Unos 2.000 kilómetros separan Senegal de Arguineguín. El trayecto que un sinfín de personas hacen por el mar todos los años. Algunos tienen suerte. Si por fortuna se entiende llegar a un lugar para empezar de cero sin que nada te garantice un futuro. Otros, ni siquiera eso. Alrededor de 600 personas han perdido la vida en la ruta atlántica en lo que va de año.
La mayor parte de pateras y cayucos —cargados de esperanzas que el oleaje puede tragarse— llevan en su interior una brújula. Es el instrumento que les indica que van por el camino correcto. Porque sin él podrían perderse y no alcanzar un objetivo con el que han soñado desde hace años. Aunque ni siquiera así pueden jurar que tocarán tierra en algún momento.
Nadie se queda atrás
Una de esas brújulas se la llevará el papa León XIV a Roma —como regalo simbólico— tras su paso por Gran Canaria. Aunque los mejores recuerdos permanecen en la memoria y será difícil que el pontífice olvide las historias que escuchó este jueves en el muelle de Arguineguín. Lo hizo un acto cargado de emoción que estará en los libros de historia.
Allí se encontró con migrantes que llegaron desde distintos puntos. Porque Senegal no es el único puerto de salida. También lo son Mali, Mauritania y Marruecos. Sin olvidar a todos aquellos que llegan en avión desde Latinoamérica. El obispo de Roma no dejó a nadie atrás.
Muelle de la esperanza
León XIV escuchó con atención cada uno de los testimonios. Lo hizo sobre un muelle que fue catalogado durante mucho tiempo como “el de la vergüenza”. Un nombre que quedará desterrado porque ahora, tras el paso del pontífice, pasará a denominarse “el de la esperanza”.
El sol pegaba con fuerza durante la mañana mientras llegaban las casi 2.000 personas que se esperaba como asistentes —de las que el 75% era migrantes—. La expectación era máxima y, pasadas las once de la mañana, llegó. León XIV paseaba por el muelle de Arguineguín mientras dejaba una imagen histórica para el Archipiélago.
“Un cementerio sin lápidas”
El pontífice ofreció un discurso duro. Pronunció unas palabras que resonaron con fuerza a través del cemento y el agua. Quien si sabe si, incluso, también lo hizo en la conciencia de algunos. “Europa no debe acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas”, apuntó de manera tajante.
Su mensaje sirvió para mirar de frente la herida que aún sigue abierta en la localidad al sur de Gran Canaria. Cerrarla, en cambio, será complicado. Solo se podrá conseguir —si se lee entre líneas las palabras del obispo de Roma— a través de los pequeños gestos. El pontífice no se olvidó de El Hierro, una de las islas que más ha sufrido la presión migratoria de las Islas.
El Hierro
“Pero aquí y en lugares como El Hierro, ese mandato adquiere una fuerza literal y dolorosa. Esa isla, pequeña en extensión, pero grande en humanidad, ha visto llegar a miles de personas arrancadas de su tierra y confiadas a la fragilidad de un cayuco. Aquí hay personas recuperadas del mar y cuerpos exánimes rescatados de las aguas”, pronunció.
“Por eso, el sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles. La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana”, prosiguió.
Mafias
Por otro lado, recordó que en la actualidad “existen monstruos” que acechan los mares: “Mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños; y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido. Pero la fe no se queda paralizada ante el poder del mar”.
Es lo que padeció Blessing, una mujer víctima de trata. Por motivos de seguridad, no pudo leer el discurso personalmente y lo hizo una representante en su lugar. La joven nigeriana decidió, a los 22 años, dejar atrás su país y a sus dos hijos para darles una vida mejor. En el camino, fue captada por una mafia que la obligó a pagar una deuda de 22.000 euros.
