En una entrevista concedida a Atlántico Hoy, Jaime Salvador Díaz Pacheco, geógrafo de la Universidad de La Laguna (ULL) y miembro de la Cátedra Reducción del Riesgo de Desastres y Ciudades Resilientes, ha afirmado que la respuesta de Tenerife frente a fenómenos como las olas de calor o los incendios forestales ha mejorado de forma notable en las últimas dos décadas.
Sin embargo, Díaz ha sostenido que la isla mantiene una asignatura pendiente: conocer con mayor precisión qué zonas serán más vulnerables al impacto del cambio climático para anticiparse a los riesgos antes de que se produzcan y crear cartografías específicas para su estudio.
"Yo creo que estamos más preparados", asegura, aunque matiza que todavía queda trabajo por hacer. E experto sostiene que la adaptación al cambio climático no pasa únicamente por responder mejor a las emergencias, sino por reducir la vulnerabilidad del territorio antes de que lleguen los episodios extremos.
Más medios, mejor respuesta
Cuando se le pregunta si Tenerife está preparada para afrontar el cambio climático, Díaz Pacheco evita una respuesta absoluta. A su juicio, la cuestión no puede reducirse a un sí o un no porque la gestión del riesgo comprende distintas etapas y cada una presenta un grado diferente de desarrollo. "La respuesta es una de las partes de la gestión del riesgo", explica al analizar la evolución de la isla en las dos últimas décadas.
Desde su punto de vista, el balance es positivo. El geógrafo destaca que hoy existen mejores planes de emergencia frente a incendios forestales, una mayor coordinación entre administraciones y cuerpos especializados mejor preparados que hace veinte años.
Por otro lado, señala la evolución de la Brifor, los convenios entre administraciones y el refuerzo de los dispositivos de Protección Civil, aunque considera que todavía es necesario mejorar la coordinación con el sistema sanitario y la implantación efectiva de los planes antes de que lleguen las olas de calor.
Además, Díaz Pacheco advierte de que el cambio climático está alargando la temporada de riesgo. "El verano se está alargando mucho más, tenemos que reducir el riesgo ampliando los proyectos de preveción más allás de los tres meses", afirma. Si hace años las olas de calor se concentraban en los meses centrales del verano, ahora pueden producirse también en primavera o incluso en otoño, lo que obliga a mantener activas las medidas preventivas durante un periodo mucho más amplio.
Mapas en detalle
Aunque la respuesta institucional ha mejorado, el investigador cree que el principal déficit sigue estando en la prevención. "Todavía falta tener mejor conocimiento del territorio en cuanto a los lugares donde las olas de calor pueden ser más intensas", sostiene. A su juicio, la isla todavía no dispone de herramientas suficientemente precisas para anticipar dónde se concentrarán los efectos del cambio climático.
"Hay que hacer una cartografía territorial de detalle", afirma el geógrafo, quien sostiene que esta debe ir mucho más allá de los actuales mapas de riesgo de incendios e incorporar variables como el relieve, los vientos dominantes, el efecto isla de calor o los materiales urbanos para identificar las zonas más expuestas.
Esta información, explica, permitiría orientar mejor la planificación y priorizar las actuaciones en aquellas áreas donde el calor será más intenso o el riesgo de incendio aumentará en los próximos años.
Foco en la vulnerabilidad social
La adaptación al cambio climático no pasa solo por identificar dónde hará más calor, sino también quiénes sufrirán más sus efectos. Para Díaz Pacheco, esta es otra de las grandes carencias de Tenerife. "El siguiente escalón es la cartografía de la vulnerabilidad", explica, una herramienta que permitiría localizar a la población con mayor riesgo frente a las olas de calor.
El geógrafo sostiene que esa planificación debe poner el foco en las personas mayores, quienes viven solas, los pacientes con enfermedades crónicas y las familias con menos recursos, aunque menciona la complejidad de elaborar un estudio que recoja todas estas características.
A ello se suma otro factor determinante: la capacidad para protegerse del calor. "Son aquellas personas que no tienen acceso a aire acondicionado", señala, al recordar que muchas viviendas siguen sin estar adaptadas para soportar temperaturas extremas.
"Ahí encontramos un hueco de falta de preparación", reconoce el investigador, que defiende cruzar los mapas de riesgo climático con los de vulnerabilidad social para decidir dónde ubicar refugios climáticos y priorizar las inversiones públicas.
Refugios climáticos y más prevención
Díaz Pacheco defiende que la adaptación de las ciudades pasa por apostar por soluciones basadas en la naturaleza. La plantación de árboles, la ampliación de las zonas verdes o la creación de espacios de sombra ayudan a reducir la temperatura en los entornos urbanos.
"Estar debajo de un árbol es como estar en un pequeño refugio climático", afirma. Según explica, la sombra de estos árboles puede rebajar la temperatura ambiente hasta 3 ºC y reducir la sensación térmica en torno a 10 ºC.
Por otro lado, el geógrafo apuesta además por reutilizar bibliotecas, centros cívicos o polideportivos como refugios climáticos durante los episodios de calor extremo. "No hay que necesariamente construirlos nuevos, sino reutilizar lo que se tiene", sostiene. Eso sí, Díaz insiste en que deben ubicarse en los barrios con mayor vulnerabilidad social y no donde la población ya dispone de recursos para protegerse del calor.
Deberes tras el incendio de 2023
Aunque reconoce que aún quedan muchas tareas pendientes, Díaz Pacheco sostiene que, tras el incendio de 2023, "se están haciendo más cosas que antes". El reto ahora, concluye, es que ese avance en la respuesta se traduzca también en una mejor planificación del territorio y en una mayor protección de la población más vulnerable.
Añadir AtlánticoHoy como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.
