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La Lonja de la Seda (también llamada Lonja de los Mercaderes), un célebre edificio gótico civil. AH

Valencia, la ciudad que convirtió un río en un jardín y el arroz en una forma de vida

Valencia sorprende al viajero con su patrimonio, el antiguo cauce del Turia, la Albufera y una gastronomía que tiene en el arroz una de sus grandes señas de identidad, ahora más cerca de Canarias gracias a las conexiones directas de Binter

Lo primero que llama la atención al llegar a Valencia es algo que, paradójicamente, ya no está. El Turia dejó hace décadas de atravesar la ciudad como lo hizo durante siglos, pero su antiguo cauce continúa siendo una de las grandes referencias para entenderla. Allí donde antes discurría el río hoy se extiende un enorme jardín de unos nueve kilómetros, con zonas verdes, caminos y espacios para el ocio que atraviesan la capital valenciana de un extremo a otro.

La primera impresión se completa al empezar a caminar. Valencia tiene algo de Barcelona en sus edificios modernistas, en sus grandes avenidas y en determinadas fachadas, aunque pronto aparecen elementos que le dan una personalidad propia. Las aceras amplias, los largos carriles bici y la cantidad de gente haciendo vida en la calle transmiten la sensación de una ciudad que se disfruta caminando y que mantiene una relación muy estrecha con sus espacios públicos.

Es desde Canarias desde donde comienza este viaje, a bordo de Binter, que mantiene conexiones directas entre Valencia y Gran Canaria y Tenerife. La ruta, inaugurada en 2025, ha sido reforzada posteriormente por la compañía, acercando la capital valenciana al archipiélago sin necesidad de hacer escala.

La primera noche sirve también para entrar en contacto con una gastronomía que será una constante durante los días siguientes. En Àtic, una de las terrazas más exclusivas de la ciudad, la cena comienza con platos como el jamón ibérico y el steak tartar, antes de que Valencia empiece a revelar una de sus grandes virtudes: la capacidad de combinar una identidad gastronómica muy reconocible con propuestas contemporáneas.

Jamón ibérico cortado a cuchillo y steak tartar en la terraza Atic, una de las más exclusivas de la capital del Turia. AH

Dos mil años bajo los pies

Para entender la ciudad hay que retroceder mucho más allá de sus edificios modernistas. Al día siguiente, Konstantin, nuestro guía, conduce el recorrido por el centro histórico y explica cómo diferentes épocas han ido dejando su huella sobre una misma ciudad. Valencia fue fundada por los romanos en 138 antes de Cristo y desde entonces ha pasado por distintas etapas que todavía pueden rastrearse en sus calles.

El Mercado Central, la Lonja de la Seda y la Catedral concentran buena parte de esa historia. La Lonja representa el esplendor comercial de la Valencia medieval y es una de las grandes joyas del gótico civil, mientras que la Catedral reúne elementos de diferentes épocas y conserva el conocido como Santo Cáliz. El recorrido por Ciutat Vella incluido en el programa del viaje permite pasar en pocos minutos de una época a otra. 

Salón de Columnas (también conocido como Sala de Contratación) de la Lonja de la Seda. AH

Pero la historia de Valencia también se encuentra en lugares mucho más pequeños. En pleno centro histórico está Abanicos Vibenca, un negocio familiar que nació en 1910 y que todavía conserva el oficio tradicional de fabricar y pintar abanicos a mano. Allí conocemos a Vicente Benlloch, tercera generación de una familia dedicada a esta artesanía, que mantiene vivo un oficio cada vez menos habitual.

La visita tiene un valor especial porque permite ver una Valencia que no aparece necesariamente en las grandes rutas turísticas. La firma cuenta con el Documento de Calificación Artesanal y pertenece al Gremio de Abaniqueros, pero sobre todo conserva una forma de trabajar que ha pasado de padres a hijos durante más de un siglo. En un viaje dominado por grandes monumentos y espacios contemporáneos, el pequeño taller de Vicente recuerda que también existe un patrimonio hecho con las manos.

El artesano Vicente Benlloch Caballer, propietario de Abanicos Vibenca. AH

Cuando el patrimonio cobra vida

Esa mezcla entre pasado y presente aparece de nuevo en la iglesia de San Nicolás, uno de los grandes tesoros del centro histórico. Sus pinturas y su decoración barroca le han valido el sobrenombre de Capilla Sixtina valenciana, pero el templo ha encontrado además una forma diferente de contar su propia historia.

Desde 2025 acoge La Luz de San Nicolás, una experiencia inmersiva permanente que utiliza iluminación, videomapping e interacción para acercar el patrimonio a los visitantes. La instalación combina una proyección sobre la bóveda con un recorrido interactivo por la historia de la parroquia y una experiencia de luz inspirada en la simbología de San Nicolás.

Espectáculo de luces de la Iglesia de San Nicolás, conocida como la Capilla Sixtina valenciana. AH

La iniciativa tiene además una conexión directa con uno de los nombres que vuelven a aparecer en este viaje: Hortensia Herrero. La fundación que lleva su nombre impulsó la recuperación de San Nicolás, cuya restauración permitió devolver al templo buena parte de su esplendor artístico. 

