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Llegada del papa León XIV al Estadio de Gran Canaria. / EFE

El Estadio de Gran Canaria le hace la ola al papa León XIV: un chute de fe y emoción inunda Siete Palmas

En una época en la que casi todo ocurre de forma inmediata, miles de personas habían aceptado pasar horas bajo el calor para asistir a una misa. No a un concierto de Bad Bunny. No a un partido de fútbol del mundial. A una celebración religiosa

Hace más de tres mil años, según el relato bíblico, los israelitas esperaban el regreso de Moisés al pie del monte Sinaí. La espera se hizo larga. Tanto, que acabaron buscando algo visible —un becerro de oro— al que aferrarse mientras llegaban las respuestas.

La espera también era protagonista este jueves en Siete Palmas.

Dos horas antes del inicio de la misa, el Estadio de Gran Canaria ya comenzaba a llenarse. Bajo un sol inesperado para un junio que parecía empeñado en cumplir a rajatabla con la habitual panza de burro, miles de personas atravesaban los controles de seguridad y buscaban sus asientos mientras los voluntarios repartían agua entre los asistentes. Las gorras blancas de Alza la Mirada se multiplicaban por las gradas hasta formar una marea visible desde cualquier punto del recinto. Las vistas desde la tribuna eran, cuanto menos, impactantes. 

Había familias enteras. Matrimonios mayores que probablemente jamás imaginaron vivir una visita papal en Canarias. Grupos parroquiales llegados desde todos los rincones del Archipiélago. Jóvenes que alternaban los rezos con fotografías para Instagram. También algún que otro novelero que acude en nombre del "fomo" más que por la fe. Y muchos fieles que llevaban años esperando un acontecimiento como este.

Momento de la llegada del papa León XIV al Estadio de Gran Canaria. / EFE

La espera

La espera tenía banda sonora propia.

Mientras las gradas continuaban llenándose, las voces de Cristina Ramos, Los Gofiones y Yeray Rodríguez acompañaban la llegada de los asistentes. Sobre el altar, los preparativos avanzaban con precisión milimétrica mientras la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria ultimaba los detalles de una celebración en la que la música tendría un protagonismo especial. Y en medio de tanta espera surgieron gestos tan universales como una ola que levantó de sus asientos a todos los asistentes. 

El himno de Canarias, la interpretación de Alza la mirada —compuesto específicamente para la visita de León XIV— y las piezas de música sacra fueron construyendo una atmósfera solemne que poco a poco transformó un estadio de fútbol en un enorme templo al aire libre.

La imagen tenía algo difícil de encajar en los tópicos habituales sobre la religión en Occidente.

En una época en la que casi todo ocurre de forma inmediata, miles de personas habían aceptado pasar horas bajo el calor para asistir a una misa. No a un concierto de Bad Bunny. No a un partido de fútbol del mundial con los colegas. No a un acto político. A una celebración religiosa. En pleno siglo XXI. Cuando probablemente más de uno vaticinaba una religión en decadencia, hay un estadio más lleno que en más de un partido de la UD Las Palmas. Y eso, si vives ajeno a los valores de la iglesia, choca.

Momento de la misa que el papa León XIV ofició en el Estadio de Gran Canaria. / EFE

El Papa llega

La espera terminó poco después.

Cuando León XIV apareció ante los fieles, una ovación recorrió el estadio. Muchos levantaron sus móviles para intentar inmortalizar el momento. Otros prefirieron observarlo en silencio. Hubo aplausos. Hubo lágrimas. Hubo abrazos. Hubo de todo, al menos todo lo que cabía en un estadio. 

Durante unos minutos, la atención de decenas de miles de personas se concentró en una única figura vestida de blanco. Nuestro becerro de oro. 

No resultaba difícil encontrar escenas cargadas de emoción.

Personas que seguían la ceremonia con el rosario entre las manos. Familias enteras señalando al Pontífice para que los más pequeños pudieran localizarlo entre la multitud. Fieles que observaban el altar con la misma atención con la que otros siguen una final deportiva.

Más allá de la relevancia institucional de la visita, lo que se respiraba en las gradas era una emoción profundamente personal.

