El glaucoma es una enfermedad ocular frecuente y potencialmente grave que afecta aproximadamente a casi el 2 % de la población mayor de 40 años, aumentando su incidencia con la edad. Constituye una de las principales causas de ceguera y, sin embargo, en muchos casos podría evitarse mediante un diagnóstico precoz y un tratamiento adecuado.
Se trata de una patología del nervio óptico, encargado de transmitir la información visual desde el ojo hasta el cerebro. Su evolución suele ser crónica, progresiva e irreversible, y se manifiesta por una pérdida gradual del campo visual. Una de sus características más relevantes es que, en la mayoría de los casos, no presenta síntomas en sus fases iniciales, lo que dificulta su detección temprana y explica que un alto porcentaje de personas afectadas desconoce que padece la enfermedad.
Factores de riesgo
En la mayoría de los casos, el glaucoma está asociado a un aumento de la presión intraocular (PIO), generalmente debido a una dificultad en la eliminación del humor acuoso, el líquido que circula dentro del ojo. Aunque se considera normal una presión inferior a 22 mmHg, algunos pacientes requieren niveles más bajos para evitar la progresión del daño. No obstante, también existen otros factores de riesgo que influyen en su aparición, como la predisposición genética o alteraciones vasculares.
Es importante diferenciar entre glaucoma e hipertensión ocular: en esta última, la presión intraocular está elevada, pero aún no se ha producido daño en el nervio óptico. El diagnóstico de glaucoma se establece precisamente cuando ya existe afectación de dicho nervio.
¿Cómo se manifiesta?
Aunque la forma más habitual es la crónica y silenciosa, existen variantes menos frecuentes de aparición aguda, caracterizadas por un incremento rápido de la presión intraocular, dolor intenso y pérdida brusca de visión. Estas pueden estar relacionadas con características anatómicas del ojo (como el glaucoma de ángulo cerrado) o con otras condiciones como inflamaciones o traumatismos.
Para entender la gravedad de esta patología es fundamental conocer qué ocurre dentro del ojo. “El glaucoma es una enfermedad ocular en la cual se daña el nervio óptico. El nervio óptico es la estructura que lleva la información recogida por el ojo hacia las vías visuales para que el cerebro las interprete. El problema es que al ir dañándose el nervio óptico, esta transmisión ya no se realiza bien y puede reducir la visión periférica y en fases finales la visión central”, señala el doctor Patricio Adúriz, oftalmólogo del Hospital Quirónsalud Costa Adeje.
Una enfermedad que avanza sin avisar
Uno de los aspectos más preocupantes del glaucoma es que, en sus fases iniciales, no suele provocar síntomas evidentes. La pérdida visual se produce de forma lenta y progresiva, comenzando generalmente por la visión periférica. Esto hace que el paciente no perciba cambios en su día a día hasta que la enfermedad está más avanzada.
“Hay dos cosas que son la visión periférica, que generalmente cuando empieza el glaucoma es que se pierde primero y en esas fases los pacientes no se dan cuenta. Si ya el campo visual se reduce mucho, la visión central puede llegar a reducirse y entonces ya la gente se da cuenta”, explica el especialista. Esta evolución silenciosa convierte al glaucoma en una patología especialmente peligrosa, ya que cuando aparecen los primeros síntomas evidentes, parte del daño ya es irreversible.
La importancia de las revisiones periódicas
Precisamente por esta razón, la detección precoz se convierte en la mejor herramienta para combatir la enfermedad. Las revisiones oftalmológicas periódicas permiten identificar cambios en la presión intraocular y en el estado del nervio óptico antes de que el paciente note alteraciones en su visión.
“El problema del glaucoma es que lo que se haya perdido es irrecuperable. En general, las personas por encima de 40 años deberían de revisar no solo la presión intraocular, sino una serie de parámetros más en los ojos, pongamos cada dos años”, advierte el doctor Adúriz sobre la importancia de estos controles.
Además, destaca que existen grupos de mayor riesgo que deben ser aún más rigurosos con sus revisiones: “Si estas personas tienen antecedentes familiares de glaucoma o pertenecen a algún grupo de incidencia aumentar de glaucoma, por ejemplo, los miopes altos, los diabéticos, por encima de 60 años los hipermétropes altos, entonces una revisión anual sería mucho más recomendable”, señala.
Tratamientos para frenar su avance
En cuanto al tratamiento, aunque el daño ya producido no puede revertirse, sí es posible frenar la progresión de la enfermedad y preservar la visión restante. El abordaje terapéutico suele comenzar con opciones poco invasivas y se adapta en función de la respuesta del paciente.
“En principio, la mayoría de los glaucomas los tratamos aplicando gotitas, un colirio que reduce la presión de los ojos. Si no se consigue controlar con colirios, se podría aplicar algún tratamiento con láser o finalmente un tratamiento quirúrgico, una operación”, concluye el doctor Adúriz . Estas alternativas permiten controlar la presión intraocular, que es uno de los principales factores asociados al daño del nervio óptico.