Hay victorias que se explican en sesenta minutos y otras que necesitan tres décadas para entenderse. Cuando el Rocasa Gran Canaria levantó la segunda Liga de su historia, el último día del pasado mes de mayo, la imagen que recorrió el país fue la de un entrenador joven, sereno y emocionado abrazándose a sus jugadoras. Era la fotografía del éxito deportivo, pero detrás de ella había una historia mucho más larga. Una historia que no empezaba en un banquillo ni siquiera en una pista de balonmano, sino en un barrio de Telde, en una familia que convirtió este deporte en una forma de entender la vida y, miles de kilómetros al este, en una Yugoslavia que comenzaba a desmoronarse mientras una joven jugadora buscaba un futuro lejos de casa.
Por eso resulta imposible comprender quién es hoy Dejan Ojeda, entrenador victorioso de las grancanarias, sin retroceder muchos años atrás. Mucho antes de dirigir al Rocasa, antes de convertirse en uno de los entrenadores con mayor proyección del balonmano español e incluso antes de nacer, el balonmano ya había decidido buena parte de su destino.
La historia comienza con su padre, Diego Ojeda. Profesor, jugador y entrenador por vocación y posteriormente concejal de Deportes del Ayuntamiento de Telde, encontró en el deporte una herramienta para transformar la realidad que le rodeaba. Curiosamente, de pequeño había sido más futbolero que otra cosa. Como tantos niños de su generación, pasaba las tardes jugando en la calle hasta que el traslado de la familia al barrio de Las Remudas cambió el rumbo de su vida. Allí conoció a personas como Antonio Moreno, presidente y alma del Rocasa, y acabó descubriendo un deporte que terminaría ocupando una parte esencial de su existencia. Empezó como jugador, las lesiones le obligaron a dejar la competición antes de tiempo y pronto encontró su lugar en los banquillos, formando a generaciones de niños y niñas en las categorías inferiores del Remudas.

Consecuencias de la guerra
Mientras tanto, al otro lado de Europa, otra historia avanzaba por un camino completamente distinto. Jadranka Franeta nació el 2 de agosto de 1968 en la antigua Yugoslavia, en la actual Serbia. Comenzó a jugar al balonmano con apenas once años en el RK Radnički Novi Sad y, con solo diecinueve, firmó su primer contrato profesional, llegando a proclamarse campeona de Europa con la selección júnior yugoslava. En 1993, recomendada y ayudada por una de las leyendas más grandes de la historia del balonmano mundial, Veselin Vujović, fichó por el Remudas. A principios de los años noventa, mientras el conflicto balcánico empezaba a romper la antigua Yugoslavia, muchos jugadores buscaron una oportunidad lejos de su país y España se convirtió en uno de los principales destinos. El mítico jugador yugoslavo, campeón olímpico y una de las grandes figuras que pasaron por el FC Barcelona, ayudó a abrir las puertas del balonmano español a numerosos jugadores eslavos.
Entre ellos estaba Jadranka. “Vujović tiene mucha culpa de que mi madre esté aquí a día de hoy", explica Dejan al recordar aquella historia que tantas veces escuchó en casa. Fue él quien facilitó su llegada a España cuando Canarias era poco más que un nombre exótico para una familia que apenas sabía situar las islas en un mapa.
El destino quiso que aquella jugadora recalara precisamente en el Remudas. Allí coincidió con un joven jugador y entrenador de la cantera llamado Diego Ojeda. Lo que comenzó como una relación nacida alrededor del balonmano acabó convirtiéndose en un proyecto de vida. Se casaron, formaron una familia y, en 1998, nació Dejan.

Deporte en sangre desde la cuna
“Yo no nací con un balón en la mano porque no podía”, bromea hoy entre risas. La frase resume bastante bien cómo fue su infancia, muy parecida a la de Marko, su hermano menor. Porque, en realidad, el balonmano estaba presente mucho antes de que él pudiera comprender qué significaba. Su abuelo había participado en los orígenes del club; su padre entrenaba; su madre seguía jugando y las conversaciones familiares giraban continuamente alrededor de partidos, entrenamientos, sistemas defensivos o generaciones de jugadores. “En mi casa se hablaba de muchas cosas, pero el balonmano era el tema central”, recuerda.
