El béisbol y el sóftbol en Canarias llevan años creciendo en silencio, lejos del foco mediático que ocupan otros deportes, pero con paso firme. El dato es claro: en 2024, superaron el millar de licencias federativas, experimentando un crecimiento del 42%, el mayor en términos relativos entre todas las disciplinas deportivas en las Islas. Una subida que no es casual ni puntual, sino el resultado de un proceso lento, casi invisible, que ahora empieza a dejarse ver.
Desde dentro, la sensación es incluso más rotunda. “Estamos viviendo un momento dulce”, resume el presidente de la Federación Canaria de Béisbol y Sóftbol, Jacobo Garrido, que pone el foco en el trabajo acumulado durante años. La clave ha sido ordenar lo que antes era una práctica dispersa. “Había mucha gente que jugaba sin entender lo que es el ámbito federativo, lo que es ser un club. Todo ese trabajo de estructura es lo que ahora se está reflejando en los números”, explica con naturalidad.
Garrido conoce bien ese proceso desde dentro. Formado como jugador en el Marlins Puerto Cruz, el club más laureado de Canarias y dominador en la etapa moderna de la División de Honor española, su trayectoria deportiva está ligada al crecimiento de una institución que ha marcado el desarrollo de este deporte en las islas. El Marlins, referencia histórica del béisbol canario, acumula diez títulos de Liga, seis Copas del Rey y tres títulos europeos, un palmarés aumentado con el triplete cosechado la temporada pasada.

Mucho más que practicantes
El crecimiento, por tanto, no se limita a sumar licencias. Tiene que ver con transformar una práctica informal en un sistema organizado. En convertir equipos en clubes, en formar árbitros, anotadores o técnicos, en dar visibilidad a un deporte que, como insiste el presidente, no es minoritario en esencia. “No son deportes minoritarios, son deportes de poca visibilidad. En muchos países son mayoritarios. Aquí lo que falta es difusión”, afirma convencido.
Para entender ese crecimiento conviene detenerse primero en lo básico. El béisbol y el sóftbol comparten estructura. Dos equipos se alternan en ataque y defensa, uno batea y trata de recorrer un circuito de bases mientras el otro intenta eliminar a los jugadores rivales. El sóftbol es una adaptación más dinámica, con un campo más pequeño, lanzamientos distintos y un ritmo más ágil. Eso lo hace más accesible y hace entender parte de su expansión reciente. El propio presidente acepta la comparación con una evolución similar a la del pádel respecto al tenis, más fácil de practicar, menos exigente en infraestructuras y más abierto a perfiles recreativos.
Trabajo en los colegios
Ese carácter más accesible ha impulsado especialmente el sóftbol en categoría senior, mientras que el béisbol mantiene más peso en las etapas formativas. En la base, el béisbol sigue siendo la referencia. A medida que se avanza en edad, el sóftbol gana terreno porque permite una práctica más sencilla y flexible. La convivencia entre ambos es hoy uno de los rasgos más característicos del modelo canario.
Pero hay un factor que atraviesa todo el desarrollo del béisbol y el sóftbol en las islas y que resulta imposible ignorar. La influencia latinoamericana. La mayor parte de los practicantes procede de países donde estos deportes forman parte de la cultura deportiva. Venezuela, Cuba o República Dominicana aparecen de forma recurrente en el mapa humano de este deporte en Canarias. “La mayor cantidad de practicantes es extranjera. La influencia latina ha hecho que el deporte crezca, no solo aquí, también a nivel nacional y europeo”, explica el presidente.

La novena isla
Ese contexto no es ajeno a la evolución demográfica del Archipiélago. El crecimiento de la población en Canarias en los últimos años está impulsado precisamente por la llegada de población extranjera, con especial protagonismo de colombianos y venezolanos, que encabezan el aumento del censo. Solo en el último año, los colombianos sumaron más de 4.000 nuevos residentes y los venezolanos cerca de 2.500, consolidando una tendencia que se ha intensificado en la última década.
Ese vínculo no es nuevo. Canarias mantiene desde hace décadas una relación migratoria intensa con América Latina, especialmente con Venezuela, y ese flujo ha traído consigo tradiciones deportivas que han encontrado en las islas un terreno propicio para mantenerse. El béisbol y el sóftbol son, en ese sentido, mucho más que un deporte. Son una expresión cultural que viaja con quienes llegan.
El reto, sin embargo, está en trascender ese círculo. En convertir un deporte importado en un deporte también local. La federación trabaja en esa dirección a través de iniciativas como el béisbol 5, una modalidad más sencilla que se introduce en los colegios y que está logrando atraer a jóvenes canarios. La idea es clara. Ampliar la base y romper la percepción de que se trata de un deporte ajeno.
Tenerife, a la cabeza
En paralelo, el crecimiento también tiene una lectura territorial. Tenerife sigue concentrando el mayor número de licencias, en parte por la presencia histórica de la federación y por una comunidad más consolidada. Gran Canaria ha experimentado un crecimiento notable en los últimos años y otras islas comienzan a aparecer en el mapa, aunque todavía con una implantación incipiente. La expansión existe, pero es desigual.
Más allá de los números oficiales, hay otro dato relevante que ayuda a dimensionar la realidad del béisbol y el sóftbol en Canarias. “Hay muchísimos más practicantes reales de los que reflejan las licencias. Muchísimos. Podemos llegar perfectamente a 2.500”, asegura el presidente. Es decir, el crecimiento federativo no hace más que empezar a capturar una actividad que ya existía.
Esa brecha entre práctica real y estructura formal explica también algunas de las decisiones estratégicas de la federación. Permitir la participación de equipos que no están constituidos como clubes facilita la entrada de nuevos grupos sin exigir una estructura completa desde el inicio. Hoy, junto a una veintena de clubes, conviven decenas de equipos que participan en competiciones de distinto nivel, una red mucho más amplia de lo que reflejan las cifras oficiales.
Falta de instalaciones
Si hay un punto donde el crecimiento encuentra un límite claro es en las infraestructuras. El diagnóstico es contundente. “Es algo terrible”, resume Garrido. En Canarias no existe una red de campos específicos de béisbol y sóftbol. Las instalaciones son, en muchos casos, adaptaciones de campos de fútbol, construidas con recursos limitados y sin condiciones óptimas. El único campo homologado es el de Puerto de la Cruz, un símbolo tanto del desarrollo alcanzado como de las carencias estructurales.
Aun así, el béisbol y el sóftbol en Canarias avanzan. Lo hacen con recursos limitados -presupuesto anual cercano a los 150.000 euros dedicados casi por completo a las competiciones- con una estructura que todavía está en construcción y con una visibilidad reducida, pero con una tendencia clara. El propio presidente fija ya el siguiente objetivo: alcanzar las 2.000 licencias. Sabe que no será fácil, pero también que el camino está trazado.
El verdadero desafío no es crecer, sino consolidarse. Convertir ese momento dulce en una base estable. Lograr que el béisbol y el sóftbol dejen de ser una práctica asociada a comunidades concretas para convertirse en una opción más dentro del ecosistema deportivo canario. Y hacerlo sin perder su identidad.