Charles Foster Kane murió solo, en una cama gigantesca, dentro de una mansión tan grande que habría necesitado varias vidas para recorrer todas sus habitaciones. Tenía periódicos, empresas, obras de arte, criados y una fortuna que parecía no terminar nunca. Había comprado cuanto se le había antojado, desde palacios hasta voluntades. Sin embargo, en el último instante de su existencia, cuando ya no quedaba nadie a quien impresionar ni negocio que cerrar, sus labios pronunciaron una sola palabra: “Rosebud”.
Después dejó caer una bola de cristal que contenía una pequeña casa rodeada de nieve. El objeto se hizo añicos contra el suelo. Así comienza Ciudadano Kane, la película que Orson Welles estrenó en 1941, cuando tenía 25 años. Una historia sobre el poder, la vanidad y esa extraña enfermedad de algunos hombres ricos: cuanto más poseen, más convencidos están de que todavía les falta algo.
Magnate de la prensa
Kane había comenzado su vida lejos de aquella opulencia. Era un niño que jugaba con su trineo sobre la nieve de Colorado cuando una inesperada fortuna alteró su destino. Su madre lo entregó a la tutela de un banquero para garantizarle una educación y un porvenir acomodado. El pequeño se resistió. No quería marcharse. Nadie le preguntó qué prefería. Los adultos ya habían decidido que el dinero era una forma superior de felicidad.
Con los años se convirtió en un magnate de la prensa. Compró periódicos, reunió periodistas y descubrió que una rotativa podía servir tanto para contar el mundo como para ponerlo a sus pies. Quiso influir en la política, decidir quién merecía admiración y determinar qué debían pensar los demás. Se rodeó de personas a las que exigía una lealtad que él rara vez correspondía.
El precio del poder
El problema de Kane no era que amara el dinero. Era que había terminado por confundir el precio de las cosas con su valor. Creía que todo podía adquirirse mediante una transacción adecuada. También el afecto, el prestigio y la gratitud. Si alguien lo contrariaba, interpretaba la discrepancia como una traición. Nunca comprendió que el cariño obtenido mediante la dependencia se parece demasiado al miedo.
Su primera esposa terminó alejándose de él. La segunda, Susan Alexander, fue víctima de una ambición que ni siquiera le pertenecía. Kane decidió convertirla en cantante de ópera, le construyó un teatro y puso su maquinaria periodística al servicio de un talento que no podía fabricar. Susan cantaba porque su marido necesitaba demostrar que podía convertir sus deseos en realidad. No importaba lo que ella quisiera. Importaba lo que él había decidido que debía querer.

Kane tenía dinero suficiente para construir un teatro, contratar músicos y llenar una sala. Lo que no podía comprar era una voz. Tampoco los aplausos sinceros. Y mucho menos la felicidad de la mujer a la que decía amar. Cuando Susan lo abandonó, reaccionó destrozando los objetos de su habitación. Había pasado toda su vida acumulando cosas y ahora descubría que ninguna de ellas podía impedir que alguien cerrara una puerta y se marchara.
La fortuna inútil
Kane terminó sus días recluido en Xanadú, una propiedad desmesurada donde amontonó esculturas, cuadros, muebles y antigüedades. Cada objeto acreditaba su riqueza. Ninguno podía hacerle compañía.
Su muerte despertó la curiosidad de un periodista que intentó averiguar el significado de aquella última palabra. Entrevistó a quienes lo habían conocido, reconstruyó sus negocios, sus matrimonios y sus derrotas. Buscó una explicación que permitiera comprender qué había perseguido durante toda su existencia. No la encontró.
El espectador, en cambio, recibió la respuesta en la última secuencia. Mientras los empleados clasificaban las pertenencias del difunto, un viejo trineo de madera fue arrojado al fuego. Sobre su superficie estaba escrita la palabra “Rosebud”. Era el juguete con el que Kane se divertía cuando todavía era un niño y no tenía nada que demostrarle a nadie. Antes de los periódicos, antes de los millones, antes de los palacios. Antes de que alguien decidiera que debía hacerse rico para tener una vida mejor.
Viejo trineo entre tesoros
El fuego consumió el trineo sin que nadie advirtiera su significado. Entre tantos tesoros, aquella madera vieja parecía basura. Y, sin embargo, encerraba algo que toda su fortuna no había logrado devolverle.
Orson Welles no necesitó explicar la moraleja. Le bastó con mostrar cómo un hombre podía conquistar un imperio y perder, durante la conquista, aquello que daba sentido a su existencia. Kane había dedicado su vida a acumular riqueza sin comprender que algunas cosas, una vez sacrificadas, no pueden recuperarse por mucho dinero que se tenga.
¿Simple negocio?
Han pasado 85 años desde el estreno de Ciudadano Kane. La película sigue viva porque sus personajes nunca terminan de envejecer. Cambian los negocios, las fortunas y los instrumentos del poder, pero permanece intacta esa tentación de confundir la propiedad con el amor y la rentabilidad con el éxito.
No sé si esta historia les recuerda a algún club de fútbol cercano, uno de esos que pueden presumir de sus cuentas mientras sus aficionados añoran tiempos mejores. Uno cuyo propietario quizá debería preguntarse qué vale una entidad si, a fuerza de tratarla como un negocio, termina perdiendo aquello que la hizo importante para tanta gente.
Creo que juega este fin de semana contra el CD Castellón.
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