Paloma Navas llegó a Tenerife con la cabeza en muchos sitios a la vez. Una semana antes de su conferencia en el II Congreso Insular de Experiencias Sociosanitarias, organizado por el Instituto de Atención Social y Sociosanitaria (IASS) del Cabildo de Tenerife, su padre, de 91 años, había sufrido un ictus. Dudó hasta el último momento si podría viajar. Al final vino y, como ella misma reconoce, llegó "muy encendida".
"Mi padre es mayor y había recibido un trato para mí muy poco adecuado, que confirma lo que ya sabemos científicamente: que los mayores reciben muchas veces una atención sanitaria de peor calidad", explica. Esa experiencia, vivida "en carne viva", fue también lo que más valoró el público de su ponencia: que hablara en primera persona.
Médica especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública, doctora por la Universidad Johns Hopkins y exdirectora general de Salud Pública del Gobierno de Cantabria, Navas lleva años estudiando el edadismo, la discriminación por razón de edad. En esta conversación con Atlántico Hoy habla de cómo tratamos a nuestros mayores, de los prejuicios que nos aplicamos a nosotros mismos y de por qué Canarias tiene ventaja ante una sociedad cada vez más longeva.
[Pregunta] Lleva años estudiando cómo cuidamos a los mayores y, de repente, le toca vivirlo como hija. ¿Qué ha visto desde dentro?
[Respuesta] Quiero pensar que lo que hemos vivido mi familia y yo es un ejemplo de lo que puede pasar, no la norma. Lamentablemente, creo que es habitual, pero también he vivido lo contrario: una internista entregadísima a mi padre, que lo atendió hace dos o tres años, cuando ingresó por covid. Hay muchos profesionales que ya han hecho el cambio de chip, que se han dado cuenta de los estereotipos y de los sesgos. Pero cuidado: hay quien cree que ser muy cariñoso y muy humano ya lo compensa todo, y no es así. También tienes que ser el técnico, ver exactamente lo que le ocurre al paciente y tratarlo.
¿Ese cariño mal entendido también es edadismo?
Sí. Existe el edadismo benevolente: "son tan sabios, son tan buenos". En el fondo hay un mensaje de angelito incompetente. Primero, no todo el mundo es sabio. Y sobre todo, no son angelitos inocentes: son personas adultas, más mayores que tú, y ya está. Igualar la vejez con la niñez, el "son como niños" o el "eres el padre de tus padres", es infantilizar a la gente, y eso es muy negativo para ellos.
Cuidar a tus padres es una oportunidad maravillosa, pero no se convierten en tus hijos: tienen que tener autonomía y libertad para tomar sus decisiones. Muchos querríamos meterlos en una urna de cristal para que no les pase nada. Pensamos que es hacerles un bien y, al final, es anular a la persona.
¿Influye también cómo les hablamos?
Muchísimo. En inglés se llama "elderspeak": hablarle a un mayor como si fuera un niño chico, todo en diminutivo, con un tono exagerado, subiendo demasiado el volumen, dando por hecho que no se entera. Está demostrado que les hace sentir inferiores y maltratados, incluso a quienes están perfectamente a nivel cognitivo. Hay experimentos en los que, si les hablas así antes de un examen, lo hacen peor: cumplen esa expectativa de incompetencia. Y en las personas con demencia o deterioro cognitivo aumenta la resistencia a los cuidados.
Los cursos que damos en residencias reducen esa forma de hablar y, con ella, esa resistencia. Otra cosa es hablar más despacio o más claro, que es perfectamente correcto. Pero no le hables como si fuera un bebé, porque eso no nos gusta a nadie.
¿Qué comportamientos del entorno son los que más daño hacen?
El entorno tiene que devolverte una imagen de ti mismo autónoma, con un papel en la familia, aunque no sea el que tuviste siempre. Tienes que ser escuchado, y a veces la familia va muy rápido y no nos detenemos a escuchar a los mayores. Y hay que animarles a hacer cosas, porque existe el autoedadismo, cuando nos discriminamos a nosotros mismos.
En el congreso pregunté al público cuántos de ustedes habían dejado de comprarse una ropa que les gustaba porque pensaron que no era acorde a su edad, y levantó la mano todo el auditorio. Les puse un vídeo de un señor de 91 años patinando en monopatín. Los 65 de ahora no tienen nada que ver con los de hace 30 años: alguien de 70 es muy joven.
Cuando dije "hagamos una sociedad donde cada uno haga lo que le dé la gana", la gente aplaudió espontáneamente. Si empiezas a hacer surf, no vas a ser campeón del mundo, pero vas a disfrutar tu surf. Es como lo que ha pasado con las mujeres, con lo que era femenino y lo que no. Están el racismo, el machismo y el edadismo: son los tres ejes más básicos de discriminación.
Al final son barreras que nos creamos: esta ropa no es para mi edad, este deporte ya no puedo hacerlo. ¿Ese es el gran mensaje que quiere dejar?
Es luchar contra la discriminación por edad, tanto hacia los demás como hacia uno mismo. Yo trabajo con residencias, hospitales, fundaciones o universidades para que los equipos se adapten a la longevidad, también en empresas donde conviven tres y cuatro generaciones. No es solo una imagen bonita de una sociedad más libre: es tener más calidad en los cuidados y en las empresas. Somos uno de los países con mayor longevidad del mundo y nos interesa mucho adaptarnos con agilidad.