Sin embargo, contra lo que pudiera parecer, aquel niño criado entre balones no sintió desde el principio una pasión irrefrenable por competir. “Yo quería jugar, no competir. Era un niño muy patoso y muy miedoso”, recuerda con una sinceridad poco habitual en el deporte de alto nivel. Aquella inseguridad no preocupaba demasiado a sus padres. Ni Diego ni Jadranka entendían el deporte únicamente desde el rendimiento. Habían vivido demasiadas experiencias para saber que la formación de una persona siempre va por delante de la formación de un deportista. Esa filosofía marcaría profundamente a Dejan y hoy sigue estando presente en su manera de entrenar.
De hecho, si hay un episodio que explica la personalidad del actual entrenador del Rocasa es el nacimiento del Club Balonmano Jinábal, llamado así por el barrio de Jinámar. Diego Ojeda decidió impulsar aquel proyecto junto a Pablo Moreno en el colegio Pedro Lezcano con una idea muy concreta: ofrecer a los niños del barrio una alternativa educativa y social a través del deporte. El objetivo nunca fue únicamente ganar partidos. Se trataba de crear un espacio donde los jóvenes crecieran, adquirieran hábitos y encontraran referentes positivos.
Aquella aventura duró alrededor de doce años y exigió un enorme esfuerzo familiar. “Mis padres pusieron mucho más que amor; pusieron su vida”, resume Dejan al recordar aquella etapa. Habla de sacrificios económicos, de incontables horas de trabajo voluntario y de una implicación que iba mucho más allá de lo que puede exigirse a un entrenador o a un directivo. La familia llegó incluso a aportar dinero de su propio bolsillo para mantener vivo el proyecto cuando las subvenciones dejaron de llegar.
Fue precisamente en ese ambiente donde comenzó realmente su formación. No solo como jugador, sino también como persona. Mientras otros niños aprendían únicamente a lanzar o defender, él observaba cómo un club podía convertirse en un elemento de cohesión social para un barrio entero. Sin darse cuenta, estaba interiorizando una forma de entender el deporte que años después trasladaría al balonmano profesional.
Sin suerte como jugador profesional
Su evolución como jugador tampoco fue sencilla. Aunque el crecimiento físico llegó pronto y empezó a destacar en las categorías inferiores, el camino estuvo lejos de ser lineal. Tras varios años formándose entre el Jinabal y el Rocasa, llegaron las convocatorias con las selecciones canarias y algunas concentraciones de la selección española, después de un verano en el que su padre dedicó incontables horas a mejorar su técnica y su preparación física. “Mi padre invirtió muchísimo tiempo en mí”, recuerda hoy.
Con apenas diecisiete años recibió la oportunidad de incorporarse al Balonmano Cuenca. Era el primer paso para intentar abrirse camino lejos de Canarias, pero la experiencia resultó mucho más dura de lo que había imaginado. La distancia de la familia y la dificultad para adaptarse hicieron que regresara pocos meses después. “No estaba preparado”, reconoce con la perspectiva que da el tiempo.
Años más tarde volvió a intentarlo en el CB Bolaños, en Ciudad Real, pero una lesión en el hombro y una recuperación que considera precipitada terminaron por convencerlo de que su futuro difícilmente estaría sobre la pista. Regresó definitivamente a Gran Canaria y, mientras concluía sus estudios, comenzó casi por casualidad a entrenar a equipos de base del Rocasa. Sin saberlo todavía, estaba iniciando la etapa más importante de su vida deportiva. Eran niños benjamines y alevines con los que descubrió una faceta que hasta entonces apenas había imaginado. Disfrutaba enseñando. Le gustaba explicar, corregir, acompañar el crecimiento de los jugadores. Y, una vez más, volvió a tener muy cerca a su principal referencia.
Trabajó durante varias temporadas junto a su padre en categorías infantiles. Diego Ojeda dirigía el equipo y Dejan ejercía de ayudante. Aquellos años fueron una auténtica escuela. “Mi padre es una enciclopedia del balonmano”, afirma sin dudarlo. No habla únicamente de táctica o de sistemas defensivos. Habla de observar a las personas, de entender cuándo un jugador necesita una corrección y cuándo necesita un abrazo, de aprender que un entrenador no solo gestiona partidos, sino también emociones.
