En el sur de Tenerife existe un municipio que parece vivir a otro ritmo. No hay costa, ni grandes avenidas, ni hoteles masivos. Aquí el paisaje se construye a base de casas encaladas, bancales de piedra y un silencio que solo rompen el viento y los pájaros del pinar. A medida que se gana altura, el aire se vuelve más limpio y el horizonte se abre hacia el Teide, que domina el escenario como un telón permanente.
Lo que muchos no saben es que, entre estas laderas volcánicas, se esconde uno de los enclaves vitivinícolas más singulares de Europa. Un lugar donde la viña desafía la altitud, el frío nocturno y la ceniza volcánica para dar lugar a vinos únicos. Ese lugar es Vilaflor de Chasna, el pueblo más alto de Canarias.
Un pueblo por encima de las nubes
Vilaflor se sitúa entre los 1.400 y 1.500 metros de altitud, lo que lo convierte no solo en el municipio más elevado del Archipiélago, sino también en uno de los más altos de España. Su casco urbano es compacto y tranquilo, articulado en torno a la iglesia de San Pedro Apóstol y a una red de calles estrechas flanqueadas por viviendas tradicionales, muchas de ellas antiguas casas de labranza hoy rehabilitadas.
La altitud marca todo: el clima es más fresco y seco que en la costa, con inviernos fríos y veranos suaves. Esta diferencia térmica ha condicionado históricamente la vida del municipio, orientada a los cultivos de medianías, el aprovechamiento del agua de manantial y una economía rural que durante siglos se mantuvo al margen del litoral turístico.
El viñedo más alto
Más allá del casco urbano, el paisaje cambia. En la zona conocida como Los Frontones, diversas fuentes sitúan cepas entre los 1.100 y los 1.600 metros sobre el nivel del mar, una cota que supera a los viñedos alpinos tradicionalmente citados como los más altos de Europa.
Estas viñas forman parte de la Denominación de Origen Abona, una de las más singulares de Canarias por su enorme rango altitudinal. Aquí, la viticultura es extrema: rendimientos bajos, vendimias manuales y una maduración lenta de la uva que se traduce en vinos frescos, minerales y con una acidez natural muy marcada.
Viticultura volcánica y variedades locales
El suelo es clave para entender estos vinos. La ceniza volcánica actúa como una esponja que retiene la humedad, algo fundamental en un entorno donde las lluvias son escasas. Las vides crecen en condiciones duras, con grandes contrastes térmicos entre el día y la noche, lo que favorece la concentración aromática.
Las variedades autóctonas son las protagonistas. En blancos destacan la listán blanco, la gual o la marmajuelo; en tintos, la listán negro o la negramoll. El resultado son vinos que expresan claramente el territorio, muy distintos a los producidos en cotas más bajas del sur de la isla.
Nuevos proyectos y vinos de altura
En este contexto ha surgido una nueva generación de bodegas que apuestan por la enología de montaña. Entre ellas destaca Altos de Trevejos, con viñedos en los Llanos de Trevejos, en torno a los 1.300 metros. Sus vinos —incluidos espumosos de larga crianza— han llamado la atención de sumilleres y concursos internacionales por su elegancia y singularidad.
La pertenencia a la DO Abona garantiza el control del origen y de las prácticas de cultivo, pero también permite explorar estilos muy distintos dentro de una misma denominación. En Vilaflor, la altitud se convierte en un valor añadido y en una seña de identidad.
Patrimonio y vida rural
Vilaflor no es solo vino. El municipio conserva un notable patrimonio arquitectónico, con ejemplos como la conocida Casa Inglesa, del siglo XIX, que recuerda la histórica relación entre Canarias y Europa a través del comercio y el turismo de salud. Pasear por el pueblo permite descubrir ermitas, antiguos molinos y pequeños negocios ligados a la artesanía y a los productos locales.
La almendra, junto a la papa y el vino, sigue siendo uno de los cultivos emblemáticos del municipio, y forma parte tanto de la gastronomía como de la identidad local.
Senderos, pinares y vistas al Teide
Desde Vilaflor parten algunos de los senderos más espectaculares de Tenerife, que se adentran en la Corona Forestal y conectan con el Parque Nacional del Teide. Rutas hacia el Pino Gordo o miradores naturales permiten disfrutar de vistas sobre el sur de la isla y el característico mar de nubes.
La visita se completa en la mesa. La cocina local apuesta por platos de cuchara, carnes de cabra o cerdo, papas arrugadas y postres elaborados con miel y frutos secos. Muchos restaurantes ofrecen vinos de la DO Abona, lo que permite comprobar cómo los blancos de altura maridan con pescados atlánticos y los tintos ligeros acompañan guisos tradicionales.
