Las Palmas de Gran Canaria se ha sumado a las acampada que se han replicado en distintas comunidades tras la decisión del Sindicato de Inquilinas de Madrid de tomar la Puerta del Sol. Lo que empezó como cuatro casetas, ya suma más de 40 en la Plaza de La Feria. Casetas que esconden cada una su historia.
Jóvenes que siguen viviendo con sus padres, personas que trabajan y aun así no pueden acceder a una vivienda, familias amenazadas por un desahucio y vecinos que ven cómo sus barrios cambian mientras encontrar un alquiler se vuelve cada vez más difícil.
Estos son algunos de los rostros de una acampada que ha decidido poner el cuerpo a la crisis de la vivienda, tanto durmiendo en la plaza o yendo y viniendo cuando sus obligaciones se lo permiten. Para todas, la principal preocupación es poder construir un futuro sin qque la vivienda se lo impida.
No poder marcharse de casa
Alejandro tiene 25 años y vive entre la casa de su tía y la de su padre. Acaba de terminar sus estudios y está buscando trabajo, pero sabe que "si lo encontrara, no sería capaz de irme por mi cuenta con un sueldo normal". "Pagar un alquiler, los gastos básicos de la casa y la comida se me iría muchísimo de las manos", apunta.
Por eso decidió quedarse en la Plaza de La Feria. Llegó el martes a la asamblea y, cuando surgió la propuesta de acampar, terminó pasando allí la noche y su intención es continuar mientras aguante la protesta.

500 euros por una habitación
Verónica es otra de las jóvenes a las que la vivienda le está impidiendo dar el siguiente paso en su vida. Vive con sus padres mientras estudia y trabaja a la vez. Cuando ha buscado al menos una vivienda compartida para emanciparse, se ha llegado a encontrar habitaciones que rondan los 500 euros mensuales.
No pudo quedarse toda la noche porque tiene que atender a su perro, pero dejó allí su caseta y vuelve siempre que puede. Incluso ha faltado a clase para participar en la movilización. “Hemos llegado a normalizarlo, pero ya estamos cansados”, sostiene sobre una situación que considera que afecta tanto a jóvenes como a mayores.

"Compartir piso hasta los 50"
Virginia tiene 27 años y actualmente vive con su pareja en una vivienda que les ha prestado un familiar. Antes compartía pisos y recuerda pagar cantidades elevadas por casas “viejas y maltratadas”. Una experiencia que, asegura, se repite entre muchas de sus amigas.
Cuando hablan sobre su futuro, la conclusión le resulta difícil de asumir. “Parece que lo que nos espera es o quedarnos en casa con nuestros padres o compartir pisos hasta los 50. Somos ya personas maduras y listas para estar más que independizadas”, insiste.
Se sumó a la acampada desde la primera noche y pretende seguir participando para "hacer presión".

Trabajar tampoco basta
Nicole también tiene 27 años. Es docente interina de la enseñanza pública y explica que su profesión puede obligarla a desplazarse entre islas para aceptar una plaza. Eso significa buscar vivienda con poco margen y, en ocasiones, aceptar alquileres en condiciones precarias porque rechazar el destino puede tener consecuencias laborales.
A día de hoy vive con su pareja y paga unos 630 euros de alquiler, un hecho que la hace sentirse afortunada porque el propietario está concienciado con las dificultades de la vivienda. Sin embargo, insiste en que depender de encontrar a alguien comprensivo no debería ser la solución.
Ella lo ve en su propia madre, quien se encuentra en una situación de desahucio sin ninguna allternativa habitacional, pesea a haber acudido a los servicios correspondientes. “Hay muchas personas que se encuentran en una situación de calle currando como cualquier otro”, sostiene.

El "privilegio" de la vivienda
Con 18 años, Ibai forma parte del colectivo juvenil Abrir Brecha y también lleva acampando desde la primera noche. Vive con su familia en una vivienda en propiedad y siente que, frente a lo que están atravesando otras personas, se encuentra en una posición privilegiada.
Es ese sentimiento lo que le ha llevado a pensar que tiene que estar en la plaza. “Siendo consciente de la situación de los demás, tengo que estar aquí para luchar. Un día pueden ser ellos los que sean desahuciados y otro día puedo ser yo”, señala.
En su familia, además, una herencia puede permitirles en el futuro acceder a otra vivienda más adecuada para sus padres ya mayores. Pero para Ibai que algo así se haya convertido en una de las pocas vías para garantizar cierta estabilidad demuestra hasta qué punto se ha complicado el acceso a una casa. “Que tengas que esperar hasta ese momento para poder tener una vida mínimamente digna, es muy triste”, lamenta.

De los 18 a los 65 años
En el otro extremo generacional está Lidia, de 65 años y miembro de Guanarteme Se Mueve. Su preocupación nace de lo que observa en su propio barrio desde vecinos que ya no pueden permitirse vivir allí a viviendas destinadas a población de paso, mientras se pierde poco a poco el tejido vecinal.
Lidia recuerda una realidad muy diferente cuando tenía la edad de quienes hoy duermen en la plaza. “Yo tenía la opción de que si me quería ir, me independizaba y vivía mi vida. Pero hoy día no se le está dejando esta oportunidad a la gente”, explica.
Su preocupación alcanza también a las personas mayores que atraviesan una separación o cualquier cambio vital y tienen que volver a buscar vivienda con ingresos limitados.
Poner el cuerpo y el tiempo
Así, ya sea en las casetas o yendo y viniendo, cada persona ha encontrado la manera de poner su cuerpo y su tiempo en una lucha que atraviesa a todas. Una lucha por un derecho que se ha convertido en negocio, algo que a veces resulta tan simple como tener un lugar al que llamar casa, un techo seguro en el vivir.
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