Luis Helguera y el arte de no irse nunca en la UD Las Palmas

El director deportivo de la UD Las Palmas resiste al descenso y a la apuesta fallida por Rubén de la Barrera, mientras crecen las dudas sobre su gestión

Rubén de la Barrera y Luis Helguera, el día de la presentación del técnico como nuevo entrenador de la UD Las Palmas. / QUIQUE CURBELO-EFE
Rubén de la Barrera y Luis Helguera, el día de la presentación del técnico como nuevo entrenador de la UD Las Palmas. / QUIQUE CURBELO-EFE

Escucha el artículo ahora…

0:00
0:00
Martín Alonso

George Costanza consiguió un empleo en los Yankees de Nueva York y pasó buena parte de su tiempo intentando que nadie descubriera hasta qué punto su presencia allí era prescindible. Bajo la autoridad de George Steinbrenner, un propietario tan caprichoso como imprevisible, aquel personaje de Seinfeld convirtió la inseguridad en método de trabajo y la supervivencia en una forma de talento. No siempre sabía qué hacer, pero tenía un instinto formidable para seguir estando. En la UD Las Palmas, Luis Helguera parece haber descubierto una variante menos cómica de aquella profesión: permanecer cuando todo lo demás cambia.

Desde el descenso a Segunda División, en el verano de 2025, el director deportivo ha convivido con decisiones que, según se ha conocido, no compartía. Los regresos de Jonathan Viera y Jesé ilustran esa particular distribución del poder: hay un responsable de la planificación y hay decisiones que llegan desde otro despacho. Helguera pudo discrepar, pero acabó aceptándolas. El matiz importa. Nadie le exige que gane todas las discusiones con Miguel Ángel Ramírez; sí que responda por el proyecto al que presta su nombre y su cargo.

La obediencia puede explicar una concesión. No puede convertirse en coartada permanente. Quien acepta dirigir un área sin decidirlo todo sigue siendo responsable de aquello que consiente, de lo que propone y de lo que deja sin resolver. De lo contrario, el director deportivo deja de ser un director para convertirse en una firma al pie de decisiones ajenas. Y las firmas, por mucho que se escondan, también comprometen.

La dimisión que no fue

Tras el golpe del playoff ante el Málaga CF, cuando se desvaneció la posibilidad de regresar a Primera, Helguera amagó con marcharse. Fue un instante de aparente ruptura con una dinámica que parecía haber agotado su paciencia. Pero reconsideró su posición y continuó. No hay nada censurable en cambiar de opinión. Lo llamativo es que la continuidad no vino acompañada de una explicación convincente sobre qué debía cambiar para que el siguiente intento no acabara como el anterior.

Pocas semanas después eligió a Rubén de la Barrera, un entrenador al que, según confesó, seguía desde hacía años. Esta vez no cabía atribuir la apuesta a una imposición presidencial ni a una ocurrencia llegada desde la planta noble. Era su entrenador. Su idea. Su oportunidad de demostrar que, cuando podía escoger, el proyecto encontraba una dirección reconocible. La experiencia duró nueve jornadas.

El fútbol tiene la mala costumbre de poner fecha a los discursos. De la Barrera se marchó antes de que el campeonato hubiera adquirido velocidad de crucero y dejó al descubierto algo más que un error de banquillo. Si el entrenador era la pieza elegida para dar sentido a la plantilla, su salida temprana obliga a examinar también la mano que lo escogió. El entrenador paga con el puesto. Quien lo contrató continúa en el suyo. No es una anomalía exclusiva de Las Palmas, pero aquí empieza a parecer una tradición.