“Mi cautiverio”
“Ahí empezó mi cautiverio”, afirmó. “Esperé seis meses para poder salir. Seis meses sin apenas comer, sin poder bañarme durante semanas, viviendo en condiciones que no desearía a nadie. Y cuando llegó el momento de cruzar el mar, vi cómo las personas que salieron antes que nosotros ese mismo día murieron ahogadas”, sentenció.
Finalmente, subió a una patera y llegó a tierra. Pero en el trayecto quedó embarazada de un miembro de la mafia y en España le quitaron al bebé para forzarla a prostituirse. “Me trataron muy mal. Me separaron de mi hijo. Tenía 11 meses cuando la policía detuvo a quienes me tenían presa, y por fin pude tenerle conmigo”, narró.
Papel de la Iglesia
Aseguró que tanto las trabajadoras sociales como la Iglesia la ayudaron a salir adelante. “Le agradezco a Dios haber encontrado a estas personas que hoy se encuentran aquí porque me tendieron la mano cuando más lo necesitaba. Y quiero agradecer de corazón la oportunidad de contar mi historia hoy, aquí, ante ustedes”, concluyó su testimonio.
Tito Villarmea, capitán de la guardamar Urania, recordó que, junto a su equipo, ha rescatado a más de 20.000 personas. “Es una cifra que duele y no se olvida”, indicó. “Todos conocemos la imagen de Canarias de día, pero de noche es otra realidad: mar brava, oscuridad absoluta y embarcaciones frágiles cargadas de vidas”, exclamó.
Crisis de 2020
“Nunca olvidaré a una madre que viajaba en una patera con su hijo, entre heridos y cuerpos sin vida. Ya a salvo a bordo, la mujer se acercó al niño, de unos 14 años, le quitó el gorro y la cazadora y sacó unos pendientes dorados para colocárselos. Era una niña. Lloró ella y lloré yo, porque soy padre de dos adolescentes. Podrían haber sido mis hijas. En cada rescate vemos a una persona cuya vida depende directamente de nosotros”, narró emocionado.
María Reyes es voluntaria de Cáritas. Este jueves tuvo la oportunidad de dirigirse a León XIV para rememorar todo el dolor que vivió tanto ella como sus compañeros durante la crisis migratoria del año 2020.
“Sensación de desbordamiento”
“Cuando empezaron a llegar a las parroquias, la sensación de desbordamiento fue inevitable. La impotencia nos pesaba: los recursos eran escasos, no conocíamos su lengua y, muchas veces, solo podíamos ofrecer galletas, leche y un poco de atención”, detalló la mujer.
“Esta experiencia nos transformó profundamente. La esperanza dejó de ser una idea abstracta y tomó rostro, tanto en quien llega como en quien acompaña. Comprendimos que cada persona tiene un valor inmenso y que ser voluntaria es construir esperanza en lo cotidiano, acompañando incluso cuando no tenemos todas las respuestas ni todos los recursos”, dijo.
Pequeños gestos
La respuesta del papa a su mensaje fue contundente: “La misericordia comienza con gestos pequeños, a veces con unas cuantas galletas y un poco de leche; otras, con cinco panes y dos peces. No se trata de resolverlo todo, sino de ponerlo todo en manos de Dios y de estar presentes allí donde el ser humano sufre”.
Apuntó que el drama migratorio debe convertirse en un examen de conciencia. Se dirigió tanto a las naciones de origen como a los países de tránsito para que creen “condiciones de paz, justicia y desarrollo”. También a Europa, “que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas”.
“No distribuir cifras”
Bajo su punto de vista, “la Iglesia debe dejarse interpelar”. “La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios”, insistió. Pero la cosa no quedó ahí: se dirigió a las administraciones para recordarles que “la dignidad humana exige vías legales y seguras”.
“No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido. Cada barca que llega no trae sólo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?”, reflexionó León XIV.
