Hubo un tiempo en el que California no era un estado. Era una promesa. Miles de estadounidenses emprendieron durante el siglo XIX el camino hacia el Oeste convencidos de que al otro lado del continente les esperaba una vida mejor. Primero fue la fiebre del oro. Después llegaron el petróleo, Hollywood, Silicon Valley y la industria del entretenimiento. Entre medias, una idea mucho más poderosa que cualquier riqueza material: el optimismo. California dejó de ser un lugar para convertirse en un estado de ánimo.
En 1966, Brian Wilson condensó ese espíritu en poco más de tres minutos con Good Vibrations. Aquella canción no hablaba solo de una chica que transmitía buenas vibraciones. Era una forma de entender la vida. De confiar en la intuición. De creer que, a veces, basta rodearse de la gente adecuada para que todo parezca un poco mejor.
Sesenta años después, otro grupo nacido en California eligió precisamente Good Vibrations para anunciar su llegada al escenario del Granca Live Fest. No fue una casualidad. Fue una declaración de intenciones. Mientras sonaban los acordes de los Beach Boys, el Estadio de Gran Canaria entendía, sin saberlo todavía, que lo que estaba a punto de comenzar no era únicamente un concierto de Maroon 5. Era una celebración del optimismo californiano.
Después llegó Adam Levine. Y también las certezas.
Grandes éxitos
El vocalista apareció sobre el escenario con la tranquilidad de quien sabe que juega con una ventaja difícil de igualar: un repertorio construido durante más de dos décadas que apenas concede respiros. Maroon 5 no necesita grandes artificios cuando puede enlazar Harder to Breathe, This Love, Stereo Hearts, One More Night, Animals, Sunday Morning, Won't Go Home Without You, She Will Be Loved, Memories, Maps, Moves Like Jagger, Payphone o Sugar como quien pasa las páginas de un álbum de grandes éxitos. Pocas bandas pueden presumir de sostener cerca de dos horas de concierto con semejante colección de canciones reconocibles desde el primer acorde.
Antes, Postcode y Monkey Faces habían cumplido con nota la misión más ingrata de cualquier festival: calentar el ambiente sin conocer todavía el desenlace de la noche. Lo hicieron con solvencia, preparando el terreno para una banda que convirtió el Estadio de Gran Canaria en una enorme pista de baile.
Existe una diferencia enorme entre un artista que enlaza canciones y una banda que sabe construir un concierto. Maroon 5 pertenece a la segunda categoría. Dosificó la intensidad con inteligencia, alternó los himnos con los momentos más íntimos, hizo bailar al público cuando tocaba hacerlo y bajó las revoluciones justo antes de volver a acelerarlas. Casi dos horas de recital sin sensación de rutina, sin tiempos muertos y sin necesidad de reinventarse.
Recital impecable
Y luego está el sonido.
Es una pregunta que uno termina haciéndose cada vez que presencia el directo de una gran banda anglosajona. ¿Cómo consiguen sonar con semejante limpieza? Todo parece colocado exactamente donde debe estar. Cada guitarra, cada teclado, cada armonía vocal. No hay estridencias ni excesos. Solo músicos extraordinariamente preparados que convierten la precisión en una forma de espectáculo. Maroon 5 ofreció uno de esos conciertos en los que la técnica nunca eclipsa la emoción, sino que la hace posible.
Levine lleva tatuada la palabra California sobre sus abdominales. No parece un simple homenaje al lugar donde nació. Es casi una declaración de identidad. Esa manera luminosa de entender el espectáculo, de convertir el escenario en un espacio donde las preocupaciones quedan suspendidas durante un par de horas, forma parte del ADN de la Costa Oeste desde mucho antes de que Maroon 5 existiera. Como si el grupo hubiera heredado, sin proponérselo, aquella filosofía que Brian Wilson resumió en Good Vibrations: salir al encuentro de la vida con la convicción de que todavía merece la pena dejarse contagiar por las buenas vibraciones.
Así terminó la quinta edición del Granca Live Fest.
Acontecimiento del verano
Un festival que comenzó con la profundidad casi espiritual de Lauryn Hill, capaz de demostrar casi tres décadas después que The Miseducation of Lauryn Hill sigue siendo un disco adelantado a su tiempo. Que el viernes encontró en Juan Luis Guerra la elegancia eterna de quien ha convertido la bachata en patrimonio universal y en Lola Índigo la confirmación de un fenómeno tan multitudinario como artísticamente discutible. Que el sábado reunió a varias generaciones alrededor de Dani Martín, Alejandro Sanz y Aitana, tres maneras distintas de entender el pop español. Y que el domingo decidió despedirse mirando hacia California.
No conviene dar por normal algo que está lejos de serlo. Levantar un cartel de esta dimensión a más de 1.500 kilómetros de la Península, atraer artistas que llenan estadios por medio mundo y convertir durante cuatro días a Gran Canaria en una parada de las grandes giras internacionales exige mucho más que voluntad. El Granca Live Fest ya no necesita justificarse. Sólo el sábado congregó a 40.000 personas. Se ha ganado un espacio propio en el calendario musical español por la vía más difícil: la de los hechos.
Quizá por eso Sunday Morning ocupó un lugar tan natural en el repertorio de Maroon 5. No es solo una canción sobre un domingo. Es la resistencia a abandonar esos lugares en los que uno es feliz. Durante casi dos horas, el Granca Live Fest consiguió que el Estadio de Gran Canaria se pareciera un poco a esa California a la que Brian Wilson puso música en Good Vibrations: un estado de ánimo donde las preocupaciones esperan fuera y las buenas vibraciones siempre encuentran el camino de vuelta.
Después llegó el lunes. Algún aficionado brasileño, por el camino, descubriría que mientras abandonaba el recinto la Noruega de Erling Haaland acababa de romper el sueño mundialista de su selección. Para el resto, el lunes simplemente llegó un poco más tarde. Porque California nunca fue solo un lugar. Siempre fue una promesa.