Una llamada que lo cambió todo
Y su trayectoria como entrenador de base siguió avanzando hasta que un día llegó una llamada ciertamente sorpresiva y peculiar, al término de la temporada 2020-2021. Antonio Moreno quiso reunirse con él. La conversación fue breve, pero suficiente para cambiar el rumbo de su carrera. El club buscaba un entrenador joven de la casa que se incorporara al cuerpo técnico del primer equipo como segundo entrenador.
La reacción de Dejan fue tan espontánea como reveladora. “Antonio, ¿estás bromeando?”, recuerda que respondió entre sorprendido y nervioso. Apenas tenía poco más de veinte años y nunca se había planteado que una oportunidad así pudiera llegar tan pronto. Aun así, aceptó el reto. Sabía que era imposible rechazar una ocasión semejante.
El destino volvió a acelerar los acontecimientos pocos meses después. Carlos Herrera, el primer entrenador, abandonó el club y el Rocasa decidió apostar por Rubén Cuesta, el primer entrenador no canario en cuatro décadas de historia de la entidad. Procedía de la prestigiosa escuela del Granollers, una de las grandes canteras del balonmano español, y traía una metodología de trabajo completamente distinta a la que Dejan había conocido hasta entonces.
Aquella etapa supuso un auténtico máster acelerado. Pasó de entrenar a niños a convivir con un equipo profesional en el que cada detalle estaba planificado. Las sesiones de entrenamiento, el análisis de vídeo, la preparación de los partidos o la gestión de la carga física seguían una organización milimétrica que le impresionó desde el primer día. Más allá de los conocimientos tácticos, Rubén Cuesta le enseñó que el alto rendimiento se construye sobre la planificación y el método.
Mucho por delante
Cuando el Rocasa decidió confiarle el primer equipo, algunos pusieron el foco en su juventud. Sin embargo, quienes conocían su recorrido sabían que detrás de aquel nombramiento no había improvisación. Había más de veinte años respirando balonmano, cientos de partidos observados desde la grada, miles de horas de conversación con sus padres y varias temporadas aprendiendo junto a entrenadores experimentados.
El reto, sin embargo, no termina con una Liga. Dejan es consciente de que el verdadero éxito pasa ahora por mantener al Rocasa entre los mejores, consolidar un proyecto competitivo y seguir haciendo crecer a un grupo que ha demostrado que puede aspirar a todo. En lo personal tampoco se marca horizontes lejanos. Prefiere continuar formándose, acumular experiencias y evolucionar como entrenador, convencido de que el futuro llegará como ha llegado hasta ahora: paso a paso y desde el trabajo diario.
Hoy sigue hablando de su padre como su principal referente y de su madre como el ejemplo de valentía que marcó el origen de toda la familia. También conserva intacta una idea que aprendió mucho antes de dirigir un entrenamiento: el deporte tiene sentido cuando mejora la vida de las personas. Quizá por eso nunca ha tenido reparos en denunciar públicamente el deterioro de las instalaciones donde juega el Rocasa o en reclamar mejores condiciones para un club que representa a Telde por toda España. “Creo que no podemos callarnos la boca”, sostiene cuando se le pregunta por el papel social de quienes tienen un altavoz público.
Su padre eligió transformar un barrio desde un colegio, un club y, posteriormente, desde la actividad política. Él ha preferido hacerlo desde un banquillo. Los caminos son diferentes, pero el propósito es el mismo: dejar el lugar que habitan un poco mejor de como lo encontraron.
Quizá por eso la Liga conquistada esta temporada tenga un significado que trasciende lo deportivo. No es solo el segundo campeonato liguero del Rocasa Gran Canaria ni la consolidación de uno de los entrenadores jóvenes del balonmano español. Es también la culminación de una historia familiar que comenzó hace más de treinta años cuando una jugadora serbia cruzó Europa siguiendo un balón y un profesor de Telde decidió que el deporte podía ser la mejor herramienta para educar.
Porque algunos títulos empiezan a ganarse mucho antes de que suene el pitido inicial. Y el de Dejan Ojeda, probablemente, comenzó el día en que el balonmano reunió por primera vez a Diego Ojeda y Jadranka Franeta en una pequeña cancha de Las Remudas. Allí nació una familia. Mucho tiempo después, de aquella misma historia acabaría surgiendo el entrenador que devolvió la Liga al Rocasa Gran Canaria.
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