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Opinión

Nayib Bukele, el político incoloro

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Nayib Bukele, presidente de El Salvador. / EFE

El ser humano persiste y se empecina en tropezar incontables veces con la misma piedra. Rehusamos la historia y, contagiados de borreguismo mediocre, seguimos cayendo en las redes de históricas ideologías, ahora deslucidas, adulteradas y mangoneadas; otras emergen sazonadas con el fanatismo fraudulento de populistas de medio pelo; malabaristas lingüísticos con ansia de protagonismo que entran en escena probando fortuna y codiciados de poder.

El tiempo nos pone a todos en nuestro sitio y con el mismo fervor que brotan, dejan de brillar ahogados por tanta ocurrencia absurda e irracional. La guinda a tanta pantomima institucional supone tener que doblegarnos ante minorías que, incomprensiblemente, odian y maldicen a nuestra patria, todo ello, fruto de la deslealtad y tiranía de algunos dirigentes políticos.

Sustentado en una relación de colaboración, la sociedad cobija y nutre a sus partícipes con ventajas y beneficios comunes, donde la autosuficiencia debiera prevalecer como la máxima imprescindible. No tiene cabida el progreso sin rentabilidad, trabajo, esfuerzo y respeto.

Desigualdad

La caja común es finita; disponer alegremente del capital comunitario, sin contraprestación, pone en grave peligro a la colectividad. Regalar dinero fomenta vagos y promueve vivir del cuento; ni trabajan, ni estudian, ni luchan, ni están ni se les espera, amén de ser indigno y ultrajante con los que sí aportan y cumplen cívicamente con las normas.

Se atiza al trabajador con una saca de impuestos, para llenar, con chacota y deshonra, los bolsillos de perezosos acomodados. Para mayor escarnio, el holgazán presume de su disparatado privilegio con jactancia y vacilación, enturbiando la ética de este mundo confuso y de moral cada vez más desaliñada.

El país debe trabajar también para amparar a los más vulnerables, pero desde la legitimidad y sensatez. Lo que no son cuentas siguen siendo cuentos.

No puedo esconder mi fascinación por Nayib Bukele, presidente de la República de El Salvador. No es precisamente un mandatario que pasa desapercibido, sino más bien es alguien que ha roto todos los moldes; camaleón ideológico que no muestra atisbo de su color, pero rebosa sencillez y sentido común en sus decisiones. Líder político poco acartonado que coge el toro por los cuernos, que ha sido capaz de lavar los pecados que opacaron el sistema y castigar con mano dura a quienes los cometieron.

El hartazgo generalizado de la población unido a su derroche de transparencia, sin medias tintas, mentiras o cambios de opinión, lo catapultan entre la ciudadanía con un nivel de aprobación por encima del 90%. Dato mata relato.

El que fuera el país más violento del mundo por décadas, donde la tasa de homicidios llegó a situarse en 138’17 por cada cien mil habitantes, ha tornado bajo la administración de Bukele a reducidos e inverosímiles índices de criminalidad, en gran parte, debido a su éxito en materia de seguridad, con unos resultados irrefutables e innegables.

Ejemplo

El banco más grande de Estados Unidos, J. P. Morgan & Chase Co., alaba sin tapujos el modelo económico de Bukele; la desinflación, el incremento de la inversión pública y la tendencia bajista del déficit fiscal.

A diferencia de la mayoría de los países, a los malhechores no les compensa delinquir en El Salvador.

Sorprende la crítica que clama velar por los derechos de los pandilleros detenidos, pero poco se acordaron de los asesinados durante más de treinta años. El mundo al revés.

El implacable gobernante declara igualmente la guerra a los corruptos y, asegura, que tendrán que devolver lo robado al pueblo salvadoreño con creces.

La justicia pierde el sentido y la credibilidad cuando no es igual para todos.

El dinero alcanza cuando nadie roba” (Nayib Bukele)

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