido común deja claro que a la política activa hay que saber entrar, saber estar y, desde luego, saber irse"

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Héctor Morán. / AH

Se nos dijo que adentrarse en el mundo de la política era una decisión compleja y con muchos riesgos personales. Una ocupación noble —se afirmaba—, aunque muy desagradable y con una dedicación tan abnegada que la hace incompatible con las urgencias de la juventud y las personas de pocos recursos. Nada más lejos de la realidad, al menos en democracia, es una argucia tramposa para alejar a mucha gente de la política y, en especial, hurtar a los jóvenes la posibilidad de influir en el futuro de sus comunidades.

Cuando hablamos de la actividad política con mayúsculas y de políticos vocacionales tenemos el deber de ser muy claros y ocurre que los viejos operadores de la política en Canarias han conseguido que la gente desprecie a los políticos porque —a su entender— trabajan poco, cobran mucho, nadie controla su tiempo y aún menos la rentabilidad. Además, el contrato se revalida cada cuatro años en unas “oposiciones” marcadas, así pues, miel sobre hojuelas para ellos. Y es una verdadera pena porque, como decía Michell Bachelet: “La política sólo tiene sentido cuando cambia la vida de las personas”.

Se dice poco, pero el sentido común deja claro que a la política activa hay que saber entrar, saber estar y, desde luego, saber irse. Sin embargo, la realidad es muy diferente. Esta sociedad y política nuestra tiene interiorizado que de ella nadie quiere irse y, además, que las instituciones están habitadas por una pléyade de yuppies que asientan sus reales en el presupuesto público y que darán las volteretas que haga falta para no apearse de los sillones. Mala cosa.

Connivencia con los lobbies

No es una cuestión sólo de personalismos, las antiguas organizaciones políticas han arrebatado el control real de la decisión a la ciudadanía y quizás en connivencia con los lobbies que pululan por las administraciones y tutelan la llegada y la continuidad a muchos cargos públicos. Esto es importante porque quien tiene que decidir conoce muy bien a quienes les deben el puesto y si alguien duda del prestigio de la “vieja política” que pregunte en la calle a la gente que trampea obstáculos para llegar a fin de mes, a esa inmensa mayoría que no lee los periódicos ni escucha esas emisoras que mecen la publicidad partidaria... que encarguen sondeos y encuestas independientes, verán fielmente lo que piensa la gente.

Quizás Drago Canarias parezca la cenicienta de este cuento porque no contrata publicidad con cargo a la ciudadanía, ni tiene para preguntar al espejo quién es la organización más lista, la más coherente o la de mayor credibilidad del baile electoral. Sin embargo, olvidan que cuenta con el esfuerzo y la ilusión altruista de muchas personas dispuestas a cambiar las cosas, que sacan adelante propuestas, proyectos y actividades capaces de sacudir el inmovilismo señorial de otras organizaciones. Veremos. En un año se abrirá el cortejo y la ciudadanía vestida de príncipe del cuento tal vez perciba que hay otra alternativa reflejada en el espejo de la sala antes de volver a repartir encargos.

Hemos sostenido la necesidad de aire joven, de caras nuevas, de más compromiso y transparencia, de una reflexión profunda sobre la base de un cambio real, de una alternativa confiable, de políticos y organizaciones que no mezclen los intereses públicos con otros más particulares que se acerquen al nepotismo, la corrupción... Reflexiones para avanzar en la democratización del sistema electoral, para abrir nuevos caminos que mejoren los servicios a la ciudadanía, la justa atención a la dependencia, para tomarse en serio la carga poblacional y una ley de residencia, para preservar y mimar el territorio, para flexibilizar los modelos de producción y desarrollo... En definitiva, unas vías que prioricen el interés de este País Canario, al que nosotras al menos si representamos, frente a otros intereses, legítimos, pero absolutamente privados.

La demoscopia

Puede que la derecha y la ultraderecha sean fieles a otras estrategias, porque se lo permita el espectro ideológico o el creciente voto de rebeldía de una sociedad que da muestras de estar harta. En cambio, los progresistas no pueden pretender articular una alternativa cuando se le ven las orejas al lobo o se acercan las elecciones. Sencillamente, no será creíble un programa que se ofrezca con los mismos patrones o cambiando únicamente los grumetes. No puede ser y, si así se hiciese, se verá que cada vez embaucan a menos personas.

La demoscopia nos indica que en Canarias hay un voto progresista desencantado muy numeroso, que vive en la seriedad y el buen criterio de nuestra gente, en los altísimos porcentajes de personas y familias que les cuesta Dios y ayuda llegar a fin de mes, en la precariedad del empleo, en las dificultades para acceder a la vivienda, en la frustración juvenil, en la pobreza severa... Movilizar a esas personas con una alternativa acreditada es el camino. Desde luego, no será fácil y no podrán hacerlo quienes buscan a cualquier precio seguir en las distintas instituciones para seguir haciendo lo mismo con los mismos. Necesitarían engañar de nuevo o un efecto blanqueador.

Desde Drago Canarias, decimos con toda claridad que nadie es imprescindible, que nadie tiene licencia para evitar que crezca la ilusión o el optimismo a su alrededor, que si se marchan o los echan no se cernirá el caos en las instituciones, que a muchos personajes de la “vieja política” les puede la ambición personal, la vanidad o, simplemente, que se han acostumbrado a un nivel de vida del que ya no pueden o quieren bajarse... que no es una quimera, que hay salida para el desánimo y para todos aquellos que se refugian en la resignación o en el silencio.

Reivindicar mejores condiciones

Y dicho esto, nos reafirmarnos en la convicción de que esas prisas por fletar una guagua que refunde la “izquierda canaria” provocaría sonrojo de no tratarse de algo demasiado serio. A saber, esta organización no ha tenido ni los medios ni es responsable de la decepción ciudadana. Las soluciones ultraconservadoras no llegarán por sí solas a los gobiernos, en todo caso, si llegan, será por la incapacidad de convencer de que hay otra salida o porque la gente lo habrá querido así. 

A día de hoy, seguimos en la brega de reivindicar la mejora de las condiciones de vida, de ofrecer oportunidades a la juventud, de exigir más ética en el gasto y la optimización de los recursos, de avanzar en soberanía, en modelos de producción sostenibles, en transparencia, en todo aquello que conlleva cuidar el hábitat, en ofrecer ilusión, programas viables y personas capaces y creíbles... Creemos que es lo que toca, y en eso está y estará Drago Canarias.

Ese sigue siendo nuestro compromiso.