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Jesús de Miguel, el CD Tenerife y la última lección de Ted Lasso. Una aficionada llora la muerte del jugador en el exterior del Heliodoro. / ALBERTO VALDÉS-EFE

Jesús de Miguel, el CD Tenerife y la última lección de Ted Lasso

La tragedia del futbolista que eligió quedarse en Tenerife recuerda la importancia de creer en los demás, acompañar a quienes sufren y evitar que el dolor se convierta en una condena para Jesús Owono

El día que me acerqué a Ted Lasso buscaba una serie ligera que me hablara de fútbol. Sin embargo, encontré más. Mucho más. El balón está en el centro de la trama, pero alrededor orbitan personajes que arrastran sus propias heridas, que se equivocan, que tienen miedo, que necesitan sentirse queridos y que, casi sin darse cuenta, aprenden a cuidar unos de otros. Descubrí que aquella serie, aparentemente ingenua, hablaba de la bondad sin avergonzarse de ella, de la fragilidad que escondemos detrás de nuestras fortalezas y de esa necesidad tan humana de encontrar a alguien que nos sostenga cuando la vida se viene abajo.

En el vestuario del AFC Richmond, el equipo ficticio que entrena Ted Lasso, hay un cartel amarillo colocado sobre la puerta. Una sola palabra escrita en letras azules: Believe. Creer. Al principio parece una de esas consignas motivacionales que los entrenadores utilizan para convencer a sus futbolistas de que pueden ganar un partido. Pero, conforme avanza la serie, comprendemos que su significado es mucho más profundo. No se trata de creer que siempre vas a ganar, ni siquiera de confiar en que todo acabará saliendo bien. Se trata de creer en los demás. De saber que, cuando todo se derrumbe, habrá alguien dispuesto a ayudarte a recoger los pedazos.

He pensado en ese cartel desde que conocimos la muerte de Jesús de Miguel. Porque hay desgracias que no admiten explicaciones y dolores para los que ninguna palabra resulta suficiente.

Viaje pendiente

En enero de 2013, un adolescente de 16 años llamado Jesús de Miguel tenía un trato con sus padres: si aprobaba todas las asignaturas, podría viajar a Tenerife. Doce años después, el club blanquiazul recuperó aquella conversación para anunciar su fichaje. Hay algo hermoso en esa coincidencia, en la manera en que la vida terminó llevando a aquel muchacho hasta la isla que soñaba con conocer.

Jesús de Miguel encontró allí un lugar donde quería estar. Tanto que el pasado verano, cuando apareció la posibilidad de marcharse al Zaragoza, prefirió quedarse y pelear por su sitio. En un fútbol donde los jugadores viven con la maleta medio preparada, eligió permanecer en Tenerife. Hay decisiones que explican mejor a una persona que cualquier entrevista.

Y entonces llegó la tragedia. Un balón disputado, un choque y una muerte imposible de aceptar. No encuentro consuelo en decir que Jesús de Miguel murió haciendo aquello que más le gustaba. Morir a los 30 años no tiene nada de hermoso. Tampoco lo tiene el sufrimiento de una familia que ha perdido a un marido, un padre, un hijo.

El otro Jesús

El fútbol es un deporte de contacto. Lo sabemos desde niños, desde aquellas tardes de rodillas ensangrentadas en campos de tierra hasta los estadios donde cada jugada es examinada por una docena de cámaras. Los futbolistas chocan, se empujan, se caen y vuelven a levantarse. Miles de veces. Lo sucedido con Jesús de Miguel pertenece a esa categoría de acontecimientos terribles que jamás deberían ocurrir, pero que ninguna repetición televisiva podrá deshacer. Y, sin embargo, hay quienes contemplan las imágenes como si estuvieran examinando las pruebas de un asesinato.

Jesús Owono también tiene una vida fuera de aquella jugada. Una familia, amigos, compañeros, ilusiones y una carrera que no debería quedar reducida para siempre a unos segundos espantosos. No sabemos cómo está viviendo lo ocurrido y sería injusto hablar en su nombre. Pero sí podemos decidir cómo nos comportamos nosotros. Podemos negarnos a participar en el linchamiento y buscar culpables, recordar que disputar un balón no equivale a querer hacer daño y comprender que el respeto a Jesús de Miguel no se demuestra castigando a otro futbolista. Bastante dolor ha dejado ya aquella tarde como para que contribuyamos a extenderlo. Es suficiente con una víctima, como ha apuntado Jorge Valdano.

Believe

Vuelvo al cartel amarillo de Ted Lasso. La familia de Jesús de Miguel necesitará creer que no está sola. Sus compañeros, que podrán encontrar fuerzas para regresar a un vestuario donde faltará alguien. El CD Tenerife y su afición, que sabrán acompañarse cuando los homenajes terminen y el fútbol recupere su rutina. Y Jesús Owono también necesitará creer que habrá personas dispuestas a ayudarlo, en lugar de condenarlo por una desgracia que nunca quiso provocar.

Al final de la segunda temporada [ojo, spoiler], Nate Shelley, uno de los ayudantes de Ted Lasso, arranca el cartel de la pared y lo rompe en dos antes de abandonar el club. Pero la historia no termina ahí. En la tercera temporada descubrimos que los jugadores han conservado sus fragmentos y, durante una de las últimas charlas de su entrenador, los reúnen para reconstruir aquella palabra. Ninguno tenía el cartel completo. Entre todos consiguieron recuperarlo.

Me gustaría que recordáramos a Jesús de Miguel por aquel adolescente que soñaba con viajar a Tenerife y por el futbolista que, cuando tuvo la oportunidad de marcharse, eligió quedarse donde era feliz. No por los últimos segundos de su vida. A su familia, a sus compañeros, al CD Tenerife, a su afición y a Jesús Owono les esperan días muy difíciles. Cada uno tendrá que encontrar su manera de convivir con lo sucedido. Quizá ahora, como hicieron los futbolistas del AFC Richmond con el cartel que colgó Ted Lasso, necesiten que los demás aporten la parte que les falta para seguir creyendo. Believe.

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