Hablemos de la brecha digital. ¿Cuáles son los problemas más habituales de los mayores con la tecnología?
Lo primero: tenemos una imagen muy distorsionada de la relación entre mayores y tecnología. Los datos nos dicen que un porcentaje altísimo sabe usar perfectamente su teléfono, y para quienes no, la tecnología se ha adaptado muy bien: teléfonos sencillos, el botón rojo de alerta. Hay personas que no se adaptan, sí, pero muchas veces son las mismas que con 50 años no sabían programar el vídeo.
Achacamos a la edad cosas que no son de la edad, y también hay que respetar a quien nunca le ha gustado la tecnología. Mi padre, con 91 años, maneja un ordenador perfectamente: reparaba ordenadores en sus ratos libres y entiende lo que es un antivirus. ¿Por qué? Porque se compró uno de los primeros, le encantó, y en su trabajo lo necesitó. Hoy va más despacio y a veces mira la pantalla con una lupa, pero ese cambio no lo hizo con 90 años.
Y entonces, ¿quiénes se han quedado más atrás?
Probablemente las mujeres que se dedicaron a las tareas domésticas no remuneradas. Esas abuelas que se hartaron de trabajar sin cobrar nunca un sueldo, que a veces no tienen pensión y que no tuvieron esa exigencia. Lo que vemos ahora se fraguó hace 30 años: los móviles y el WhatsApp llevan muchísimo tiempo en el mercado. Y no se puede obligar a nadie: si alguien no quiere hacer una videollamada, no la quiere hacer.
Canarias es la comunidad de España donde más mayores de 74 años usan internet: 6 de cada 10 lo hace habitualmente y la mitad a diario, según la encuesta del INE. ¿Estas cifras le sorprende?
Para nada. Canarias ha vivido una influencia que no han vivido otras regiones de España. Ha estado expuesta a muchas maneras de ver el mundo, y el canario además ha viajado y ha emigrado mucho. Se nota muchísimo la diferencia con la España vaciada, donde las costumbres se quedaron estancadas durante siglos. Aquí hay una mentalidad más adaptativa, y la longevidad son cambios. Si corrías 10 kilómetros al día y ya no puedes, tienes dos opciones: abandonarlo o correr cinco. Esa es la clave: adaptar tus expectativas a tu capacidad.
¿Pesa más la edad que tenemos o la que sentimos?
La edad cronológica no marca cómo estás. Lo marcan la edad fisiológica y la edad que sientes. En mi investigación en Estados Unidos trabajaba con una base de datos de mayores en la que se preguntaba qué edad sentían tener. Cuando crucé los datos pensé que había hecho mal el cálculo: un hombre de 90 años decía sentirse de 23; otro de 80, de 17. Y sentirse más joven se asocia a mayor esperanza de vida.
También se ha demostrado que quien tiene una visión negativa de la vejez vive más de siete años menos. Si se te olvidan las llaves, puedes decir dos cosas. Una: "Hay que ver qué vieja estoy, que no me entero de nada". O dos: "Qué despistada soy de toda la vida, si con 20 años también me las dejaba". O decir: "Bueno, pues se me empiezan a olvidar las cosas, me voy a tener que poner una alarma en el móvil y un geolocalizador en las llaves", y tirar para adelante. Si te quedas en "uy, son los años, son los años", te vas metiendo en un hoyo del que a ver quién te saca.
¿Y la soledad no deseada?
Confundimos la presencia con la compañía. No hace falta vivir con nadie: lo importante es tener a alguien con quien hablar. Puedes tener una familia muy numerosa y sentirte muy solo. La soledad se ha asociado mucho a la vejez, pero los datos nos dicen que los que más solos se sienten ahora mismo son los jóvenes: la franja de entre 18 y 25 años es la que más sola se siente en España. No te lo imaginas, porque los ves en pandilla, pero a veces no tienen con quién hablar.
Hay mayores que viven solos y se sienten fenomenal. Además, nos hemos apoyado en una estructura de familias muy grandes, y ahora las familias son más pequeñas y cada uno trabaja en una esquina del mundo. Eso requiere adaptarse: más programas y más espacios de encuentro, como este congreso. Pero también hay una parte de trabajo personal, de sacudirse un poco. Si no, volvemos a infantilizar. No me gusta que la soledad se asocie siempre a los mayores, porque no es real y alimenta el miedo a hacerse mayor.
Canarias trabaja en su Estrategia Islas de Cuidados. ¿Cómo ve la forma en que el archipiélago afronta el envejecimiento?
Todo lo que se haga para reconocer el valor de los cuidados me parece magnífico. El cuidado es lo que nos hace civilización: si no hay cuidados, no hay humanidad. Hay que darle relevancia en todas sus dimensiones, también la económica, la economía plateada, que en Canarias es especialmente interesante. Este congreso, que junta a todos los profesionales y les da un foro para contar sus necesidades, me parece, por ejemplo, una iniciativa excelente.
Creo que todas las islas están haciendo un buen trabajo, unas más activas que otras, y sería bueno que compartieran experiencias para que Canarias fuera líder en esto. Veo a Canarias como Florida en Estados Unidos: un sitio muy atractivo para las personas mayores. Hay que saber aprovechar el dividendo de la longevidad, y Canarias está en una situación superventajosa para hacerlo.
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