Aquel Domingo de Resurrección, 31 de marzo de 2002, Santa Cruz de Tenerife amaneció bajo un cielo plomizo que pocos imaginaron sería preludio de una de las tragedias más recordadas de su historia reciente.
Los avisos meteorológicos del día preveían precipitaciones de 60 mm en una hora, algo a tener en cuenta por quienes regresaban de las vacaciones de Semana Santa o por quienes planeaban acudir a algunas de las procesiones programadas o volvían de algún encuentro religioso celebrado en distintos puntos de la isla de Tenerife.
Lluvias torrenciales
Lo cierto es que, pasadas las 3 de la tarde empezó a llover de forma considerable sobre el área metropolitana. En cuestión de horas, la lluvia se transformó en torrente, el barranco de Santos rugió como nunca, al igual que otros barrancos del municipio llevando en su caudal enseres, escombros y todo tipo de basuras. Las calles del centro se convirtieron en grandes vías de agua que arrastraban contenedores de basura, coches, recuerdos y vidas.
Ocho personas fallecieron, decenas resultaron heridas y cientos fueron afectadas en sus hogares o negocios. Además, hubo cortes de luz, fallos en el abastecimiento de agua potable, en la línea telefónica y desbordamiento de alcantarillados en una jornada que quedó grabada en la memoria de los chicharreros. Aquel día, el agua derribó paredes , destruyó familias y acrecentó la sensación de vulnerabilidad ante la fuerza brutal de la naturaleza.
Más de 230 litros por m2
“Fue como si el cielo se deshiciera sobre nosotros”, recuerdan algunos vecinos santacruceros que aún conservan recuerdos que resultaron empapados aquel día.
“En minutos, el agua entró por la puerta. No hubo tiempo para nada”, indican otros. Sus palabras condensan el miedo y la impotencia que se apoderaron de toda la ciudad mientras el temporal descargaba más de 230 litros por metro cuadrado en apenas seis horas.
Todo cambió
Con el paso del tiempo, la riada de 2002 dejó de ser solo una fecha trágica para convertirse en una lección grabada en el urbanismo y la conciencia ciudadana.
Se revisaron los planes de emergencia, se canalizaron los barrancos y se redibujó una parte del paisaje urbano. Pero quienes lo vivieron saben que el aprendizaje más hondo fue el de mirar continuamente al cielo con respeto cuando suena la palabra dana o borrasca.
Siempre en el recuerdo
Hace poco más de una semana, sobre Canarias se situó la borrasca Therese dejando también lluvias torrenciales a su paso, sobre todo en la isla de Gran Canaria, Tenerife, la Palma y en el municipio gomero de Valle Gran Rey. Therese no pasó inadvertida y fueron muchos los que mirando el calendario (23 y 24 de marzo) recordaron el fatídico 31 de marzo de 2002.
Cada año, cuando marzo se despide, Santa Cruz recuerda aquel día en que la lluvia cambió su historia. La ciudad sigue de pie -más preparada, sin duda-, pero con la memoria siempre alerta, porque el agua, como la vida, puede arrasar en un instante todo lo que parecía firme.
Con motivo de esta efemérife y en el recuerdo de las víctimas y de todas las personas que prestaron ayuda y colaboración, la capital tinerfeña expuso una escultura "Persona que mira el horizonte", obra de Felipe Hodgson, en la que puede leerse: "Las aguas nos arrebataron, arrasaron hogares, nos dejaron lagrimas y luto, pero quedó intacto el afán de superación de los habitantes de Santa Cruz. De la desesperación se alimentó la esperanza y solidaridad de un pueblo que supo sobreponerse a la desgracia y trabajar por la reconstrucción".