La historia de María Fernanda
Un testimonio que también pudo escuchar el papa León XIV fue el de María Fernanda López, una empresaria latinoamericana de 55 años que llegó a Las Palmas de Gran Canaria en 1997 tras atravesar un gran número de vicisitudes. Empezó trabajando en un bazar y, con el tiempo, acabó como empleada en una empresa de reformas.
La vida le dio un giro cuando, hace cuatro años, montó su propia empresa: Firmeza Soluciones Integrales SL. Tanto para ella, como para su marido, ha sido un logro del que estarán orgullosos hasta el final de su vida.
“Hoy, junto a Fran, hemos logrado consolidar la empresa que tenemos y seguimos creciendo con esfuerzo y dedicación. Actualmente contamos con un equipo de seis empleados, lo que representa para mí no solo crecimiento empresarial, sino la satisfacción de poder generar trabajo y oportunidades para otras personas”, aseveró.
El obispo
El obispo de la Diócesis de Canarias, José Mazuelos, comentó al inicio que “cada migrante es un rostro concreto, no un número”. “La dignidad humana es anterior a cualquier legislación y la vulnerabilidad no disminuye la dignidad, sino que exige mayor protección”, señaló.
En definitiva, puso en valor la gran carga simbólica de la visita del papa al muelle de Arguineguín. “Las condiciones del viaje, la precariedad de las embarcaciones y la ausencia de medios de rescate en alta mar generan un número elevado de víctimas, muchas de ellas invisibilizadas”, afirmó.
‘La noche en Arguineguín'
Muy cerca del papa estuvo Pedro Sánchez. El presidente del Gobierno de España ha estado en el centro de las críticas, en especial por parte de Onalia Bueno, alcaldesa de Mogán. La primera edil lamenta que el jefe del ejecutivo no visitara el municipio durante la crisis migratoria de 2020, pero sí lo haga ahora aprovechando el viaje del papa al Archipiélago.
Otras autoridades presentes fueron: el ministro de Política Territorial, Ángel Víctor Torres; la ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Elma Saiz; el ministro de Justicia, Félix Bolaños; el lehendakari vasco, Imanol Pradales; el presidente del Gobierno de Canarias, Fernando Clavijo; el presidente del Cabildo, Antonio Morales; la alcaldesa de Mogán, Onalia Bueno; o el delegado del Gobierno, Anselmo Pestana.
Uno de los momentos más emotivos llegó tras las palabras de María Reyes y Tito Vellarmea , cuando resonó en el barrio marinero la conocida canción de La noche en Arguineguín. El mítico tema que dice aquello de: Cómo jugaba la luna en el mar. Ese océano inmenso que decora postales, pero que se ha cobrado tantos miles de vidas sin compasión.
“Una cooperación real”
Tras escuchar todos y cada uno de los testimonios, el papa bajó del escenario. Recorrió con aplomo el muelle hasta llegar a la orilla y allí tuvo lugar una ofrenda floral en recuerdo de aquellos que ya no están. Además, sirvió como homenaje a las familias que han dejado atrás a un ser querido. El minuto de silencio removió sentimientos entre los presentes.
León XIV lanzó también un mensaje para que se ponga en marcha una “cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra”.
“Si bien existe un derecho a buscar refugio cuando la vida es amenazada, también existe el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños”, aseveró.
Ni un minuto perdido
Cuando sonó el último acorde del Ave María ya todo había terminado. Solo quedaba el besamanos, la foto oficial y trasladar a León XIV hasta Las Palmas de Gran Canaria. Un trayecto en coche oficial que sirvió al pontífice a reflexionar sobre lo vivido en el sur.
Una experiencia que contará en Roma a los cardenales, pero que no debería quedarse entre las paredes de la santa sede y, mucho menos, de las administraciones responsables de gestionar las crisis migratorias. Es un tema sobre el que nadie debería perder el rumbo.
En cada minuto perdido se pone una vida en juego.
La de una persona con nombre, apellidos y sueños.
Ya lo dijo este martes el papa: “No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera”.