Un mensaje social

Durante la homilía, León XIV pidió rezar por quienes han perdido la vida en el mar y centró buena parte de su mensaje en la humildad, la misericordia y la necesidad de construir una sociedad más humana.

El Pontífice alertó contra "la arrogancia que divide" y defendió una caridad que no se limite a la asistencia puntual, sino que permita devolver dignidad, oportunidades y esperanza a quienes más dificultades atraviesan.

Su discurso encontró un eco especial en un territorio acostumbrado a convivir con algunos de los grandes desafíos sociales de nuestro tiempo: las migraciones, la desigualdad, la pobreza o la exclusión.

Momento de la misa que el papa León XIV ofició en el Estadio de Gran Canaria. / EFE

Antes de la homilía, el obispo de Canarias, José Mazuelos, había dado la bienvenida al Papa agradeciendo una visita que calificó como una "jornada histórica de gracia". También aseguró que la presencia de León XIV quedará grabada "para siempre en la memoria espiritual" del pueblo canario.

Mazuelos tuvo palabras para las familias, los jóvenes, los mayores y quienes atraviesan situaciones de sufrimiento. Y destacó la cercanía mostrada por el Pontífice con la realidad social del Archipiélago.

Momento de la misa que el papa León XIV ofició en el Estadio de Gran Canaria. / EFE

Una fe vigente

Sin embargo, la verdadera historia de la tarde no estaba únicamente en el Papa León XIV. 

Estaba también en las gradas.

En las manos que sostenían rosarios. En los grupos que habían llegado desde otras islas. En historias como la de Ignacio que vino desde Sevilla para ser bendecido y buscar algo de aliento y esperanza a su enfermedad degenerativa, la atrofia muscular de duchenne. Y lo consiguió, el Papa no solo lo bendijo, sino que le regaló un rosario. 

Durante unas horas, decenas de miles de desconocidos compartieron una misma emoción.

Puede parecer un detalle menor para aquellos que no comulgan con la Iglesia, pero quizá sea uno de los aspectos más llamativos de la jornada.

Vivimos en una época marcada por la fragmentación, por las burbujas digitales y por una creciente sensación de individualismo. Parece que cada vez cuesta más encontrar espacios de unanimidad más allá de un concierto del reguetonero de turno. Por eso, insisto, la imagen impacta. 

Momento de la misa que el papa León XIV ofició en el Estadio de Gran Canaria. / EFE

Después del aplauso

Después de la emoción por vivir algo histórico, de cerrar los ojos y rezar -por si acaso-, de que se vaciara el estadio poco a poco y solo quedaran restos, alguna gorra blanca olvidada y los asientos vacíos la sensación que queda es un poco contradictoria. Fe para hoy, hambre para mañana. Porque mañana León XIV continuará su visita en Tenerife. Después regresará al Vaticano.

Las estructuras se desmontarán. El Estadio de Gran Canaria volverá a albergar partidos de fútbol. Las calles recuperarán la normalidad.

Los problemas seguirán siendo los mismos.

La vivienda continuará siendo inaccesible para miles de jóvenes canarios. Los salarios seguirán sin alcanzar para demasiadas familias. La polarización política seguirá ocupando titulares. Junio continuará siendo el mes del Orgullo LGTBI y el siglo XXI seguirá avanzando a la velocidad de los algoritmos.

Nada de eso desaparecerá por una homilía, por un encuentro y aunque a muchos les duela, tampoco desaparecerá a golpe de fe. 

Pero durante una tarde de junio ocurrió algo que tampoco conviene ignorar.

En una sociedad que a menudo se describe como descreída, acelerada e individualista, decenas de miles de personas decidieron reunirse alrededor de una misma idea.

Quizá esa sea la imagen más reveladora de la visita de León XIV a Gran Canaria.

No la del Papa sobre el altar.

Sino la de las miles de personas que acudieron a verlo.

Porque el siglo XXI ha cambiado casi todo.

Pero, a juzgar por las gradas de Siete Palmas, todavía no ha conseguido acabar con una de las necesidades más antiguas del ser humano: la de creer que existe algo más grande que uno mismo y confiar en que si deseamos algo con mucha mucha fuerza, quizá alguien allá arriba pueda hacer que suceda.