El viento en Canarias no es solo clima: es historia. Sopla constante, firme, moldeando el paisaje y también la identidad de quienes aprendieron a vivir en una tierra árida, abierta y desafiante. En el horizonte, siluetas blancas se recortan contra el cielo azul, como si fueran gigantes inmóviles vigilando el paso del tiempo.
No estamos en La Mancha ni en las páginas de Cervantes, pero la estampa podría recordarlo. En Canarias existe un lugar donde los molinos de viento del siglo XVIII siguen marcando el paisaje, convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles del archipiélago.
Antigua y sus molinos
Antigua, en la isla de Fuerteventura, es uno de los pueblos donde esta imagen alcanza su máxima expresión. Aquí, los molinos no son un simple elemento decorativo: forman parte de la memoria colectiva majorera.
Durante siglos, estas construcciones aprovecharon los fuertes vientos del centro-norte de la isla para moler grano y extraer agua. Su presencia fue tan determinante que Fuerteventura llegó a ser conocida como el “granero de Canarias”, gracias a la producción cerealística que abastecía a otras islas del archipiélago.
Origen histórico
Los primeros molinos datan del siglo XVII, cuando el cultivo del cereal era fundamental para la supervivencia de la población. Sin embargo, fue en el siglo XVIII cuando se introdujo en Fuerteventura el modelo de molino tipo torre, inspirado en los molinos de Castilla.
A partir de ese momento comenzaron a levantarse estructuras por toda la isla. Los majoreros llevaban hasta ellos granos tostados de millo, cebada, trigo o garbanzos, que se transformaban en el alimento esencial de la cultura canaria: el gofio.
Este avance tecnológico supuso una auténtica revolución. Moler el grano con la fuerza del viento facilitó la producción y mejoró las condiciones de vida en una isla marcada por la escasez de recursos hídricos y la dureza del territorio.
Molino y molina
En Fuerteventura existen dos tipologías principales: el molino y la molina.
El molino tipo torre, construido en el siglo XVIII, tenía planta circular, dos o tres alturas y cuatro aspas. Estaba fabricado con muros de mampostería concertada, utilizando piedras del lugar unidas con barro o cal. El molinero debía subir y bajar entre plantas para controlar la molienda.
Más adelante, en el siglo XIX, apareció la molina, de estructura más sencilla y seis aspas. Su principal ventaja era que el molinero podía trabajar sin necesidad de desplazarse entre distintos niveles, lo que facilitaba el proceso. Aunque su apariencia era diferente, cumplía la misma función: transformar el grano tostado en gofio.
Ruta de los Molinos
Se calcula que llegaron a existir cerca de mil molinos distribuidos por la isla, muchos destinados a la extracción de agua y otros a la molienda. Hoy quedan varias decenas en pie, restaurados o conservados como patrimonio etnográfico.
Entre los más destacados se encuentran los de La Oliva, Tefía y el propio municipio de Antigua, configurando la conocida como Ruta de los Molinos, uno de los recorridos más representativos de Fuerteventura.
A comienzos del siglo XX se incorporaron además los llamados aeromotores o molinos Chicago, destinados a extraer agua del subsuelo. Su llegada supuso otra revolución agrícola, permitiendo mejorar el abastecimiento y consolidar el desarrollo de la isla.
Patrimonio vivo
Ligados a antiguas labores harineras y salineras, los molinos de viento se han convertido en reliquias del pasado, frágiles por el paso del tiempo y el desuso. Sin embargo, su conservación es clave para mantener viva una parte esencial de la historia majorera.
Más allá de su valor arquitectónico, representan el ingenio de una población que supo adaptarse a un entorno difícil. Controlar la velocidad del giro de las aspas exigía conocimiento y experiencia; el oficio de molinero se transmitía de generación en generación como un saber casi artesanal.
Hoy, en Antigua, esas torres blancas siguen dialogando con el viento. No luchan contra gigantes imaginarios, pero sí recuerdan una época en la que el viento era energía, sustento y esperanza. Un paisaje que, siglos después, continúa definiendo la identidad de Fuerteventura y fascinando a quienes lo contemplan.
