“Éramos niños africanos que vivíamos donde venían a morir los viejos de Europa”. Así comienza la última novela de Santiago Gil, Islas Cardinales, donde el escritor grancanario plantea una reflexión nacida de años de observación, rabia y duelo ante una Canarias que ha ido desapareciendo.
Gil entiende que escribir, muchas veces, consiste en narrar lo que se pierde: los horizontes despejados, las plataneras, el olor a tierra mojada, los veranos en el Puerto de las Nieves…Y en su mirada, esa transformación de las islas no ha sido solo urbanística, sino también emocional, cultural y, sobre todo, de valores.
Crítica del presente
Ese malestar se traslada a la literatura en un formato en el que el autor cree profundamente, como es la “novela de ensayo”. En este caso, el protagonista, Jacinto — con el que Gil comparte algunos oficios y cercanías, pero nada más — piensa y escribe desde su propia circunstancia sobre la isla que habita.
Es a través de él desde quien el escritor construye, bajo la apariencia de una ficción, una crítica severa del presente. Gil sostiene que Canarias puede funcionar como una pequeña muestra del mundo contemporáneo: un territorio donde se cruzan los efectos del consumo, la presión turística, la falta de planificación y la erosión de los valores colectivos.
Culpa de todos
A su entender, no solo desaparecen los paisajes; también se deterioran la solidaridad, la fraternidad, la igualdad, la humildad o el compromiso con el lugar que se habita.
Por eso evita culpabilizar a un solo agente de toda esta rueda. Aunque en la novela haya instituciones o estamentos señalados por el personaje, Gil subraya que la responsabilidad es compartida. Todos, de una forma u otra, han participado en el modelo de sociedad que ahora cuestiona y la literatura se convierte en un espacio de autocrítica.
La realidad supera la ficción
Gil cuenta que escribió la novela de manera torrencial, en apenas un mes y medio, aunque lo que volcó en ella llevaba años gestándose. De hecho, varias de las escenas o intuiciones que introdujo terminaron pareciéndose demasiado a la actualidad posterior, algo que atribuye no a ninguna capacidad visionaria, sino al simple hecho de observar con atención las dinámicas del presente.
Es así que la novela aborda una dimensión distópica basada en la vulnerabilidad de Canarias en el contexto geopolítico actual, con Donald Trump paseando por la calle León y Castillo, en un panorama en el que Marruecos ha invadido la mitad de las islas.
Y, aunque el escritor no crea que esto vaya a ocurrir como tal, sí plantea como la realidad cada vez se asemeja más a la ficción y viceversa, las propias novelas están terminando convertidas en situaciones reales.
El peso del complejo
No obstante, más de la posición geoestratégica del Archipiélago, a Gil le interesa su dimensión “geohumanística”: cómo vive el ser humano la insularidad, qué significa estar rodeado de agua, cómo se construye mentalmente la pertenencia a un territorio que históricamente ha oscilado entre Europa, África y América sin terminar de definirse del todo.
El escritor pone sobre la mesa la identidad canaria y el complejo que siempre ha pesado sobre la población de las islas, una sensación de periferia e inferioridad atrapados en un pequeño cuadrado debajo de la Península.
Las nuevas generaciones
En ese contexto celebra la aparición de nuevas voces literarias jóvenes en Canarias, como Andrea Abreu, Lana Corujo u Óscar Liam, capaces de convertir lo local en universal y de abordar el territorio sin complejos.
Para Gil esa posibilidad de sacudirse viejos complejos está vinculada con la educación y la cultura. A su juicio, la fuerza está en una sociedad formada, basada en la mezcla de muchas miradas, con pensamiento crítico y empatía, en defensa de los pilares fundamentales de lo público, desde la sanidad a los servicios sociales.
El espacio de la literatura
Con esta novela, el escritor refuerza su idea de que la literatura se parece mucho a su idea del periodismo, aunque con una diferencia esencial. Mientras el periodismo está obligado a contar lo que ve, la novela le permite contar también lo que intuye: lo que puede estar detrás de los hechos, lo que todavía no ha ocurrido o aquello que ayuda a entender mejor la realidad.
En esa zona de intuición, ficción y pensamiento crítico es donde Santiago Gil sitúa Islas Cardinales: una novela sobre Canarias como un mundo que se deteriora a medida que pierde paisaje, memoria y valores.
