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Opinión

Mi primer poema

3 minutos

Mi primer poema fue un dibujo de un robot gigante, lo hice sentada en la mesa de la cocina, mi madre revolviendo, mientras, los macarrones, yo arrastrando el lápiz por un folio que tendría que haber usado para las cosas del colegio pero que iba a contener, desde entonces, todas aquellas manchas: un cuerpo de metal largo como una casa y, encaramados encima, un montón de machangos minúsculos. Sin rasgos distinguibles, aunque a mí me pareciera inconcebible que pudieran confundirse. Escribí mi primer poema con las plantas de los pies asquerosas y los pelos engrifados y un vaso de jugo de melocotón delante, sin querer guardarlo luego, los trazos se mezclaban unos con otros y la escena no tenía sentido: era muchas escenas a la vez. No dibujaba para crear un dibujo, sino para jugar mientras lo hacía. Era una historia y yo no la contaba, sino que la hacía nacer: no sé cuánto tiempo pasé así; sí sé que dentro de mí sucedieron entonces muchas cosas que hoy también me pasan.

Ese fue mi primer poema. Un dibujo. Lo boté a la basura, pues para eso había nacido: para entretenerme, para hacerme sentir cosas, para sacarme durante un rato del momento en el que estaba y para meterme, a la vez, de lleno en él, para hacerlo cada vez más grande, yo contemplando su crecimiento, yo trancando (sin moverme) todas las ventanas, puertas, rajas o agujeros de la casa y respirando con mucha fuerza y dejando que las paredes reventaran y haciendo así mi presencia ineludible y, a la vez, algo que se diluía. Poco a poco. Digo que ese fue mi primer poema porque me enseñó una cosa: que escribir un poema es emprender un juego sin sentido, y el resultado final importa precisamente porque el resultado final no importa, porque la búsqueda no busca nada, es un gesto que de repente contemplamos y a través del que contemplamos todos los gestos que hemos construido y repetido, es coleccionar segundos y desplegarlos y enredarlos y escupirles encima y ensuciarlos hasta que sean irreconocibles, es necesitar contar algo y contarlo eligiendo el silencio, es renunciar a la voz y encontrar así una voz de la que no se puede escapar, es falsearlo todo. Para que todo sea real.

Es entretenerse durante dos horas y después quedarse mirando algo que no se parece en nada a lo que creíamos que iba a ser: es disfrutar de esa asimetría, entender, a través de los poemas, que estamos llenas de cosas indecibles y que esas son las que deben ser dichas, precisamente porque el esfuerzo querrá ser infinito. Y no lo podrá ser. Y el resultado, entonces, lo será.

Mi primer poema fue un juego. Mis otros poemas también. A veces me doy cuenta de que estoy sumergida en un sistema que quiere hacerme creer que un poema es lo contrario: un ritual adulto, algo que niega la risa, el despatarrarse en una silla de escritorio, el leerles tus ocurrencias a tus amigas para que sus cuerpos reaccionen al tuyo. Me doy cuenta, a veces, de que, aunque la escritura es para mí una forma de reaccionar al mundo adulto y de engañarlo para que se ponga a jugar a las casitas sin darse cuenta de lo que hace, el mundo adulto termina engañándome a mí: me intenta volver rígida. Quiere convencerme de que la escritura solo va a importar si es algo serio, de que una cosa es jugar a los poemas y otra cosa muy distinta es escribir poesía.

El otro día, alguien me decía: yo no sé escribir un poema. No sé cómo se hace, a qué te puedes agarrar. Me quedé dándole vueltas, porque es cierto que yo también dudo a veces (cuando el mundo adulto, cuando los resultados) de mis propias palabras: creo que la respuesta está ahí. Mis propias palabras. Mis piezas aprendidas y enredadas, trazos que no representan una escena sino todas las escenas a la vez, escribir poemas es un juego y cada juego, aunque sea juego, tendrá sus propias reglas, y un juego no puede jugarse de formas infinitas pero sí puede inventarse de infinitas formas.

Lo llamo “mundo adulto” porque fue el primer nombre que le encontré. Podemos darle, sin embargo, muchos rostros: ¿qué es lo que nos hace pensar que debemos recortarnos? ¿Qué nos lleva a creer que un juego no puede importar, y qué nos lleva a entender que, si un juego importa, nosotras no podemos jugarlo?

Escribir es, para mí, la infancia. Sus normas, sus recorridos y lo que aprendí deella. Pero escribir puede ser cualquier cosa. Juegos infinitos. Una parte más de la vida y, por lo tanto, lo que cada vida decida hacer con ello. Poco más; todo eso.