Europa se encuentra en un momento decisivo para definir cómo abordará durante los próximos años el consumo de tabaco y nicotina. El objetivo genera pocas dudas: reducir el tabaquismo, evitar que los jóvenes comiencen a consumir estos productos y disminuir la carga de enfermedad asociada. El debate aparece al decidir cómo alcanzar esas metas y, sobre todo, qué papel debe desempeñar la evidencia científica en la regulación.
La cuestión estuvo en el centro de la 9ª Cumbre Científica sobre Reducción del Daño del Tabaco, organizada por SCOHRE y celebrada en formato virtual del 28 al 30 de septiembre. Durante tres jornadas, 22 especialistas participaron en diez sesiones dedicadas, entre otros asuntos, a los riesgos de la nicotina, la protección de los jóvenes, los nuevos productos, el comercio ilícito y las consecuencias sanitarias y económicas de las políticas públicas.
El encuentro coincide además con un momento especialmente relevante en Bruselas. La Comisión Europea publicó en abril de 2026 su evaluación del actual marco comunitario de control del tabaco, en la que reconoce que las normas vigentes han contribuido a reducir el tabaquismo y las muertes relacionadas con el tabaco, pero identifica nuevos desafíos asociados a la expansión de productos de tabaco y nicotina y, especialmente, a su utilización entre jóvenes.
Prevenir también ahorra
Las cifras ayudan a dimensionar el problema más allá del tabaco. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en su Región Europea se producen cada año alrededor de 1,8 millones de muertes evitables por enfermedades no transmisibles.
Aproximadamente el 60% está relacionado con causas sobre las que pueden actuar las políticas de prevención y la reducción de factores de riesgo como el tabaquismo, el consumo de alcohol, la hipertensión, una alimentación poco saludable, la obesidad o el sedentarismo. El otro 40% corresponde a causas tratables mediante un diagnóstico y una atención sanitaria adecuados.
La dimensión económica también es considerable. La OMS calcula que las pérdidas de productividad asociadas a estas muertes evitables superan los 514.000 millones de dólares anuales en la región europea.
Precisamente ese desequilibrio fue uno de los asuntos planteados durante la cumbre. El economista Witold Orłowski defendió que uno de los problemas de las políticas sanitarias es seguir interpretando la prevención exclusivamente como un gasto en lugar de analizar también los costes económicos y sanitarios que pueden evitarse a largo plazo.
La discusión no consiste únicamente en cuánto invertir, sino también en qué intervenciones producen mejores resultados.
Riesgos diferentes
Uno de los argumentos recurrentes durante las sesiones fue la necesidad de distinguir entre productos.
El abandono completo del consumo de tabaco continúa siendo el escenario preferible desde el punto de vista sanitario. Sin embargo, el debate sobre la reducción del daño se centra fundamentalmente en aquellos fumadores adultos que, pese a conocer los riesgos, continúan fumando.
En este contexto, varios participantes defendieron que la regulación debería tener en cuenta que los distintos productos no presentan necesariamente el mismo perfil de riesgo, particularmente cuando existe o no combustión.
«Existe una diferencia entre los distintos productos en términos de daño potencial», señaló durante el encuentro Andrzej Fal, presidente de la Sociedad Polaca de Salud Pública.
Reconocer esa diferencia, defendieron los especialistas, no supone considerar inocua ninguna alternativa ni reducir los controles sanitarios. La nicotina genera dependencia y los productos que la contienen no están exentos de riesgo. El planteamiento consiste en determinar si aplicar exactamente las mismas restricciones a productos con perfiles de riesgo diferentes produce los mejores resultados en salud pública.
Ese debate tiene ya consecuencias regulatorias. La propuesta europea de reforma de la Directiva sobre Fiscalidad del Tabaco plantea extender el marco comunitario a categorías como el tabaco calentado, los líquidos para cigarrillos electrónicos y las bolsas de nicotina, productos cuya presencia en el mercado ha crecido durante los últimos años.
El caso sueco
Suecia volvió a aparecer durante la cumbre como uno de los ejemplos más citados.
El país mantiene desde hace años una de las tasas de tabaquismo diario más bajas de Europa. La Agencia de Salud Pública sueca señala que en 2024 el 5,4% de la población de entre 16 y 84 años fumaba diariamente, después de una reducción sostenida desde comienzos de siglo.
Al mismo tiempo, el país presenta una utilización relevante entre adultos de productos de nicotina sin combustión, entre ellos el snus y las bolsas de nicotina.
Durante el debate se citaron también informes sobre el modelo sueco que sitúan su incidencia de cáncer significativamente por debajo de la media europea, con diferencias que algunos estudios vinculados a la reducción del daño cifran en torno al 41%.
La pregunta relevante para los expertos reunidos en la cumbre fue otra: qué parte de la experiencia sueca puede estudiarse y qué medidas han contribuido realmente al descenso del consumo de cigarrillos.
Proteger a menores
La protección de los jóvenes fue otro de los grandes bloques del encuentro.
Los participantes coincidieron en la necesidad de mantener barreras estrictas de acceso para menores, mejorar los sistemas de verificación de edad y controlar especialmente los canales de venta que facilitan el acceso a productos de tabaco o nicotina.
La aparición de nuevas categorías obliga además a mejorar la calidad de los datos.
Los estudios estadounidenses analizados durante la cumbre muestran una reducción importante del consumo de cigarrillos entre las generaciones más jóvenes. Pero, al mismo tiempo, han aparecido nuevas formas de consumo de nicotina, lo que complica la comparación histórica.
Medir mejor
Una de las cuestiones planteadas es aparentemente técnica, pero puede condicionar las políticas públicas: qué se considera consumidor.
No es lo mismo haber probado un producto una vez durante los últimos 30 días que utilizarlo semanalmente o consumirlo todos los días. Cuando una estadística engloba experimentación, consumo ocasional y uso habitual dentro de una misma categoría, existe el riesgo de obtener una fotografía incompleta de los hábitos juveniles.
Disponer de información precisa permite dirigir las intervenciones hacia los problemas concretos: evitar la iniciación entre menores, controlar los canales de acceso y diferenciar esa realidad de la de los fumadores adultos que continúan consumiendo cigarrillos.
La regulación, sostuvieron los especialistas, debería partir de esa distinción.
Ciencia y regulación
La 9ª Cumbre Científica sobre Reducción del Daño del Tabaco no cerró el debate ni propuso una única receta para todos los países.
Sí dejó sobre la mesa una idea: aprobar más restricciones no equivale necesariamente a obtener mejores resultados si las políticas no se evalúan posteriormente por su impacto real.
Europa afronta ahora el reto de combinar varios objetivos que no tienen por qué ser incompatibles: proteger a los menores, favorecer el abandono del cigarrillo, impedir nuevas formas de dependencia y analizar de manera diferenciada los riesgos de los distintos productos allí donde la evidencia científica lo permita.
También Canarias quedará condicionada por esas decisiones europeas, aunque con una particularidad añadida derivada de su régimen económico y fiscal propio.
Al final, el resultado de cualquier política de tabaco tendrá que medirse menos por el número de prohibiciones o normas aprobadas que por indicadores concretos: cuántas personas dejan de fumar, cuántos jóvenes evitan empezar y cuánto disminuye la enfermedad asociada al consumo de cigarrillos.
La ciencia no decide la política. Pero una política sanitaria eficaz difícilmente puede permitirse ignorarla.
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