Siempre era algo lejano. En el Mundial de 1974 ni siquiera jugamos, el Mundial era para Holanda o Alemania, que tenían a Cruyff o a Beckenbauer. Fuimos al de 1978 y pasamos como los pobres que se quedaban pidiendo en la puerta de los grandes palacios, y así fue también en España 82, zarandeados por selecciones como Austria, Honduras o Irlanda del Norte. Luego llegaron los años de la mala suerte, y vivíamos de la noche de Querétaro de Butragueño, y de un par de momentos que no nos dieron nunca para llegar ni a una semifinal. Así estuvimos hasta el Mundial de 2010 en Suráfrica. Para varias generaciones de españoles, ese Mundial fue la compensación a tanto fracaso, y de alguna manera intuíamos que tendríamos pocas posibilidades de estar ahí otra vez, en una final de un Mundial. Y además lo ganamos, por lo que ya logramos que cicatrizara esa herida abierta del fracaso. Por eso, estos dieciséis años de descalabro mundialista los vivimos de otra manera: ya habíamos estado allí y no era el mismo fracaso con estrella que sin estrella.
En todos esos años siempre estaban en las finales los mismos equipos: Alemania, Italia, Holanda, Argentina, Francia o Brasil. Esos eran los dueños del palacio. Nosotros no pasábamos de las caballerizas y nos quedábamos como Madame Bovary, recordando el momento del frufrú de su vestido de seda sonando en el suelo de un baile de gala al que solo fue una vez, como nosotros hasta esta semana. Ahora regresamos al comedor y al salón de baile de ese palacio futbolístico y. como en 2010, lo hacemos como nos gusta el fútbol, como jugaba la gran Unión Deportiva Las Palmas de Germán y Guedes, al toque, con la querencia del balón y haciéndolo bonito. No solo ganando, sino ganando con belleza, que es como se saborean las grandes gestas de la existencia. Y además regresamos contra Argentina, la selección de Carnevali, Wolff, Brindisi, Kempes, Maradona o Messi, mi segunda selección en todos los Mundiales, tan unida siempre a Canarias y a la propia historia de la Unión Deportiva. No le puedo pedir más al que ha escrito el guion de este verano futbolístico de 2026, un parteaguas, como lo fue el 2010, en el que podemos corretear felices por todo el palacio como si fuera nuestro.
Yo fui de los que se enfadó cuando comprobé que Pedri no era titular, pero ahora reconozco que el que sabe de fútbol es Luis de La Fuente, sabe de la palabra equipo, del trabajo conjunto y solidario, y ha logrado que se borren los nombres de los protagonistas que aparecían en grandes caracteres en todas las películas. En esa selección todos son grandes protagonistas, incluso los que no han jugado un solo minuto. Ese es el secreto del fútbol, la voluntad inquebrantable de un conjunto buscando un mismo objetivo sin ansiar más que el triunfo del grupo y de la filosofía de juego que propone. Es como si jugáramos todos, porque en el fondo estamos jugando todos. Yo vuelvo a ser niño cada vez que veo cómo tocan el balón en cada encuentro. Nos queda la final, pero vivir una final del Campeonato del Mundo, saber que la juegas, te regala esos prolegómenos felices que a veces recuerdas más que las grandes gestas. Ojalá ganemos: esta vez, aunque nos parezca mentira, somos nosotros los que estamos presidiendo la gran celebración de ese palacio que es el Mundial de fútbol. Todas las luces iluminan nuestros rostros, y así vamos por la calle también nosotros, como niños felices con el balón camino de la cancha de la infancia en la que era posible escribir todos los sueños.
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