BoJack Horseman y el cinismo antropomorfo

"Ni siquiera sé quién quiero que lamente mi muerte"

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Rebusco en el amplio y aparentemente infinito internet palabras del español cuyos significados sean igualmente amplios pero diferentemente finitos. Ante mi, en una de esas búsquedas domingueras, el término serendipia me mira con ojos juguetones. Procede del inglés serendipy y, según esta página donde no dejan de aparecerme anuncios, viene a significar el hallazgo de un conocimiento de manera inesperada y fortuita. Profundizo en la palabra. Encuentro algo interesante: el fenómeno, que se suele dar mayoritariamente en el mundo de la ciencia, se da justo cuando el descubridor lo necesita pese a que iba en busca de otro conocimiento o ninguno. Pienso. La propia palabra serendipia ha sido una serendipia. 

En el mismo marco temporal en el que el personaje A, es decir yo, encuentra el término, el personaje B, es decir también yo, escucha e intermitentemente ve la nueva temporada de la serie de Netflix BoJack Horseman. Resumen rápido: un caballo antropomorfo que triunfó con una serie en los años noventa pero que actualmente no sabe gestionar su vida de excesos, traumas, mujeres y cinismo.

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Paralizo la búsqueda literaria y atiendo al primer capítulo. Voy recogiendo cada dos por tres pequeñas frases ácidas o momentos de la serie que crean en mí cierta familiaridad inquietante.

Me fijo primero en tres personajes: Todd Chávez (Aaron Paul), un joven que no sabe arreglárselas si no tiene un amigo cerca y que se identifica como asexual. Sorprendentemente hacía unos días pensaba en la poca representación que hay del género en el audiovisual. Diane Nguyen, quien se acaba de divorciar y solo busca encontrarse a sí misma, una especie de Bridget Jones de tristeza palpable. Y por último, Princess Carolyn. En su búsqueda afanosa por poder adoptar un hijo, la representante me ha calado hasta los huesos. Su representación es la de la típica mujer que triunfa y hace que los demás triunfen, pero cuya vida personal se desdibuja a medida que la va organizando.

Caminan entrecortados los capítulos y veo escenas realmente tristes y con un humor amarillo. El culmen de mi placer esta temporada: el episodio 6. BoJack pierde a su madre y le realiza un panegírico. Siempre me ha gustado esta idea de soliloquio funeral por parte de un ser querido a un difunto. Pero cuando se hace desde el resentimiento la idea toma un camino realmente gracioso que se nutre de anécdotas que explican la razón de ser de este caballo tan traumatizado.

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A partir de aquí empieza lo que realmente me parece interesante de la serie y es la gran autocrítica que tiene. La cultura pop de los dibujos no para de crear protagonistas que se podrían definir como antihéroes y cuyo modo de vida no es el mejor ejemplo, como Rick Sánchez, Peter Griffin, Fry o Homer. Ante esta especie de bandera pesimista que se ondea mucho últimamentela serie se referencia a sí misma con el fin de abandonar los comportamientos dañinos y darle nuevas oportunidades a los personajes, que tienen que sufrir para encontrarlas.

Termino la temporada. Retomo la búsqueda literaria y siento como se apodera de mí un cinismo que antes no estaba ahí. Maldito caballo-pienso.