Hace tiempo que la discusión y la insolencia vencen al razonamiento y la mesura. No hay tiempo que perder. Quieren opiniones cortas, rápidas, a ser posible polémicas, que ayuden a que se generen otras opiniones igual de veloces e insustanciales, pero con más virulencia y con más irracionalidad pendenciera. Lo que vemos en las pantalas ya no es el reflejo del ser humano: el juego es al revés, son los humanos los que se parecen cada vez más a las pantallas, en un restaurante entre amigos, en una conversación azarosa que escuchas en la playa o en la guagua o en los encuentros familiares, siempre aparece alguien que genera polémica y que ya viene con su manual aprendido, sin escuchar jamás lo que dice la otra persona, eso no interesa, ya sabe lo que puede decir, incluso cuando se apela a la escucha o a la empatía, y además ese polemista busca cómplices y, por supuesto, enemigos que se enfrenten a esos cómplices, y da lo mismo el tema, un día es la corrupción, como otro puede ser el problema de Ceuta, el machismo o la subida de la tarifa del teléfono. Mucha gente se ha convertido en una extensión de las tertulias de las televisiones o de los reels que no deben de pasar de un minuto para incendiar las redes, que viene a ser es lo mismo que soliviantar al que se asome a esas redes. Uno trata a veces de buscar el consenso, pero en la calentura extrema lo más probable es que reciba doble ración de mandobles y de insultos, que en eso sí es verdad que se igualan siempre los extremos.
La opinión se parece cada vez más a esos socavones que encontramos en cualquier obra de las muchas que rompen nuestras calles. La gente solo enseña los tubos, los cables, las roturas, no se espera a terminar el trabajo, a mostras la acera ya asfaltada y a que el personal vea que el agua sale con más fuerza o a que la wifi vay más rápido. Eso es lo mismo que está pasando con el pensamiento, no dan tiempo a que se contextualice, se exponga y se razone y claro, nadie va a convencer a nadie con los hoyos abiertos, como mucho servirán para que se tiren más piedras o hasta para que se ataquen con una pala o un martillo neumático.
El otro día discutían dos buenos amigos. Sé que ambos son inteligentes, y que, desde sus puntos de vista, los dos tendrían razón si se escucharan porque he hablado con los dos por separado sobre distintas temas y doy fe de sus sapiencias, pero se empeñaban en interrumpirse todo el rato, en gritar y nunca fueron capaces de plantear ningún razonamiento coherente. Se perdieron en los gritos y en la pasión cegadora de quienes quieren tener la razón todo el rato. Les dije a los dos que por qué no escribían en cinco o folios sus planteamientos y se los enviaban al día siguiente, y les invité a que se vieran tras esas lecturas sosegadas para hablar de nuevo. Casi me toman por loco. Se han olvidado de que solo leyendo y dejando que nuestra mente razone luego es como podemos entendernos los unos o los otros, pero ya no nos dejan más de cinco minutos para que hablemos en ninguna parte. Lo que se alienta es justamente lo contrario, cada vez menos lecturas y más gritos e interrupciones. Cuando nos queramos dar cuenta nos vamos a encontrar el mundo como un campo de batalla lleno de socavones interminables por todas partes, porque esse es el problema, que cada cual está cavando su propio socavón cada vez más profundo, y desde esas oscuridades ya no se escucha lo que se cuenta desde el otro socavón igual de enterrado. A esos inframundos nunca llega la luz de la inteligencia. Y cuando perdemos ese camino, ya nos ganan los que nos quieren gregarios, pendencieros y toletes, como a aquellos antepasados que lo arreglaban todo dándose bastonazos en la cabeza.
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