Hay rincones que no necesitan presentación, pero sí contexto. Lugares que parecen simples plazas hasta que uno descubre que en sus piedras comenzó a escribirse la historia de toda una ciudad. En el casco antiguo de Las Palmas de Gran Canaria, donde cada fachada guarda siglos de memoria, existe un espacio que lo cambió todo.
Entre esculturas enigmáticas y edificios monumentales, este enclave no solo es uno de los más fotografiados de la capital, sino también uno de los más determinantes en su desarrollo urbano y político.
El epicentro original
La Plaza de Santa Ana fue concebida a comienzos del siglo XVI como el núcleo administrativo y religioso de Las Palmas de Gran Canaria. Su creación marcó el crecimiento del barrio de Vegueta y estableció el modelo urbano que después se replicaría en ciudades fundadas al otro lado del Atlántico.
Frente a frente se sitúan la Catedral de Canarias y las Casas Consistoriales, símbolo de la unión histórica entre poder religioso y civil. A su alrededor se levantan el Palacio Episcopal, la Casa Regental (actual sede del Tribunal Superior de Justicia de Canarias) y el Archivo Histórico Provincial, donde vivió el historiador José Viera y Clavijo.
El misterio de los perros
Uno de los grandes atractivos de la plaza es el conjunto escultórico conocido como los Perros de la Plaza de Santa Ana.
Son ocho figuras realizadas en hierro fundido en 1895, pintadas de verde para simular bronce, y orientadas hacia la Catedral. Aunque forman parte de la identidad visual de la ciudad, aún se desconoce con exactitud quién fue su autor y en qué taller fueron creados.
Con el paso del tiempo, estos perros se han convertido en uno de los símbolos más reconocibles de Gran Canaria y en parada obligatoria para quienes visitan la capital.
Un entorno monumental único
La plaza se encuentra junto al edificio más importante de la arquitectura religiosa canaria, la Catedral, y a escasos metros de la Casa de Colón, museo que recuerda el paso de Cristóbal Colón por la ciudad antes de su viaje a América.
Hoy, la Plaza Mayor de Santa Ana sigue siendo escenario de actos culturales, celebraciones religiosas y eventos festivos, manteniendo su papel como corazón social de la ciudad más de cinco siglos después de su construcción.
