El tenor de Triana

Él canta, canta e interpreta, como si estuviera en el Metropolitan de Nueva York o el Covent Garden de Londres

Santiago Gil.

Recuerdo la primera vez que lo escuché hace un par años. El tenor de Triana te sorprendía en mitad de la calle, cualquier día, a cualquier hora, caminando a una reunión importante, flaneando entre la gente o yendo a comprar algo que te hacía falta. El O sole mío detenía tus pasos como los detendría un ángel, si los ángeles bajaran y se dejaran ver por las calles, o como de despabila todo lo que es importante o no esperas que suceda por donde transitas a diario.

En estos tiempos andamos lejos de la vida que tenemos delante. Llevamos auriculares o el estruendo del tráfico no te deja escuchar el canto de los pájaros o el sonido del viento. Cada vez canta menos gente por la calle con su voz o con una guitarra. Ahora, muchos de los que todavía están, se colocan con columnas que hacen retumbar los muros de las casas y desquician a los vecinos o a los empleados de las tiendas. Es la única manera que tienen de hacerse escuchar más allá de nuestros auriculares, pero esos no emocionan, y, muchos casos, lo que haces es caminar más rápido al darte cuenta del cantar desafinado o de que lo que escuchas no es más que un playback como aquellos de la tele de los ochenta, en donde alguien abría la boca cuando no nadie estaba cantando o se ponía a hacer que gritaba cuando solo se escuchaba un piano o una guitarra.

Monedas en los bolsillos

Sí admiro a un guitarrista que se pone cada día en uno de los bancos de Triana, o a otro músico con la mandolina, o a uno que toca el violín de maravilla. Pero luego está el tenor, que ahora ha vuelto, con su Turandot o su Caruso, y que uno no entiende como no está cantando en el Pérez Galdós con las entradas agotadas. Se llama Iván y se da a conocer como Iván de Storm Opera. Todo el mundo se detiene y escucha por lo menos una de sus arias. Él canta, canta e interpreta, como si estuviera en el Metropolitan de Nueva York o el Covent Garden de Londres. Su presencia hace que mire en los bolsillos si llevo monedas antes de salir de casa. Casi no llevamos efectivo encima, y eso es lo que creo que también ha hecho desaparecer a muchos de los que actuaban en la calle. En este caso, quien lo escucha, no duda en acercarse a un cajero y cambiar sobre la marcha algún billete o, si lleva un billete, comprar cualquier cosa para disponer de monedas. 

No sé cuánto tiempo va a estar entre nosotros o si, cuando se publique este artículo, seguirá por la calle Triana, a la altura de Constantino, Arena o Travieso, entonando con su voz lo que Puccini, Donizetti o Verdi escucharon trazando notas en un pentagrama. Yo sí quiero agradecerle su presencia y su talento; también el hecho de que consiga que casi todo el mundo se detenga y que dejemos de dar vueltas como autómatas o como ratones alienados. Te para la belleza, la voz humana que se vuelve milagro cuando alguien estudia y trabaja para que suene como un instrumento improvisado e inolvidable. En la calle Triana de Las Palmas de Gran Canaria. Cualquier mañana. Paren un momento y vuelvan a la senda de lo que realmente es importante. Los pasos que luego siguen a esas interpretaciones se vuelven siempre un poco más humanos y conscientes, todavía con el eco que va dejando Iván cuando da el do de pecho en medio de la gente.

Añadir AtlánticoHoy como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora