El consumo de tabaco entre los jóvenes está cambiando y, con él, también lo hace el debate sobre qué políticas son capaces de proteger a los menores sin perder de vista a los adultos que continúan fumando cigarrillos. Esta cuestión centró una de las primeras mesas de la 9.ª Cumbre Científica sobre Reducción del Daño del Tabaco, que se celebra de forma virtual entre el 28 y el 30 de septiembre y reúne a 22 ponentes en diez sesiones.
La sesión Navigating Public Health Priorities: Youth Protection and Effective Regulation, celebrada este lunes, estuvo presidida por Ignatios Ikonomidis, profesor de Cardiología de la Universidad Nacional y Kapodistríaca de Atenas, y contó con las intervenciones de Ray Niaura, profesor de la Escuela de Salud Pública Global de la Universidad de Nueva York; Brad Rodu, profesor emérito de la Universidad de Louisville; y David T. Sweanor, del Centre for Health Law, Policy & Ethics de la Universidad de Ottawa.
Mínimos históricos
Una de las principales cuestiones abordadas fue la evolución del consumo juvenil en Estados Unidos. Los últimos datos oficiales de la National Youth Tobacco Survey (NYTS) muestran una caída del uso de varios productos entre 2022 y 2025.
En 2025, el 7,2% de los estudiantes estadounidenses de middle y high school declaró haber utilizado algún producto de tabaco durante los 30 días anteriores. El producto más frecuente fueron los cigarrillos electrónicos, con un 5,2%, seguidos por las bolsas de nicotina, con un 1,7%, y los cigarrillos convencionales, con un 1,4%. La FDA señala además que entre 2022 y 2025 descendió el consumo actual de tabaco en general, así como el de cigarrillos electrónicos y cigarrillos convencionales.
En el caso concreto del vapeo, el 7,1% de los estudiantes de high school declaró haber utilizado cigarrillos electrónicos durante el último mes en 2025, frente al 2,6% entre los estudiantes de middle school. La prevalencia continúa siendo relevante, aunque se sitúa lejos de los niveles alcanzados durante el auge del vapeo juvenil registrado a finales de la pasada década.
Vapeo y bolsas
La mesa también puso el foco en la necesidad de analizar conjuntamente la evolución del cigarrillo, el vapeo y otros productos de nicotina.
Las bolsas de nicotina, por ejemplo, han ganado visibilidad en los últimos años, pero los datos de 2025 sitúan su utilización reciente entre estudiantes estadounidenses en el 1,7%, unos 460.000 jóvenes. La FDA considera que su prevalencia se mantuvo baja y estable entre 2024 y 2025.
Para los participantes en la cumbre, estudiar únicamente los incrementos porcentuales sin observar el punto de partida puede ofrecer una visión incompleta. También plantearon la necesidad de distinguir entre experimentación, consumo sostenido y sustitución de un producto por otro, especialmente cuando se analiza la evolución del cigarrillo convencional.
Otros estudios estadounidenses apuntan, además, hacia una transformación más amplia de los hábitos juveniles. Monitoring the Future, elaborado por la Universidad de Michigan, registró en 2025 niveles récord de estudiantes de octavo y décimo grado que declaraban no consumir alcohol, cannabis ni nicotina, prolongando una tendencia ascendente observada a largo plazo.
No es lo mismo
Otra de las cuestiones presentes en el encuentro fue la percepción del riesgo.
La nicotina es una sustancia altamente adictiva, pero las autoridades sanitarias estadounidenses diferencian el riesgo de los distintos productos. La FDA señala que los productos combustibles, como los cigarrillos, son los más perjudiciales y que gran parte de las enfermedades asociadas al tabaquismo están relacionadas con la exposición repetida a las sustancias tóxicas generadas por el humo.
Esto no significa que los productos sin combustión sean inocuos. La propia FDA subraya que ningún producto de tabaco es seguro y que los jóvenes y las personas que no consumen tabaco no deberían iniciarse en ellos. En adultos que ya fuman, señala que el cambio completo desde el cigarrillo hacia determinados productos no combustibles puede reducir la exposición a numerosos compuestos dañinos, aunque siguen existiendo riesgos y es necesaria más investigación sobre sus efectos a largo plazo.
La distinción fue uno de los argumentos de la mesa para reclamar una comunicación pública capaz de diferenciar entre adicción a la nicotina, exposición al humo y riesgos específicos de cada producto.
El caso canario
Los datos estadounidenses, sin embargo, no pueden trasladarse directamente a Canarias, tanto por las diferencias en las edades analizadas como por la metodología y el contexto social y regulatorio.
España dispone de sus propios indicadores. La última edición de ESTUDES 2025, del Ministerio de Sanidad, refleja que entre los estudiantes canarios de 14 a 18 años el 22,8% había fumado tabaco alguna vez, el 15,6% lo había hecho durante los doce meses anteriores y el 10,7% durante los últimos 30 días. El informe sitúa a Canarias como la comunidad autónoma con menor prevalencia de consumo de tabaco entre los jóvenes en los diferentes periodos estudiados, dejando aparte Ceuta y Melilla.
La fotografía cambia al observar los cigarrillos electrónicos. En Canarias, el 45,2% de los estudiantes de 14 a 18 años había probado alguna vez un cigarrillo electrónico en 2025 y el 35,9% declaró haberlo utilizado durante los doce meses anteriores.
Las cifras no son directamente comparables con las estadounidenses: ESTUDES mide grupos de edad y periodos de consumo diferentes, una precaución necesaria antes de establecer paralelismos entre ambos países. El propio estudio español advierte además de que, salvo para alcohol, tabaco y cannabis, los resultados autonómicos pueden presentar intervalos de confianza amplios.
Canarias mantiene también programas específicos de prevención. Este mismo septiembre, el Gobierno autonómico abrió una nueva edición de ITESplus, dirigido a centros educativos y orientado a prevenir entre estudiantes de ESO el consumo de tabaco, alcohol y productos derivados de la nicotina.
Medir la regulación
La otra gran cuestión planteada durante la cumbre fue cómo determinar si una política pública está consiguiendo los resultados para los que fue diseñada.
Los participantes abordaron medidas como restricciones de acceso para menores, fiscalidad, limitaciones en determinados productos, campañas de prevención o controles en el entorno escolar, defendiendo que sus efectos deben estudiarse posteriormente mediante datos de consumo y comportamiento.
El planteamiento expuesto en la sesión combina así dos objetivos que los ponentes consideran compatibles: evitar que menores y no fumadores comiencen a consumir nicotina y reducir la carga sanitaria asociada al cigarrillo entre quienes ya fuman.
La evolución observada tanto en Estados Unidos como en España muestra, en cualquier caso, que hablar del consumo juvenil únicamente a partir de un producto ofrece una fotografía parcial. Cigarrillos, vapeadores y nuevas formas de consumo evolucionan de manera diferente y, en Canarias, los datos de ESTUDES permiten comprobar precisamente esa distancia entre el descenso del tabaquismo convencional y la mayor extensión de los cigarrillos electrónicos entre adolescentes.
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