Herrero, vicepresidenta de Mercadona y presidenta de la Fundación Hortensia Herrero, ha desarrollado una importante labor de mecenazgo vinculada tanto a la recuperación del patrimonio valenciano como al arte contemporáneo. Esa doble vertiente se entiende especialmente bien al visitar el Centro de Arte Hortensia Herrero, instalado en el histórico Palacio de Valeriola.

El edificio, cuidadosamente rehabilitado, sirve ahora como escenario para una colección permanente que reúne más de cien obras de cerca de cincuenta artistas, entre ellos Anselm Kiefer, Andreas Gursky, Georg Baselitz, Anish Kapoor y Mat Collishaw. La visita supone otro cambio de registro: después de recorrer iglesias y edificios medievales, el visitante se encuentra ante algunas de las grandes figuras del arte contemporáneo internacional.

Exposición permanente del Centro de Arte Hortensia Herro. AH

La exposición temporal dedicada a Anselm Kiefer es, personalmente, una de las experiencias más impactantes del viaje. Sus obras, monumentales y cargadas de materia, combinan referencias a la historia, el paisaje, la mitología y la literatura. Más que intentar descifrar cada pieza, cuesta no detenerse ante ellas y observar sus dimensiones, sus texturas y los materiales con los que están construidas.

Escultura 'Tempesta' (2022) del artista Jaume Plensa. AH

El paisaje que explica el arroz

La ciudad, sin embargo, no explica por sí sola Valencia. Para entender una parte fundamental de su identidad hay que salir de ella y dirigirse hacia l'Albufera, un espacio natural cuya relación con el arroz ayuda a comprender también una de las grandes señas de identidad de la gastronomía valenciana.

El cambio de paisaje es inmediato. Los edificios dejan paso a los arrozales y al agua, y el horizonte se abre hasta hacer difícil imaginar que el centro de Valencia se encuentra a pocos kilómetros. El nombre de la Albufera procede del árabe y está relacionado con su condición de laguna o pequeño mar interior. El espacio mantiene además una importante función ecológica como zona de descanso e invernada para aves migratorias. 

Una auténtica paella valenciana en el restaurante Bonaire. AH

En Bonaire llega uno de los momentos gastronómicos más vinculados al territorio. La mesa reúne pollo, conejo, caracoles y verduras de kilómetro cero, en una cocina que permite entender que el arroz valenciano no puede separarse del paisaje que lo rodea. La paella deja de ser simplemente un plato conocido en todo el mundo y aparece como el resultado de una combinación de agua, arrozales, huerta y productos locales.

Después de comer, un paseo en barco permite contemplar la Albufera desde el agua. Es probablemente uno de los contrastes más interesantes del viaje: pocas horas antes estábamos entre edificios históricos, iglesias y grandes avenidas; ahora el paisaje está dominado por el agua y los campos de arroz.

La albufera (izq) y una barraca, edificación típica de la huerta valenciana. Servía como hogar para los labradores y pescadores. AH

Del Turia al Mediterráneo

De vuelta en Valencia, el antiguo cauce del Turia vuelve a aparecer como una de las mejores muestras de la transformación de la ciudad. El espacio que durante siglos estuvo condicionado por el río es hoy una de las grandes zonas de encuentro de los valencianos y una vía verde que conecta diferentes partes de la capital. Programa viaje de prensa Binter…

El recorrido continúa hacia la Malvarrosa, donde la ciudad recupera su dimensión mediterránea, y después hacia el Oceanogràfic, integrado en la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Es otra de las caras de Valencia: una arquitectura mucho más reciente que contrasta con la ciudad histórica visitada durante los primeros días.

El Hemisfèric y el Palau de les Arts Reina Sofía, diseñados por el prestigioso arquitecto Santiago Calatrava. PIXABAY

La última noche lleva hasta Ruzafa, uno de los barrios que mejor representan la transformación contemporánea de Valencia. En Canalla Bistro, el restaurante de Ricard Camarena, la cocina vuelve a demostrar que la identidad valenciana no está reñida con la influencia exterior, con una propuesta que combina sabores mediterráneos con otros procedentes de Asia y América. 

Cornete crujiente con rillette de salmón, aguacate, wasabi y huevas ikura. Todo un manjar. AH

Una ciudad que conserva mientras cambia

Antes de regresar a Canarias todavía queda tiempo para una última mirada al patrimonio con la visita a la iglesia de los Santos Juanes, otro de los templos que han recuperado parte de su esplendor gracias a los trabajos impulsados por la Fundación Hortensia Herrero.

Y quizá sea el lugar adecuado para terminar el viaje. Después de varios días, la impresión que queda es la de una ciudad que no parece obligada a escoger entre su pasado y su futuro. Valencia restaura iglesias mientras incorpora tecnología a sus visitas, conserva oficios centenarios mientras acoge arte contemporáneo y mantiene sus arrozales a pocos kilómetros de una gran capital mediterránea.

Al regresar al aeropuerto, el Turia vuelve a aparecer como imagen de despedida. Desde el avión, Valencia se convierte poco a poco en una mancha de edificios, jardines y costa, mientras el vuelo de Binter pone rumbo a Canarias.

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