Luis Helguera y Patricio Viñayo, durante la visita institucional a las oficinas de la NBA en Nueva York. / UD LAS PALMAS
Luis Helguera y Patricio Viñayo, durante la visita institucional a las oficinas de la NBA en Nueva York. / UD LAS PALMAS

Un interino conveniente

Ahora aparece Juan Manuel Rodríguez, presentado como una solución provisional mientras se busca al técnico definitivo. La versión oficial tiene la elegancia de lo transitorio. La intención, sin embargo, es concederle dos partidos, ante Castellón y Sanse, y comprobar si una mejoría permite prolongar su estancia hasta el final de la temporada. La provisionalidad, en ese caso, no sería un plan, sino una forma de esperar a que los resultados decidan por quienes deberían decidir.

Juan Manuel Rodríguez merece quedar al margen de esa maniobra. Conoce el club, su historia y sus urgencias. No es responsable de la confección de la plantilla ni de la destitución de su antecesor. Otra historia es discutir qué sigue haciendo, en 2026, en un club profesional. Pero que el remedio funcione no convertiría en acertado el diagnóstico previo. Si dos partidos bastan para redefinir una planificación deportiva, convendría preguntarse cuánto había de planificación en ella.

La plantilla, además, ofrece argumentos menos discutibles que cualquier debate sobre sistemas o entrenadores. Ha perdido talento respecto al curso pasado y arrastra desequilibrios tan evidentes como la ausencia de un lateral izquierdo específico. No se trata de pedir una colección de estrellas ni de ignorar las limitaciones económicas. Se trata de cubrir las necesidades elementales de un equipo que aspira a competir por el ascenso. Para eso existe una dirección deportiva. El entrenador puede equivocarse al ordenar las piezas; difícilmente puede inventar las que faltan.

El silencio como refugio

Helguera ha cultivado, entretanto, una forma singular de discreción. No concede entrevistas con normalidad, no ofrece balances públicos de su gestión y no acostumbra a explicar ante los medios los motivos de sus movimientos en el mercado. La diferencia entre discreción y opacidad es sencilla: la primera protege el trabajo; la segunda evita someterlo a preguntas. Los fichajes llegan, los entrenadores se van y los aficionados intentan reconstruir las razones de cada decisión sin escuchar a quien tiene encomendada esa tarea.

De la Barrera tuvo que comparecer, defender sus elecciones y responder por los resultados. Juan Manuel Rodríguez tendrá que hacerlo desde el primer partido. Helguera, en cambio, permanece lejos de los micrófonos. Ha conseguido algo que George Costanza habría considerado un ascenso profesional: ocupar un puesto decisivo sin verse obligado a explicar regularmente las decisiones que lo justifican. No es cuestión de exigirle una rueda de prensa por cada futbolista. Bastaría con un balance serio, una explicación de las carencias y una idea reconocible de hacia dónde pretende llevar al equipo.

Imagen de Juan Manuel Rodríguez, técnico interino de la UD Las Palmas./ Quique Curbelo (EFE)
Imagen de Juan Manuel Rodríguez, técnico interino de la UD Las Palmas./ QUIQUE CURBELO-EFE

Resistencia admirable

Miguel Ángel Ramírez tampoco queda fuera de esta historia. Un propietario que interviene en decisiones deportivas no puede descargar después toda la responsabilidad sobre sus empleados. Pero esa concentración del poder no absuelve a Helguera; al contrario, plantea la pregunta que lleva demasiado tiempo sin respuesta: ¿para qué sirve un director deportivo que acepta lo que no comparte, no logra consolidar lo que elige y apenas explica lo que hace?

En Seinfeld, las peripecias de Costanza provocaban carcajadas porque al terminar el episodio todo volvía a su sitio. En el fútbol no existe esa generosidad del guion. Los puntos perdidos no regresan, las temporadas no se rebobinan y los errores de planificación se quedan a vivir en el vestuario. Helguera ha demostrado una resistencia admirable para conservar su despacho. Sería deseable que algún día mostrara la misma eficacia para justificarlo. Porque permanecer no es ganar. Y porque la UD Las Palmas, a diferencia de George Costanza, no puede permitirse que su mayor éxito sea seguir teniendo trabajo el lunes.
 

Añadir AtlánticoHoy como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora